Los tiempos cambian. El mundo se mueve, rápido e impredecible, hacia el futuro. No acabamos de aprender algo, cuando ese conocimiento es abolido y reemplazado por otro. Son días fugaces, sin duda, y a veces es difícil seguirles el ritmo. Tal vez por eso es que, con el paso de los años, nos gusta tanto recordar los viejos tiempos y estamos siempre encontrando diferencias y haciendo comparaciones entre el ayer y el hoy. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No estoy seguro de ello, pero hay un divertido texto que hoy quiero compartir con ustedes, que puede ayudarles a entender las claves de una época maravillosa, aunque ya perdida. Escuchen esto…

“De acuerdo con los estándares de hoy, llenos de normas, prevenciones y protecciones, aquellos que fuimos niños en las décadas de los sesentas y de los setentas probablemente no deberíamos haber sobrevivido a nuestra infancia, porque…

Cuando andábamos en bicicleta no usábamos cascos ni protectores para los codos y las rodillas; lo más que hacíamos era ponerles adornos fluorescentes a las ruedas.

Siendo niños, nos llevaban en el coche sin cinturones de seguridad y no teníamos bolsas de aire en caso de un accidente..

Tomábamos agua de la manguera del jardín, no de una botella, ¡y sabía lo mismo!

Comíamos magdalenas y pan con mantequilla, y tomábamos bebidas con azúcar, y a pesar de eso no nos engordábamos porque siempre estábamos afuera jugando.

Compartíamos una bebida entre cuatro o más amigos, de la misma botella ¡y ninguno murió por eso!

Pasábamos horas construyendo precarios carritos de madera y nos lanzábamos en ellos a toda velocidad por empinadas pendientes, sin importarnos que no tuvieran frenos.

Salíamos de casa por la mañana y jugábamos todo el día hasta que anochecía. No teníamos teléfonos móviles, así que nadie podía ubicarnos en la calle.

Tampoco teníamos Playstations o X-Boxes, ni juegos de video o computador. No teníamos 99 canales para escoger en la televisión, ni películas en DVD, ni sonido surround, ni computadores, mucho menos portátiles, ni Internet, ni salones de Chat. Pero teníamos amigos y pasábamos con ellos todo el tiempo.

Nos caíamos de los árboles, nos cortábamos y nos rompíamos los huesos y los dientes, ¡y a nadie se le ocurría poner una demanda por eso! Eran sólo accidentes que nos servían para aprender a no cometer los mismos errores

A veces nos peleábamos con nuestros compañeros y resultábamos con algún moretón o con un ojo negro, pero lográbamos sobrellevarlo sin problema.

Nuestras acciones eran responsabilidad nuestra y nos ateníamos a las consecuencias.

Teníamos, sobre todo, libertad, fracasos, éxitos y responsabilidad, y aprendimos cómo manejarlos.”

Sí, definitivamente, eran otros tiempos. No nos preocupábamos por un montón de cosas y aprendíamos a través de la experiencia, no evitándola. De aquí deriva el primer mensaje que hoy quisiera transmitirles: Sólo se puede aprender de la experiencia, del valor de intentar por uno mismo y de asumir los riesgos. Más temprano que tarde es necesario abandonar los refugios seguros y afrontar la vida como viene, con sus dificultades y sus desafíos. Ese es el mejor y el único camino para alcanzar la propia evolución.

Ustedes terminan hoy una etapa fundamental de su camino y lo hacen con su propio arsenal de valores y su equipaje de sueños. Ésta es una nueva generación, distinta a la que describí en el texto anterior, que vivirá en un mundo de tecnología pero también de inseguridad, y su reto es poner todo de sí para construir un mundo mejor.

¿Cómo lo harán? En sus familias y en el American School of Madrid han aprendido, por fortuna, los valores que los guiarán en este empeño: Responsabilidad, tolerancia, caridad, respeto hacia los demás y hacia el planeta que habitamos.

El tiempo de los juegos va llegando a su fin y comienza el tiempo de crear, de edificar y de producir buenas obras para la humanidad. Los amigos que hicieron en su escuela serán su mejor compañía y su mejor respaldo en los años por venir y, juntos, verán el amanecer de una nueva era.

Queridos estudiantes:

El día de su grado es un momento muy especial, lleno de grandeza y emotividad, y digno de una historia memorable. Por eso quisiera traer a cuento ahora otra fuente inspiradora de reflexión, esta vez un cuento del autor argentino Jorge Bucay. Esta breve narración me ha conmovido profundamente. Es una historia acerca de “la Tristeza y la Furia”:

“En un reino encantado había una vez un estanque maravilloso. Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y, desnudas, las dos entraron al estanque.

La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró…

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza… Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma y muy serena, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro, con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque: la ropa de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, -ciega, cruel, terrible, enfadada-, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es un disfraz, y que, detrás de la furia, en realidad… está escondida la tristeza”.

¡Qué bella y paradójica historia! Quizás me emociona tanto porque en ella encuentro el reflejo de lo que motiva y ha motivado siempre mi lucha por la paz y mi inquebrantable fe en el diálogo como el medio ideal para alcanzarla.

Creo en la paz y creo en el diálogo porque estoy seguro, más que seguro, de que detrás de la ira, detrás de la crueldad, detrás de la insensibilidad que demuestran los violentos con sus acciones atroces, se esconde la tristeza.

Creo firmemente en la naturaleza positiva del ser humano, al fin y al cabo emanado de la esencia divina, y por eso entiendo -esa es mi profunda convicción- que siempre detrás de cada persona que ataca a la sociedad se encuentra un dolor, un resentimiento, una frustración y, muchas veces, un temor sin nombre.

“Dios lucha con el diablo, y el campo de batalla es el corazón del hombre” decía Dostoievski. Siempre he pensado que está en nuestras manos el hacer que Dios venza sobre el diablo en el conflicto interno de cada ser humano, que la tristeza que se disfraza de furia encuentre la fuente de su pena y le dé remedio, que los ojos inyectados de sangre y la mente nublada de odio se conviertan en ojos de comprensión y sabiduría.

Yo sé que algún día, ojalá pronto, esos hombres y mujeres que optaron por la violencia se despojarán de su disfraz y entrarán en la laguna mágica donde extraviaron sus prendas, para volver a ser lo que somos todos: seres humanos ansiosos de evolucionar, de amar y de ser amados.

Por eso creo en el diálogo, queridos jóvenes. Esa es mi convicción de vida y mi creencia indestructible. Ese es mi credo, que hoy he resumido simbólicamente a través de la historia de “La Tristeza y la Furia”.

Mi fe absoluta en el ser humano y en las vías de paz como único camino para lograr una paz cierta y duradera es el mayor tesoro que hoy puedo compartir con ustedes.

Queridos estudiantes del American School of Madrid:

Como ustedes saben, yo tengo una conexión especial con este colegio porque he contado con la buena fortuna de que mis dos hijas hayan estudiado aquí. Una de ellas, Laura, se graduó, como ustedes lo hacen hoy, hace dos años. La otra, Valentina, continua aquí como alumna.

Cuando llegamos a Madrid desde Colombia, nuestra patria, una de mis prioridades fue encontrar un colegio para mis hijas en el que ellas no sólo recibieran una excelente educación sino que también aprendieran valores fundamentales.

Quedé favorablemente sorprendido cuando descubrí el American School of Madrid, con estudiantes de más de 50 países alrededor del mundo que hablan por lo menos 20 idiomas diferentes. Fue particularmente grato encontrar un centro educativo que incluyera dentro de sus estudiantes a una comunidad internacional heterogénea porque siempre he pensado que esta rica diversidad es la semilla de la tolerancia.

La tolerancia, como dijo Víctor Hugo, “es la mejor religión”. En un mundo como más de seis mil millones de personas el mejor consejo que se puede dar a alguien es que sea tolerante, vale decir, que aprenda de los demás, los respete y valore las diferencias. Si tan sólo aprendiéramos y practicáramos esta pequeña lección, nuestra vida y la vida en el mundo serían pacíficas y armoniosas.

Estamos en la mitad del quinto año del tercer milenio. Este siglo veintiuno apenas está comenzando y ustedes, jóvenes llenos de promesas y expectativas, deben estar preguntándose como enfrentar sus desafíos, como superar sus dificultades y, más que nada, cómo encaminar su existencia en el camino de sus sueños.

Pero los sueños personales no pueden desligarse de los sueños colectivos. No podemos olvidar que somos integrantes de una aldea global llamada Tierra y que tenemos una especial responsabilidad que cumplir en ella y hacia nuestros semejantes.

Precisamente, hablando del mundo como una aldea, hay un famoso ejercicio estadístico, que ha circulado por años en la Internet, -y que quizás muchos de ustedes ya conocen-, que nos da una idea sobre cómo estaría compuesta la población del planeta si pudiéramos reducir, proporcionalmente, sus habitantes a tan sólo 100 personas. Yo creo que este ejercicio les dará mucho que pensar en este día especial de sus vidas. Antes de terminar, permítanme compartirlo con ustedes:

“Si en el planeta vivieran tan sólo 100 personas…

57 serían asiáticos, 21 europeos, 14 del continente americano y 8 africanos.

52 serían mujeres y 48 hombres.

30 serían de raza blanca y 70 serían de otra raza.

30 serían cristianos y 70 profesarían otras religiones.

6 personas poseerían el 59 por ciento de la riqueza del mundo y los 6 serían de los Estados Unidos.

80 habitarían en viviendas inadecuadas.

70 no podrían leer.

50 serían mal nutridos.

1 estaría por nacer y 1 estaría por morir.

1 (solamente uno) tendría educación universitaria.

1 poseería computadora.”

Continúa el mensaje con las siguientes reflexiones:

“Cuando uno analiza nuestro mundo desde esta perspectiva comprimida, la necesidad de aceptar, de ser tolerante, para entender y para educar a la gente, llega a ser estupefactamente impresionante.

“Y yo, que poseo una computadora, que sé leer y escribir, que tengo educación, que no estoy desnutrido, que tengo una vivienda adecuada, que estoy vivo… ¿De qué me quejo?”.

Hoy les propongo, queridos estudiantes del American School of Madrid, que vayamos aún más allá de esta pregunta:

Ustedes, que no sólo tienen educación, tecnología y buena calidad de vida, sino que, además, han tenido acceso a los más altos niveles del conocimiento, ¿qué pueden hacer para que este mundo, esta inmensa aldea global, sea un mundo más justo, más humano y más pacífico?

El reto está ahí, en las cifras que acabo de compartir con ustedes: el 80% de la población mundial habita viviendas inadecuadas, el 70% tiene algún grado de analfabetismo, el 50% sufre de malnutrición, el 99% no posee educación universitaria ni una computadora, y el 94% tiene que arreglárselas con sólo el 41% de la riqueza mundial.

Éste es el mundo que les ha tocado vivir, pero, definitivamente, no es el mundo en el que quieren vivir, y en sus manos tienen muchas herramientas para acercarlo a un horizonte de mayor justicia social.

Si el planeta tuviera tan sólo 100 personas, ¿cuántas de ellas serían dirigentes o tendrían poder para liderar, para bien o para mal, el destino de su grupo? Seguramente uno, apenas uno.

Hoy estoy rodeado de muchos de esos “unos”, muchos jóvenes que tienen el futuro de la humanidad en sus manos. Esto no es un motivo de orgullo o vanagloria. Esto es, sobre todo, un motivo de reflexión y de mucha responsabilidad.

¿Qué van a hacer para que el destino de los otros 99 habitantes de la aldea sea mejor? Yo creo que este día de graduación es un excelente momento para que se hagan esta pregunta, para la cual, de alguna manera, todos sabemos la respuesta: ¡Servir! ¡Servir a nuestros semejantes y a nuestro mundo!

El futuro, queridas amigas, queridos amigos, será tan bueno como lo sepamos construir. Ustedes tienen el poder de la juventud y las herramientas para crear el mejor mañana posible. ¡No desaprovechen esta oportunidad!

Finalmente, quisiera agradecer al señor William D. O’Hale, Rector del Colegio, por esta amable invitación para dirigirme a ustedes. También quiero transmitirles a todos los estudiantes que hoy se gradúan las más efusivas felicitaciones de parte mía y de todos los presentes, y nuestros sinceros deseos por sus mayores éxitos. Felicitaciones, también a los padres y los profesores que los han respaldado y que están, con toda seguridad, tan orgullosos como ustedes por sus logros.

¡Mucha suerte y muchos éxitos a todos!

Gracias.

Lugar y Fecha

Madrid, España
4 de junio de 2005