Palabras del Presidente, Andrés Pastrana, ante los miembros de la “Young Presidents’ Organization”.

A veces las cosas no son como parecen o tal vez no se aprecian en la adecuada perspectiva para entenderlas a profundidad. Uno de los problemas de la vida moderna, sin duda, es el de la falta de tiempo, que nos obliga muchas veces a contentarnos con análisis superficiales de la realidad.

Cuando pienso en Colombia, este país maravilloso al que hoy han llegado ustedes para conocer un poco de su esencia y de su verdad, me doy cuenta de que muchas veces, tristemente, la visión que se tiene de mi país es una visión incompleta, sesgada e incluso distorsionada, que se centra en nuestros principales problemas -los cuales son reales y no pretendemos ocultar- pero que olvida enfatizar la dinámica vital de 40 millones de colombianos buenos, alegres y trabajadores que habitan un país hermoso y lleno de riquezas naturales y humanas.

Cuando pienso en esto recuerdo el texto de una carta, que a menudo cito a mis buenos amigos del exterior, que alguna vez escribió María, una adolescente que había salido a estudiar fuera de su ciudad, en la que informa a sus padres sobre sus últimas novedades. Permítanme compartirla con ustedes. Pónganse por un momento en los zapatos de los sorprendidos y atribulados destinatarios de la carta, y piensen en qué harían si recibieran una comunicación como ésta:

“Queridos Papi y Mami:

“Me apena mucho la demora en escribirles nuevamente, pero resulta que mi papel de cartas se perdió la noche del incendio del dormitorio ocasionado por la huelga estudiantil y la asonada subsiguiente. Yo ya estoy fuera de peligro y ya salí del hospital, y me informa el médico que recuperaré la vista en pocos días más. Lo sabremos cuando me quiten las vendas de la cara.

“El muchacho que me salvó del incendio, Juan, muy amablemente me ofreció que me quedara en su apartamento con él hasta que construyeran los dormitorios. Él viene de una familia buena y por eso espero no se sorprendan si les participo de nuestro próximo matrimonio. De hecho, ustedes siempre han querido un nieto y por lo tanto me da mucha alegría anunciarles que el nieto vendrá en cosa de un mes más o menos.

“Por favor, no le paren bolas a la anterior práctica de composición y gramática castellana. No ha habido tal incendio, no he estado en ningún hospital, no estoy embarazada, ni siquiera tengo novio.

“Lo que pasó fue que me rajaron en Matemáticas, lo mismo que en Química, en Francés y en Física, y simplemente quería que recibieran esta noticia dentro de la perspectiva adecuada.

“Todo mi amor.

“María”

¿Ven la importancia de poner las cosas en perspectiva? Por eso hoy, así como lo hizo la ingeniosa María en su carta, quisiera contarles a ustedes gráficamente lo que es Colombia y lo que pasa en Colombia, pero hacerlo de tal forma que ustedes la entiendan como debe ser: desde una adecuada perspectiva.

Cuando se habla de mi país muchos piensan, en forma simplista: Guerra civil y narcotráfico. Otros piensan, de manera más comercial: Café y Flores. Otros, tal vez, aficionados al arte o el deporte, traen a su memoria las novelas fantásticas de Gabriel García Márquez, las pinturas y esculturas de Fernando Botero o -por qué no- los recientes éxitos musicales de Shakira o los triunfos de Juan Pablo Montoya en los grandes circuitos automovilísticos.

Mi primera tarea, entonces, es aclarar, -poner en perspectiva-, esa primera visión simplista que circunscribe a Colombia, como en una mala película de televisión, a los conceptos de guerra y drogas.

¡En Colombia, apreciados amigos de la Young Presidents’ Organization, no vivimos una guerra civil, sino una guerra de unos pocos contra la sociedad civil! Aquí no tenemos una lucha entre dos o más facciones relativamente similares y con alto grado de representatividad. El conflicto interno que, infortunadamente, ha afectado a nuestra nación por cerca de cuatro décadas está propiciado por un grupo mínimo de personas que no alcanzan siquiera el 0.1 por ciento de la población colombiana y que han escogido, erróneamente, el camino de las armas y la violencia, ya sea como guerrillas o como grupos ilegales de autodefensa.

Lo que hacemos el restante 99.9% de colombianos, a través de las fuerzas legítimas de nuestras instituciones, que son nuestras Fuerzas Armadas, es defendernos de esta agresión constante e injustificada, respetando siempre los derechos humanos y las normas del Derecho Internacional Humanitario.

Lo que he procurado, durante todo mi Gobierno, con el respaldo de las distintas fuerzas políticas y sociales del país, y siguiendo el mandato de los mismos colombianos en las urnas, es alcanzar con los grupos subversivos una solución al conflicto mediante el diálogo y la negociación política.

No ha sido fácil ni rápido -como no son nunca fáciles ni rápidos este tipo de procesos- pero no hemos desfallecido jamás en esta voluntad de paz, en la cual, además, hemos contado con el acompañamiento y el apoyo de la comunidad internacional, que cada vez es más consciente de la real situación del conflicto colombiano y exige a los grupos ilegales que abandonen el asesinato, el secuestro, la siembra de minas antipersonales y el ataque a poblaciones, entre otras prácticas contrarias al Derecho Internacional Humanitario.

Hoy por hoy, mantenemos un proceso de negociación con las FARC que ha sorteado ya grandes obstáculos y estamos trabajando en la consolidación del diálogo con la guerrilla del ELN. La paz es un objetivo que siempre ha guiado y guiará mis actuaciones como gobernante, porque soy consciente de que sólo en paz podremos lograr la verdadera justicia social.

Pero la paz pasa también por el fortalecimiento y profesionalización de una Fuerza Pública que sea garante de la solidez de las instituciones democráticas. Por ello, durante estos últimos tres años hemos fortalecido, como nunca antes, las Fuerzas Armadas de Colombia, incrementando el número de soldados y de equipos técnicos y de transporte, mejorando su capacitación y entrenándolos en el respeto de los derechos humanos y la aplicación del Derecho Internacional Humanitario.

Hoy Colombia cuenta con las Fuerzas Armadas más profesionales y fuertes de toda su historia, listas para enfrentar a los violentos, pero, sobre todo, listas a trabajar en la causa de la paz y en la defensa de la sociedad civil. No por nada, hoy ellas son la institución con el más amplio respaldo popular en el país.

¿Y qué hay de las drogas? ¿No es acaso Colombia el primer productor de cocaína del mundo? Infortunadamente sí. Pero en este problema mundial somos víctimas, no villanos. Mi país ha entregado la vida de sus mejores hombres y mujeres, e inmensos recursos económicos y naturales para luchar contra un flagelo que es mundial y que no podría existir sin la adicción de millones de personas, sin los insumos químicos que venden países desarrollados, sin los paraísos fiscales y financieros que permiten el lavado de activos, sin el tráfico indiscriminado de armas.

Colombia hace lo que puede, pero no podemos solos. Por eso hemos invocado el principio de la responsabilidad compartida, gracias al cual la comunidad internacional ha entendido que, así como el problema es de todos, la solución también debe ser compartida por todos. En eso trabajamos sin descanso, más aún porque las drogas, como quedó demostrado en Afganistán y como ocurre también aquí en Colombia, son la fuente de financiación de los grupos que siembran violencia y dolor en el planeta.

Cambiemos ahora de frente para responder a una pregunta que seguramente muchos de ustedes se harán: ¿Cómo ha sido el desempeño económico de Colombia, en medio de este conflicto y en medio de la crítica situación internacional? Se van a asombrar: la solidez de la economía colombiana hoy es tan alta que el International Financing Review (IFR), con sede en Londres, acaba de concedernos los premios al “Mejor Emisor Soberano” y al “Mejor Emisor Latinoamericano” por nuestra adecuada estrategia de financiamiento y la recuperación lograda en la inversión extranjera.

En lo económico, he dirigido una política sobre la base de un equilibrio, cuidadosamente preservado, en el que hemos atendido las necesidades prioritarias de la población más vulnerable pero en el que hemos apostado, también, a realizar las más importantes reformes estructurales para garantizar la viabilidad de nuestras finanzas en el futuro.

Con el Plan Colombia estamos ejecutando el programa de inversión social más grande en la historia del país, llegando a las poblaciones más pobres y apartadas. Son cerca de mil millones de dólares los que estamos destinando para entregar subsidios de alimentación y educación a las madres de las familias más necesitadas, para construir obras comunitarias y generar empleo, para capacitar jóvenes desempleados y para construir y mejorar las vías en las zonas afectadas por el conflicto.

También, con responsabilidad -y sacrificando, sin duda, nuestras reservas de popularidad- hemos tomado las difíciles decisiones que requiere el sano mantenimiento de la economía. Para ello, efectuamos un severo ajuste de los gastos del Estado, una reforma tributaria, otra al régimen de transferencias de la Nación a las regiones, entre otras medidas, con el objetivo de reducir el déficit fiscal y de recuperar la senda del crecimiento.

Hoy Colombia, después de un inusual comportamiento recesivo en 1999, ha vuelto a crecer en forma sostenida. El pasado año 2001, por ejemplo, tuvimos un crecimiento moderado, pero que es, de todas formas, el doble del promedio del de los demás países de América Latina.

Estabilizamos la tasa de cambio, que hoy fluctúa libre y sin altibajos; bajamos los intereses, que estaban tan altos que desestimulaban cualquier inversión y hacían impagables los créditos, y bajamos la inflación a niveles de un dígito, por primera vez en tres décadas.

En mi último discurso ante el Congreso de la República resumí mi gestión en una frase sencilla y diciente: “Responsabilidad en tiempos de transición”. Ese ha sido mi norte: Entender, primero, que vivimos complejos tiempos de cambio -que los hechos terribles del 11 de septiembre han acelerado- y obrar con la responsabilidad de quien trabaja, no por su popularidad en el presente, sino pensando en su responsabilidad con sus compatriotas: los de hoy y los de mañana.

Apreciados amigos de la Young Presidents’ Organization:

Inicia el segundo año del tercer milenio. No acaba de despuntar la vida de este 2002, apenas sin estrenar y pleno de expectativas, y ya nos estamos preguntando cómo vamos a afrontar sus desafíos, cómo vamos a superar las dificultades y, algo más aún, cómo vamos a encaminar nuestra existencia en el camino de nuestros sueños.

Pero los sueños personales no pueden desligarse de los sueños colectivos. No podemos olvidar que somos integrantes de una aldea global llamada Tierra y que tenemos una especial responsabilidad que cumplir en ella y hacia nuestros semejantes.

Precisamente, hablando del mundo como una aldea, hay un famoso ejercicio estadístico, que ha circulado por años en la Internet, -y que quizás muchos de ustedes ya conocen-, que nos da una idea sobre cómo estaría compuesta la población del planeta si pudiéramos reducir, proporcionalmente, sus habitantes a tan sólo 100 personas. Como creo que este ejercicio nos dará mucho que pensar en este primer día del año, permítanme compartirlo con ustedes:

Si en el planeta vivieran tan sólo 100 personas…

57 serían asiáticos, 21 europeos, 14 del continente americano y 8 africanos.

52 serían mujeres y 48 varones.

30 serían de raza blanca y 70 serían de otra raza.

30 serían cristianos y 70 profesarían otras religiones.

89 serían heterosexuales y 11 serían homosexuales.

6 personas poseerían el 59 por ciento de la riqueza del mundo y las 6 serían de los Estados Unidos.

80 habitarían en viviendas inadecuadas.

70 no podrían leer.

50 serían mal nutridos.

1 estaría por nacer y 1 estaría por morir.

1 (solamente uno) tendría educación universitaria.

1 poseería computadora.

Continúa el mensaje con las siguientes reflexiones:

“Cuando uno analiza nuestro mundo desde esta perspectiva comprimida, la necesidad de aceptar, de ser tolerante, para entender y para educar a la gente llega a ser estupefactamente impresionante.

“Y yo, que poseo una computadora, que sé leer y escribir, que tengo educación, que no estoy desnutrido, que tengo una vivienda adecuada, que estoy vivo… ¿De qué me quejo?”.

Hoy les propongo, apreciados amigos de la Young Presidents’ Organization, que vayamos aún más allá de esta pregunta:

Nosotros, que no sólo tenemos educación, tecnología y buena calidad de vida, sino que, además, hemos tenido acceso a los más altos niveles del conocimiento académico y a cargos de responsabilidad nacional e incluso mundial, ¿qué hemos hecho, qué estamos haciendo y qué podemos hacer para que este mundo, esta inmensa aldea global, sea un mundo más justo, más humano y más pacífico?

El reto está ahí, en las cifras que acabo de compartir con ustedes: el 80% de la población mundial habita viviendas inadecuadas, el 70% tiene algún grado de analfabetismo, el 50% sufre de malnutrición, el 99% no posee educación universitaria ni una computadora, y el 94% tiene que arreglárselas con sólo el 41% de la riqueza mundial.

Éste es el mundo que nos ha tocado vivir, pero, definitivamente, no es el mundo en el que queremos vivir, y en nuestras manos tenemos muchas herramientas para acercarlo a un horizonte de mayor justicia social.

Si el planeta tuviera tan sólo 100 personas, ¿cuántas de ellas serían dirigentes o tendrían poder para liderar, para bien o para mal, el destino de su grupo? Seguramente uno, apenas uno.

Hoy estoy rodeado de muchos de esos “unos”, muchos jóvenes profesionales que tienen el futuro de la humanidad en sus manos. Esto no es un motivo de orgullo o vanagloria. Esto es, sobre todo, un motivo de reflexión y de mucha responsabilidad.

¿Qué vamos a hacer para que el destino de los otros 99 habitantes de la aldea sea mejor? Yo creo que este primer día del año 2002 es un excelente momento para hacernos esta pregunta, para la cual, de alguna manera, todos sabemos la respuesta: ¡Servir! ¡Servir a nuestros semejantes y a nuestro mundo!

Apreciados amigos:

Ésta que aquí ven es Colombia:

Es la Colombia multicolor y llena de música que hoy les da la bienvenida desde el encanto amurallado de Cartagena de Indias;

es la Colombia llena de posibilidades que hoy respira el aire renovado del cambio y ofrece mil alternativas a quienes quieren recorrerla o invertir en ella;

es la Colombia donde las mariposas amarillas del Macondo de García Márquez aletean por el aire como un mágico aplauso de la vida;

es la Colombia de contrastes donde, a pesar de las dificultades, habitan los hombres y mujeres más felices del planeta, según un estudio divulgado hace poco por el New York Times;

¡es la Colombia generosa que camina decidida hacia la paz!

Ténganlo por seguro: ¡Quedarán atrapados, desde hoy y para siempre, en las redes invisibles de su afecto!

Muchas gracias

Lugar y Fecha

Cartagena, Colombia
1 de enero de 2002