Éste es un momento grandioso, digno de una historia memorable. Por eso quisiera iniciar estas palabras relatándoles un breve cuento, original del escritor argentino Jorge Bucay, que me ha conmovido como pocos. Se trata de la fábula de “la Tristeza y la Furia” que dice, más o menos, así:

“En un reino encantado había una vez un estanque maravilloso. Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y, desnudas, las dos entraron al estanque.

La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró…

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza… Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma y muy serena, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro, con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque: la ropa de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, -ciega, cruel, terrible, enfadada-, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es un disfraz, y que, detrás de la furia, en realidad… está escondida la tristeza”.

¡Qué bella y paradójica historia! Quizás me emociona tanto porque en ella encuentro el reflejo de lo que motiva y ha motivado siempre mi lucha por la paz y mi inquebrantable fe en el diálogo como el medio ideal para alcanzarla.

Creo en la paz y creo en el diálogo, apreciados amigos, porque estoy seguro, más que seguro, de que detrás de la ira, detrás de la crueldad, detrás de la insensibilidad que demuestran los violentos con sus acciones atroces, se esconde la tristeza.

Creo firmemente en la naturaleza positiva del ser humano, al fin y al cabo emanado de la esencia divina, y por eso entiendo -esa es mi profunda convicción- que siempre detrás de cada persona que ataca a la sociedad se encuentra un dolor, un resentimiento, una frustración y, muchas veces, un temor sin nombre.

“Dios lucha con el diablo, y el campo de batalla es el corazón del hombre” decía Dostoievski. Siempre he pensado que está en nuestras manos el hacer que Dios venza sobre el diablo en el conflicto interno de cada ser humano, que la tristeza que se disfraza de furia encuentre la fuente de su pena y le dé remedio, que los ojos inyectados de sangre y la mente nublada de odio se conviertan en ojos de comprensión y sabiduría.

Hace 14 años, en 1988, cuando me postulé como candidato a la Alcaldía de Bogotá, la capital de Colombia y mi ciudad, unos hombres entraron violentamente a las oficinas de mi campaña y me sacaron en medio de golpes y amenazas. Vendado dentro del baúl de un automóvil enfrenté el peso del miedo y la incertidumbre, y soporté luego, por siete días que se hicieron eternos, la ignominia del secuestro, cuando la propia vida queda a merced de unos extraños dispuestos a todo.

El grupo que me secuestró se hacía llamar “los Extraditables” y actuaba bajo las órdenes del famoso capo de la droga Pablo Escobar, quien tenía sus razones para buscarme. En efecto, mi posición, como periodista, había sido siempre muy dura frente al negocio del narcotráfico. Incluso había ganado el Premio de Periodismo “Rey de España” por un reportaje especial que realicé para la televisión sobre el recorrido de la droga desde su producción en Perú y Bolivia, pasando por su procesamiento en Colombia hasta llegar a su transporte y consumo en los Estados Unidos y Europa. “La Ruta de los Dioses” titulé a este trabajo periodístico que me había puesto, sin duda, en la mira de la mafia.

Pero mi historia viene a esto: los guardianes que me vigilaron durante mi cautiverio, hasta cuando fui liberado gracias a un eficaz operativo del ejército, eran jóvenes humildes y violentos a la vez, casi inconscientes del inmenso dolor que me producían y producían en mi familia. Obraban más por miedo hacia su patrón que por propia voluntad. Detrás de sus máscaras de odio, seguramente, se ocultaban la tristeza y el miedo.

Diez años más tarde, en 1998, tuve el inmenso honor de ser elegido, con la más alta votación en la historia de mi país, Presidente de la República de Colombia. No era una tarea fácil. Mi nación enfrentaba -y enfrenta todavía- un problema de inmensa complejidad: en medio del trabajo honesto de más de 40 millones de colombianos, crecían como una mancha de terror por todo el territorio dos grupos armados ilegales opuestos entre sí, cuyos miembros no suman ni siquiera el 0.1 por ciento de la población colombiana, pero con el poder desestabilizador que da la violencia:

Por una parte la guerrilla -principalmente aglutinada en las FARC y el ELN- y por otro lado los grupos de autodefensa ilegales. Lo más tremendo es que ambos bandos cuentan con un denominador común: se financian principalmente de dineros provenientes del negocio del narcotráfico, además del secuestro y la extorsión. En el fondo, más que una lucha por el poder, lo que ellos protagonizan es una lucha por el control de territorios para realizar sus actividades ilícitas.

Se trata de un conflicto antiguo, cuyos orígenes datan de hace más de cinco décadas, pero que cada día más se ha degradado, con los dineros de la droga y la utilización del terrorismo contra la población civil. Por eso he dicho siempre ante el mundo: en Colombia no existe una guerra civil; ¡en Colombia lo que sufrimos es una guerra de unos pocos contra la sociedad civil!

Cuando gané las elecciones mi primer objetivo, mi meta primordial, ante mi conciencia y mis compatriotas, era hacer todo lo posible y aún más que lo posible para alcanzar la paz mediante el diálogo y la negociación política.

Siempre he creído que ésta es la única manera de hacerlo. Gandhi decía muy bien: “No hay caminos para la paz: la paz es el camino”. Y tenía toda la razón, porque ¿cómo podemos pretender afianzar la paz de un país sobre los cadáveres y los mutilados? ¿Cómo podemos construir una paz verdadera sobre la base del odio, del resentimiento y la humillación? No creo, apreciados amigos, en la paz de vencedores y vencidos. Creo, eso sí, en la paz que se forja a través del diálogo, porque sólo la paz que nace de un instrumento pacífico está llamada a perdurar.

Con esa convicción arraigada en mi corazón asumí todos los riesgos necesarios para avanzar hacia este objetivo, que es el más grande anhelo de mi pueblo. Me reuní, siendo ya presidente electo, pero sin haberme posesionado aún, con el máximo líder de las FARC, conocido por el alias de Manuel Marulanda o “Tirofojo” en un lugar perdido en medio de las montañas de Colombia. Lo hice sin llevar ninguna seguridad, exponiendo mi vida y mi libertad, pero con la convicción de que era necesario hablar de persona a persona para comenzar a transitar, con buenas perspectivas, el sendero de la paz.

Han pasado cuatro años desde entonces; me reuní otras dos veces -ya como Presidente- con el líder guerrillero, custodiado por sus propios hombres, pero infortunadamente no se logró el objetivo. Fue un intento profundo, audaz y sincero, acompañado por la comunidad internacional y por el país entero, en el que entregamos mucho para generar confianza pero recibimos a cambio sólo hechos de muerte y destrucción.

Debo decir, con pesar, que los violentos no respondieron al clamor del pueblo colombiano, que no correspondieron a la mano tendida que se les ofreció para incorporarlos a la vida pacífica de la nación, que todavía siguen prefiriendo la vía de las armas que la vía de la democracia.

El vestido de la furia puede hoy todavía más que su tristeza, y se empeñan en continuar cometiendo terribles actos de terrorismo contra su propio pueblo. Es absurdo. Es doloroso. Pero no desfallezco en mi creencia. Seguramente no me corresponderá a mí vivirlo como Presidente, pero sé que algún día, ojalá pronto, esos hombres y mujeres que optaron por la violencia se despojarán de su disfraz y entrarán en la laguna mágica donde extraviaron sus prendas, para volver a ser lo que somos todos: seres humanos ansiosos de evolucionar, de amar y de ser amados.

Por eso creo en el diálogo, queridos amigos. Esa es mi convicción de vida y mi creencia indestructible. Ese es mi credo, que hoy he resumido simbólicamente a través de la historia de “La Tristeza y la Furia”.

Mi fe absoluta en el ser humano y en las vías de paz como único camino para lograr una paz cierta y duradera es el mayor tesoro que hoy puedo compartir con ustedes.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Dublín, Irlanda
7 de junio de 2002