Tengo el gusto y el honor, en este evento, de saludar la publicación de este libro con el que se concluye el “Retorno a la Libertad” de quien siempre ha sido mi amigo y compañero de este camino de servicio a Colombia, Fernando Araujo.

Bajo el auspicio de Editorial Planeta que viene facilitando a Colombia y a sus ciudadanos “conocer” lo que hay detrás de la triste crónica sobre un secuestro y de la feliz noticia del retorno a la libertad, hoy nos reunimos sus amigos para acompañarlo en la presentación de estas memorias.

El libro que hoy presentamos es un verdadero ejercicio de periodismo; no es un cuento, no es una novela; ¡es vida y vida real! Apasiona, entristece, alegra a veces, transmite el dolor de la incógnita y el dulce aroma de la esperanza.

¡Los sucesos son ciertos, los personajes son reales! A veces pareciera que las palabras no alcanzaran a expresar las emociones que se sienten porque cuando nos tropezamos directamente con la realidad nos quedamos cortos, las palabras no alcanzan a decir las cosas como se debe y es por ello que se lee y se relee y en la re-lectura, lo que ayer despertó tristeza y pesar, hoy suscita ira, rabia y es posible que luego llegue – otro día – el desconsuelo.

El libro de Fernando es un desafío. Al principio me pareció extraño el “Título”, pero ese concepto cambió a medida que fui leyendo y dejándome compenetrar de la incertidumbre y del desasosiego; de la tristeza y la rabia; de la nostalgia del amor y la dolorosa evidencia del desamor; de la amistad y de ese difícil compañerismo que en circunstancias tan especiales se vive con los captores; con ese oscilar entre la vida y la muerte. Si ¡En ese momento aprecié la inteligencia del título del libro y más aun cuando me imaginé que este malabar por conservar la vida se hace sin red de salvamento y en donde caer en el vacio – sea este físico o emocional – conduce irremediablemente a la muerte.

Esto fue lo que logró evitar Fernando. Allí, donde lo fácil era dejarse morir, se inventó construcciones solidas para seguir vivo. Yo no digo que usted fue “héroe” por sobrevivir sino porque fue capaz de fortalecer en el secuestro su sentido de humanidad, por encontrarle razones a la esperanza y porque supo regresar sin odios sino con esa capacidad de comprender, de perdonar pero al mismo tiempo de construir nuevas realidades.

El secuestro es una escuela de rencores o de humanismo. Es fácil salir odiando y entonces aunque el cuerpo en libertad se mueve, el espíritu permanece secuestrado y las razones para vivir no se manifiestan. Son muchos los colombianos liberados que siguen secuestrados por sus fantasmas. Otros llevan años secuestrados o han padecido secuestro largo o peligroso y han fortalecido su sentido de humanidad y han aprendido el bello arte de ser constructores de su propia alegría, han sido capaces de decirle “NO” a la muerte y son capaces de regresar invitando a los demás al optimismo.

Yo conocí hace años el secuestro y en él la antesala de la muerte y por eso les digo que entiendo las evocaciones que están detrás de las palabras que Fernando nos presenta.

No hay drama peor para la dignidad de un hombre que el maldito secuestro. Pero no solo es el drama de quienes lo padecen directamente sino también el drama está en las familias y los amigos que cada hora ruegan, oran, suplican y se esperanzan con el regreso.

Desde la noticia de su secuestro todos los amigos de Fernando y desde luego toda su familia vivió este cruel infortunio. Viví de cerca con Nohra, que siempre estuvo rezando pendiente de usted como toda esa familia, siempre unida y encabezada por su padre Alberto y por Judith su madre sufrieron la ausencia y rogaron a Dios por su pronto regreso. Soy testigo de excepción sobre todos los esfuerzos que toda su familia hizo siempre y vi como sus buenos amigos siempre estuvieron presentes anhelando el regreso y ayudando a que la soledad y el dolor que sentía toda su familia fuera más llevadero.
Pero si me lo permiten, quiero aprovechar este momento para contarles mi propio dolor frente al secuestro de Fernando.

Las FARC secuestraron a quien desde tantos años ha sido amigo firme y leal. También secuestraron a mi compañero de tantas luchas políticas y a un miembro de mi gabinete ministerial.

Como amigo, junto con toda mi familia, todos los días le pedíamos a Dios para que retornara muy pronto a la libertad e hicimos lo que estuvo en nuestras manos para acompañar a su familia en la soledad que genera un secuestro.

Como Presidente, hice todos los esfuerzos posibles para que terminara pronto ese terrible drama. No solo por su secuestro sino que luchamos como nadie para que todos los secuestrados regresaran a sus hogares. Trabajamos para que el secuestro se acabara, para que nadie más en Colombia sufriera lo que los dos hemos padecido y para que ninguna familia pase por lo que han pasado las nuestras. Y lo logramos en muchos casos. Cerca de 450 hombres del ejército y la policía que estaban secuestrados, recuperaron su libertad sin tener que disparar ni una sola bala. También logramos rescatar con vida mediante operaciones militares y de policía a muchos secuestrados.

Y eso lo logramos guiados por una premisa fundamental, que fue la línea de mi gobierno: ¡Diálogo y Fuerza son las manos de la democracia!.
Cuando llegué a la Presidencia me hice a la tarea de recuperarlos. Mientras el diálogo caminaba, se ganaba músculo en la fuerza a fin de que el país pudiera tener las dos alternativas y usarlas en provecho de la democracia. La historia actual de la eficiencia en el uso de la fuerza se debe a aquel esfuerzo de crear “Seguridad en Democracia” y gracias a ese esfuerzo hoy el flagelo del secuestro ha disminuido. Dialogamos y le tendimos la mano a los violentos, pero a la vez fortalecimos como nunca las Fuerzas Militares.

Pero al terminar mi gobierno, me quedo una gran tristeza porque aun permanecía en ese inhumano cautiverio. Como amigo y como Presidente me quede con el corazón dolido porque su regreso a casa no se había logrado.

Fernando, escribir es sembrar, publicar es cosecha; después de haber dado la lección que la política reclama del liberado y es que se continúe creyendo en la política, puede ahora sentir el orgullo de encontrarse con los amigos y con quienes aspiran serlo.

Ha trabajado con la verdad poniéndola en evidencia. Esa verdad me gusta pero permítame decirle que me gusta tanto lo dicho como no lo dicho, me encantan los silencios que deja descubrir y que son su reserva hacia delante.

Me alegra poder decirle que en una sociedad en conflicto como la nuestra es preciso estar seguros de encontrarse en el lugar justo porque un demócrata debe estar seguro al discernir sobre su ubicación en una sociedad que lucha por la democracia de estar entre las victimas y no entre los asesinos como afirma el Talmud .

Su texto nos lleva a insistir en que es preciso estar contra el terrorismo. La lectura me ratifica lo que siempre he dicho: el peligro de esta enfermedad del terrorismo es que si no se tiene un auténtico sentido de la democracia infecta a los ciudadanos. No hay que caer en la tentación de combatir el terror con el terror y tampoco podemos caer en la trampa de dividirnos en esta lucha. El terrorismo es un enemigo común de toda la sociedad pero toda la sociedad debe estar consciente sobre la necesidad de derrotarlo solo con los instrumentos legítimos de la democracia y siempre bajo el respeto del Estado de derecho.
Esos instrumentos de la democracia no son otros que la fuerza y el dialogo. Pero el dialogo solo es útil cuando la otra parte quiere oír y razonar. Hoy Colombia entera ve como las FARC, el ELN y todos los demás violentos siguen sin querer oír el clamor de 44 millones de colombianos que no queremos más secuestros, ni más violencia ni más terrorismo. El propio presidente Uribe ha insistido en la posibilidad de este diálogo pero para que este sea viable los violentos deben darle a Colombia las señales correctas sobre su determinación de dejar el terrorismo. Mientras los violentos no le muestren a la sociedad su voluntad, nuestras fuerzas armadas deberán avanzar a nombre de la democracia, aplicando la fuerza.

Hoy lo pueden hacer porque desde hace 10 años comenzamos un proceso que ha permitido que cada vez sean más efectivas en sus ataques, más legítimas en sus actuaciones y sus resultados más visibles para todos. En esto, “El Trapecista”, hace un justo reconocimiento a su labor y a sus actuaciones narrando todos los esfuerzos que durante mucho tiempo realizaron gracias a los cuales alcanzó la libertad.

Me gusta ver que “El Trapecista” ha cultivado en su prisión, en su cautiverio el verdadero sentido de la paz. Eso quiere decir que ha reordenado después de transitar exitosamente la política, los valores, aquellos del respeto a la vida y a los sueños, el amor por la construcción de la familia, el valor enorme de la amistad, de la libertad unida a la justicia, de la alegría, del significado de las pequeñas cosas, de la obligación de ser felices con los demás y no a costa de los demás.

Cómo me ha hecho recordar que diversidad sin unidad es anarquía pero también que unidad sin diversidad es tiranía. Ambas son malas y es por ello que clamar por la democracia requiere saber hacer justicia, no negociarla y entender que solamente el poder controla al poder y que el respeto a los demás poderes expresa la convicción de querer construir democracia. Al leer su libro, me llamó la atención el relato que hace sobre el estudio de la cartilla de sociales que le prestó ese niño en las montañas de Colombia, ese libro abierto que es la naturaleza y el maravilloso libro de los valores que es la conciencia .

En estos temas están catalogados sus recuerdos porque en estos temas están residenciados sus valores. Y por eso le digo que reconfirmé algunas cosas leyéndolo: en política debemos respetarnos sin sacrificar la verdad y aprender a discrepar en paz. Esto está en la vocación del “Trapecista” y es eso lo que hace valioso este testimonio.

Querido amigo: con la presentación de este libro regresa plenamente a la libertad.

Se que el secuestro trae “daños irreparables”. Eso es cierto pero, para quien ha recuperado la libertad, ella le enseñará a ver “dimensiones insospechadas” que le harán retornar, junto a nosotros, la alegría de vivir.

Alguien escribía que “la peor de las maldiciones para un prisionero es la falta de esperanza y para un ser humano la falta de amigos. Sin amigos, la libertad no tiene ni sentido, ni alcance. Quien no tiene amigos es solo un prisionero fuera de la prisión”.

Fernando, aquí estamos acompañándolo, por eso en este día cuando nos reunimos a su lado y lo vemos llegar con todos sus recuerdos, podemos decir, ahora con toda la razón, bienvenido a la libertad. Ya no está prisionero, logró liberar también sus recuerdos y aquí estamos sus amigos!

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
18 de septiembre de 2008