Palabras del Presidente Pastrana, en el acto de consagración de colegiales del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.

Hace unos días, en San Andrés, narré a los Gobernadores del país una antigua historia china, que hoy quisiera compartir con ustedes, mis colegas rosaristas, porque resume en buena parte el sentido moral de las enseñanzas que hemos recibido en este Claustro.

Se trata de la historia de un joven príncipe que fue enviado por su padre, el rey, a estudiar el arte de gobernar con el sabio maestro Pan Ku. Dicen que la primera tarea que el maestro dio al joven príncipe fue la de ir solo a un bosque cercano y regresar en un año para describir los sonidos del bosque:

Pasado el tiempo, el discípulo regresó y dio su reporte al Maestro: “Pude oír el canto de los pájaros cu-cu, el roce de las hojas, el aleteo del picaflor, el sonido de los grillos, el correr de la brisa por la grama, el zumbido de las abejas y la brisa susurrar y aullar”. Pan Ku, sin embargo, no quedó satisfecho y volvió a enviar al Príncipe al bosque para que escuchara lo más que él pudiera oír.

El joven, asombrado, regresó, y pasó días y noches atento a escuchar, sin percibir nada nuevo a lo que ya conocía. Una mañana, al fin, comenzó a discernir débiles sonidos, diferentes a los que había oído antes. Entonces volvió donde su Maestro y le dijo: “Cuando yo escuché más de cerca, pude oír lo que no se oye: el sonido de las flores cuando se abren, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la grama bebiendo el rocío matinal”.

El Maestro movió la cabeza en signo de aprobación y le dijo: “Oír lo inaudible es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante. Sólo cuando un gobernante ha aprendido a escuchar de cerca el corazón de su gente, oyendo sus sentimientos no comunicados, dolores no expresados y las quejas no dichas, puede él inspirar confianza en su gente, entender cuando algo está mal y encontrar las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. La muerte de los Estados sobreviene cuando los líderes escuchan sólo las palabras superficiales y no penetran profundamente en el alma de la gente para oír sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos”.

Así es, queridos amigos del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario: el secreto de gobernar, el secreto de liderar, el secreto de vivir, está en saber escuchar lo más recóndito, en buscar lo esencial en medio de las apariencias, en descubrir el orden que se esconde detrás del caos.

Hoy, cuando de nuevo asisto a este acto solemne de consagración de colegiales, con la nostalgia de saber que será la última vez que lo haga en mi condición de Presidente de la República, siento también que escucho lo que no se puede oír. Estas piedras me hablan; estas columnas centenarias me cuentan una historia; estos salones, estos corredores, por los que tantos años caminé con mis amigos y profesores, me interpelan como si fuera ayer, como si esos años de mediados de la década del setenta, cuando era un estudiante de Derecho en estas aulas, se hubieran quedado a vivir para siempre en mi corazón y en mi memoria.

Eran los tiempos de los rectores Antonio Rocha Alvira, Carlos Holguín Holguín y Álvaro Tafur Galvis, cuando una generación nacida en la segunda mitad del siglo XX, con la herencia febril de los sesentas todavía aleteando en el espíritu, hicimos el tránsito de la juventud a la madurez guiados por las sabias enseñanzas de nuestros maestros.

Mucho de lo que soy y de lo que he podido hacer por Colombia y por mi gente lo debo a las enseñanzas que recibí en este Colegio, que para mí es mucho más que un centro de educación superior con casi 350 años de historia: ¡ÉSTA ES MI UNIVERSIDAD!, la que quiero y admiro, y a la que siempre guardaré toda la gratitud de mi corazón.

Queridos amigos:

Bien dijo alguien alguna vez: “Si la noción de la República se perdiera por desgracia en Colombia, en las constituciones del Colegio Mayor del Rosario se la encontraría”. Esta premisa no puede ser más acertada si tomamos en cuenta que la primera experiencia democrática en nuestro país nace de la misma institución que celebramos el día de hoy: la colegiatura rosarista.

Esta colegiatura fue ideada por nuestro ilustre fundador, Fray Cristóbal De Torres, como solución a los alegatos y las acusaciones producidas entre su comunidad por la designación del primer rector Fray Tomás Navarro.

Ante los graves problemas presentados por la elección de quien dirigiría el destino del Colegio, el fundador tomó una decisión salomónica: serían los colegiales los llamados a ejercer la trascendental misión de elegir al rector, al igual que al vicerrector. Así fue como, en 1665, el rector Juan Peláez Sotelo fue el primero elegido por los colegiales.

De esta manera, el Colegio Mayor de Nuestra Señora Rosario se convirtió en pionero de la democracia en nuestro país, como ha sido pionero en tantos otros temas.

Desde entonces hasta hoy los colegiales han sido hombres y mujeres dotados de gran virtud y de cualidades excepcionales. Colombianos llamados a cumplir con responsabilidad su compromiso con el bienestar de nuestra sociedad. Líderes que en tantas oportunidades han alumbrado con la luz de su sabiduría el destino de nuestra nación.

Como muy bien lo dijo Fernando Gil Tovar, la obra del arzobispo De Torres fue, en su clase, la primera del continente. Esta primera aventura democrática americana ha inspirado a los mejores talentos colombianos a forjar una gran nación. De este compromiso de vida queda aún por trasegar un largo recorrido, pero debo decir que los rosaristas nos hemos distinguido siempre por trabajar por nuestro país haciendo el mejor uso de nuestro meritorio legado, que es la formación que aquí adquirimos. Diariamente cumplimos a cabalidad la cita con el arduo trabajo que busca ante todo la prosperidad de nuestra nación.

Esa es su misión, apreciados nuevos colegiales: mantener esta tradición propendiendo en todo momento por engrandecer nuestro país, teniendo siempre presente su deber de acercarlo a la paz, al progreso y a la justicia social.

Estoy seguro de que sabrán colocarse a la altura de esta exigencia pues si algo nos caracteriza a los rosaristas es la estricta formación ética que imparte el Colegio, a la que se suma el amor por la disciplina, el rigor académico y el criterio independiente. Todo ello ha sido posible gracias a que en esta universidad priman los valores de la excelencia y el respeto por la libertad de pensamiento de quienes forman parte de ella.

No cabe duda de que el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario ha participado de manera activa en la historia del país. En esta “cuna de la República” nacieron a la vida pública 29 presidentes, entre los cuales me cuento hoy humildemente. Sus egresados han constituido -y así seguirá siendo- un ejemplo de acción y de compromiso para los colombianos.

Hemos aprendido en este Claustro universitario -y esa ha sido mi guía como gobernante y hombre público- que la vida es servicio y que, como dice la famosa parábola de Jesús, cada quien responderá al final por los “talentos” -pocos o muchos- que recibió en custodia y por la forma en que los hizo producir en beneficio de los demás.

Como Presidente me ha correspondido asumir la dirección de un país lleno de posibilidades, pero también con múltiples dificultades, un reto que cada día me estimula a trabajar y que he afrontado durante más de tres años y medio de la única manera en que concibo hacerlo: con responsabilidad hacia mis compatriotas y hacia las nuevas generaciones.

Ese es el legado que quiero dejarle a Colombia: el de la responsabilidad, una responsabilidad que podríamos sintetizar en estos logros: un país maduro para la paz, con una economía estable transitando el sendero de la recuperación, con las Fuerzas Armadas mejor preparadas y dotadas de la historia, y con credibilidad y dignidad internacional

No estaremos por siempre en el mundo. Ésta es una realidad que debe acompañar nuestro discurrir y nuestro obrar. Pero sí tenemos el compromiso de sembrar futuro con nuestras acciones, de dejar huella perdurable y positiva con nuestro trabajo, de ser mensajeros de progreso, de solidaridad y de justicia social.

Como dije recientemente en la Cumbre de Monterrey sobre el Financiamiento para el Desarrollo: Si el planeta tuviera tan sólo 100 personas, ¿cuántas de ellas serían dirigentes o tendrían poder para liderar, para bien o para mal, el destino de su grupo? Seguramente uno, apenas uno.

Hoy, aquí en El Rosario, estoy rodeado de muchos de esos “unos”, muchos jóvenes estudiantes y muchos profesionales que tienen el futuro de nuestra patria y de la humanidad en sus manos. Esto no es un motivo de orgullo o vanagloria. Esto es, sobre todo, un motivo de reflexión y de mucha responsabilidad.

¿Qué vamos a hacer para que el destino de los otros 99 habitantes de la aldea sea mejor? Yo creo que, de alguna manera, todos sabemos la respuesta: ¡Servir! ¡Servir a nuestros semejantes y a nuestro mundo!

Ese es el único sentido, el verdadero sentido, del liderazgo. No olvidemos nunca que, como lo dijo León Tostoi -y como lo aprendimos en esta Universidad-: “La única intención de la vida es servir al género humano”.

Apreciados amigos:

Felicito con admiración a los nuevos colegiales de este Claustro que han sido designados como tales no sólo por sus cualidades académicas, sino sobre todo por la gran calidad humana por la que siempre debe reconocerse a los egresados de esta institución.

Quiero hacer extensivas mis felicitaciones a las familias de estos honorables colegiales al igual que a los maestros que los han formado, pues es motivo de profundo orgullo el nombramiento del que son merecedores el día de hoy, cuando reciben, además, la Cruz de Calatrava.

Hoy los insto -como Patrono del Colegio y como su compañero de aulas- a que sigan amando y respetando esta Universidad, dando lo mejor de ustedes en cada uno de sus actos, en los cuales siempre se debe reflejar la ética, la honestidad y la rectitud que distingue a todos los rosaristas. Ustedes son, utilizando las palabras del señor rector, los “gladiadores del humanismo” que tanto necesita el país en estos momentos.

Quisiera terminar con las palabras de Jesús que tantas veces en estas aulas repitió con convicción -hace ya más de dos siglos- un gran maestro rosarista, el sabio gaditano José Celestino Mutis: “Sólo la verdad los hará libres”.

Amen la verdad, amigos rosaristas y señores colegiales, luchen por ella en todo momento, ¡porque sólo el trabajo por la verdad y por la justicia hará libre a Colombia!

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
4 de abril de 2002