PALABRAS DEL PRESIDENTE PASTRANA EN LA CLAUSURA DEL FORO INTERNACIONAL “PAPEL DEL SECTOR PRIVADO EN UNA NACIÓN EN CRISIS” 2017-12-18T11:45:31+00:00

Project Description

Si hay un país complejo en el mundo, ese es el nuestro. No es fácil explicarlo. No es fácil entenderlo. Es mucho menos fácil juzgarlo o emitir una opinión ponderada y justa sobre él. Si tuviera que definirlo con una sola palabra sería ésta: DESAFÍO.

Después de escuchar las intervenciones del día de hoy, creo que todos, extranjeros y nacionales, estamos de acuerdo en que la Colombia que vivimos en los albores del Siglo XXI, es ante todo un enorme reto: ¡un inmenso desafío!

Los colombianos vivimos ese desafío día tras día y, de alguna forma, nos hemos acostumbrado a él. Pero no podemos adormecernos frente a la costumbre. No podemos quedarnos quietos cuando vemos la realidad de violencia y de pobreza, y tampoco podemos cruzar los brazos cuando nuestra sociedad y nuestra democracia están siendo atacadas por el más complejo y cruel de los enemigos: el terrorismo.

Colombia, la tierra amable de la cumbia y el vallenato, la privilegiada doncella a la que besan dos océanos, la que concentra en su superficie el 13% de la biodiversidad del planeta, la que exporta café y flores pero también las voces jóvenes de Vives y Shakira o los nervios de acero de Juan Pablo Montoya en las pistas de la Fórmula 1, tiene todo el material para ser un verdadero anticipo del paraíso en la tierra.

Sin embargo, ante los ojos asombrados del mundo y de nosotros, sus habitantes, adolece de un conflicto interno que limita la inmensa potencialidad de nuestro desarrollo. No es un conflicto de hoy, ni de ayer, sino uno que lleva más de medio siglo, tan arraigado y anacrónico que pareciera subsistir por inercia, como un anciano que sigue vivo porque ha olvidado cómo morir.

Cuando llegué a la Presidencia, hace ya casi cuatro años, lo hice con el firme propósito de trabajar por la paz como un prerrequisito para afianzar el futuro de Colombia. Así me lo ordenaba el pueblo colombiano, que en 1997 votó masivamente un mandato a sus gobernantes para que buscaran la paz con los grupos armados a través de la negociación política, y así me lo dictaba mi propia convicción personal de que una paz cierta y duradera sólo se logra por caminos igualmente pacíficos, como el diálogo. En esto siempre he seguido la máxima de Gandhi, cuando dijo: “No hay caminos para la paz; la paz es el camino”.

Mis compatriotas y el mundo entero fueron testigos de los inmensos esfuerzos que se hicieron para consolidar un proceso de paz con las FARC y para iniciar uno con el ELN.

No era una tarea fácil. Mientras levantábamos, ladrillo por ladrillo, los cimientos de la paz, estos grupos insistían en sus actos violentos.

A esto se unieron dos factores de tremenda perturbación: Por una parte, la acción homicida de los grupos ilegales de autodefensa. Por otro lado -y esto es muy importante-, el hecho de que las guerrillas y las autodefensas ilegales encontraron una gran fuente de financiación en el negocio de las drogas ilícitas, prohijando el cultivo de coca y amapola y haciendo de vigilantes de los laboratorios clandestinos, con lo cual han adquirido ingentes recursos que avivan la guerra.

En fin, y para no alargarnos demasiado sobre una historia que ya conocen, durante mi Administración le apostamos con toda la energía a la consecución de la paz. Dimos un paso que era imprescindible dar y lo hicimos con audacia y de manera genuina, porque era la única forma de hacerlo. Lograr la paz no dependía sólo de nosotros, sino también de la voluntad de la contraparte, pero estábamos decididos -y así lo hicimos- a poner todas las fichas en la casilla de la paz.

Al cabo, dentro de las organizaciones guerrilleras primaron los guerreristas, los que están más interesados en mantener sus actividades criminales y los recursos del narcotráfico que en convertirse en una opción política dentro de la democracia. Se les ofreció una alternativa para abandonar el camino de las armas, pero prefirieron transitar el oscuro camino del terrorismo, y hoy sufrimos las consecuencias de esta decisión.

Debo reconocer hoy que en este gigantesco empeño de paz me acompañó la gran mayoría de los colombianos y tuve la suerte también de contar con el respaldo amigo de la comunidad internacional.

La Reina Noor de Jordania, por ejemplo, quien hoy está con nosotros, tuvo la firmeza necesaria para ir a la Zona de Distensión y plantearle de frente al líder de las FARC el reclamo de la comunidad internacional por sus continuos atentados contra la vida, la libertad y, en general, por sus infracciones al Derecho Internacional Humanitario.

Estados Unidos, por su parte, bajo el liderazgo de ese buen amigo de Colombia que es el hoy ex-Presidente Bill Clinton, le apostó, como nunca antes, al desarrollo de Colombia, un hecho que merece toda nuestra gratitud. No sólo se comprometió con el Plan Colombia para combatir el problema mundial de las drogas, como la principal fuente de financiación de la violencia y el terrorismo en Colombia y en el mundo, sino que se aprobaron los más grandes aportes en la historia de nuestras relaciones bilaterales para programas de carácter social, como los de sustitución de cultivos y desarrollo alternativo, los de justicia y atención humanitaria.

Señor ex Presidente y querido amigo Bill Clinton:

Sirva esta oportunidad para expresarle la alegría que nos da tenerlo hoy de nuevo entre nosotros, en este gesto de amistad que valoramos en toda su extensión. Cartagena ya es para usted tierra conocida, una ciudad que lo quiere y lo recibe con afecto. Por eso usted le regaló ayer, en el marco magnífico del Castillo de San Felipe de Barajas, su mejor interpretación de “Summertime”, un sonido que quedará viviendo para siempre en las murallas de la fortaleza, así como perduran los ecos de antiguas batallas en los tiempos de la colonia.

Hoy está usted entre amigos y recibe el homenaje caluroso de una nación que tiene hacia usted mil motivos de gratitud. Su amistad fue real y no fue un simple gesto formal o una declaración protocolaria. Su compromiso con nuestra seguridad, con la lucha conjunta contra el problema mundial de las drogas, con los programas sociales en nuestro país, superó todos los precedentes y mostró a Colombia la acción de un hombre justo y solidario, de un mandatario que se preocupó por conocer y comprender nuestra problemática, y que asumió riesgos políticos en su decisión de apoyar los esfuerzos de nuestro país.

Usted, Presidente Clinton, entendió también que Colombia, más que ayuda, necesita comercio, necesita generar oportunidades lícitas y buenos empleos para su gente. Por eso respaldó enfáticamente nuestras aspiraciones para que el Acuerdo de Preferencias Arancelarias Andinas –ATPA- fuera renovado y ampliado a otros productos, un respaldo que hoy se ha concretado, bajo el Gobierno de su sucesor, el Presidente Bush, en la aprobación de esta iniciativa por ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos.

Esto no es gratuito. Esto se debe a que, bajo su Administración, usted logró consolidar una posición mayoritaria bipartidista en la que tanto demócratas como republicanos han entendido la compleja realidad colombiana y se han comprometido a respaldar nuestros esfuerzos por fortalecer la democracia, derrotar el terrorismo y el narcotráfico, y crear un entorno de mayor justicia social para nuestra gente.

Presidente Clinton: Se lo digo emocionado, con palabras que me brotan del alma. ¡El corazón de Colombia es suyo, porque usted también lleva a Colombia en su corazón! Reciba la gratitud y el aplauso sincero de toda nuestra nación.

Apreciados amigos:

El Plan Colombia, que dejamos como el más grande legado de futuro para el país y para la próxima administración, ha sido un Plan destinado a fortalecer, a lo largo y ancho del país, en las zonas más apartadas de nuestro territorio, la presencia efectiva del Estado y sus instituciones.

A nivel internacional, el Plan Colombia es la concreción efectiva del principio de responsabilidad compartida que promovimos con éxito en todos los foros multilaterales. ¡Muchos años demoró Colombia para que el mundo comprendiera que en esta historia del narcotráfico no somos los villanos, sino las víctimas, y que éste es un problema que nos aqueja a todos y que debemos solucionar entre todos!

Es apenas obvio –y así lo hicimos ver- que el problema mundial de las drogas no podría existir sin la enorme demanda de drogas por parte de los países más desarrollados, sin la producción y venta de insumos por los mismos y, sobre todo, sin el lavado de activos producto de este negocio que se realiza bajo la mirada a veces complaciente de países y banqueros del primer mundo.

En Colombia seguimos entregando –por convicción moral- nuestros mejores esfuerzos en la lucha contra el problema mundial de las drogas. No más para dar una idea, durante mi administración hemos erradicado más de 250 mil hectáreas sembradas con coca y más de 23 mil sembradas con amapola. Con esta acción, evitamos que llegaran al mercado mundial ¡cerca de mil quinientas toneladas de cocaína y cerca de 23 toneladas de heroína que estarían destinadas a envenenar a la juventud del planeta, a la juventud de América y Europa!

Si estas drogas se hubieran vendido en las calles de Nueva York o de cualquier otra ciudad del mundo habrían representado ingresos para los narcotraficantes, -oigan bien-, ¡de más de 38 mil millones de dólares! ¡Son más de 38 mil millones de dólares que no han entrado a las arcas de los traficantes de muerte gracias a la acción contundente de la Fuerza Pública colombiana!

Señores empresarios e invitados internacionales:

La pregunta ahora es: ¿Sirvió de algo el proceso de paz? ¿Tiene salida Colombia? Y mi respuesta a las dos preguntas es un contundente sí.

Estos tres años y medio de esfuerzos por la paz no han sido en vano para nuestro país:

En primer lugar, las FARC se propinaron, ellas mismas, la más grande derrota política de su historia. Este grupo despilfarró la opción política que con generosidad le ofreció el pueblo colombiano y ha perdido el poco respaldo popular que alguna vez creyó tener, gracias a que sus acciones e intenciones han quedado desenmascaradas ante la opinión pública nacional e internacional.

En segundo término, la búsqueda de la paz -en la que persistimos- nunca riñó con la necesidad de fortalecer y modernizar las Fuerzas Armadas, porque entiendo que un país en paz necesita una Fuerza legítima profesional y operante que garantice dicha paz. En este sentido, durante mi Gobierno prácticamente dupliqué el pie de fuerza y lo doté de mejores y más modernos recursos, al tiempo que generamos una cultura de respeto a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario dentro de los integrantes de la Fuerza Pública. Hoy el ejército es la institución con mayor respaldo y simpatía dentro de la sociedad, únicamente superado por la iglesia.

Tercero: se logró una total comprensión por parte de la comunidad internacional sobre el conflicto interno colombiano. Ahora el mundo sabe, a conciencia, que nuestro conflicto no es una guerra civil sino que es una guerra de unos pocos violentos contra la sociedad civil. Ahora el mundo sabe que los que verdaderamente estamos luchando por el pueblo estamos del lado de las instituciones y no del lado del terrorismo, y, por ello, cada vez recibimos más apoyo y respaldo para nuestros esfuerzos por la paz y la democracia.

Cuarto: algo muy importante sobre lo cual se ha reflexionado poco. El proceso de paz nos ha dejado una importante agenda de trabajo que estamos en la obligación de seguir adelantando, -con las FARC o sin las FARC-, porque ella contiene los grandes temas y las grandes reformas que necesita debatir el país. La Agenda Común por el Cambio hacia una Nueva Colombia, que se acordó en mayo de 1999, con la participación del sector privado, que acompañó activamente las deliberaciones, debe seguir siendo trabajada por los colombianos que queremos alcanzar la justicia social desde la democracia y por medios pacíficos.

Quinto: Logramos que la paz dejara de ser un tema exclusivo del Gobierno en el que la sociedad civil y el sector privado no se sentían involucrados. Los empresarios de Colombia, a través de los gremios, por ejemplo, participaron en diversas reuniones y grupos de trabajo, hicieron foros de debate sobre la paz, invitaron a diversos analistas a exponer sus ideas y, de hecho, se metieron de lleno en un tema sobre el cual no podían pasar de largo. De hecho, hombres de empresa como Pedro Gómez Barrero y Ramón de la Torre, aquí presente, hicieron parte esencial de comisiones negociadoras.

La sociedad misma, a través de marchas, de sus organizaciones sociales y comunitarias, de la presencia personal o a través de documentos en las audiencias públicas, está hoy más consciente que nunca de que el logro de la paz es un logro colectivo.

Colombia vive hoy, lo sabemos bien, momentos complejos. Pero nuestra capacidad de reacción y de supervivencia frente a las dificultades es infinita. Ya superamos hace una década la violencia terrorista de los grandes carteles de la droga y estoy seguro de que superaremos también, con decisión, con la voluntad de un pueblo unido, y con las Fuerzas Armadas más modernas y profesionales de toda nuestra historia, este nuevo episodio.

Apreciados amigos:

La magia de Colombia, esa que los mismos colombianos a veces no percibimos por tenerla día tras día frente a nuestros ojos, radica en una fuerza misteriosa que hace que en nuestro país, por encima de las dificultades, la vida y la esperanza sigan creciendo.

A pesar de la obstinación de los violentos, seguimos aferrados a nuestro deseo de progresar y de insertarnos competitivamente al mundo globalizado. Nos llueve dinamita, pero no es suficiente para espantar los públicos que abarrotan los festivales de poesía de Medellín o de teatro de Bogotá y Manizales. Vuelan puentes, pero seguimos construyendo carreteras de progreso, y seguimos exportando, y seguimos colmando los centros comerciales y los parques con alegría y ánimo, con una decisión “macondiana” de no dejarnos vencer por unos pocos obstinados en la violencia.

Esta “fuerza maravillosa” también se manifiesta en la economía, que hoy es una prueba más de que Colombia crece y seguirá creciendo, por encima de todas las dificultades.

Hace cuatro años los retos económicos parecían inmanejables. Teníamos un desempleo que se había duplicado en un cuatrienio, pasando del 7.6% a cerca del 16% entre 1994 y 1998. Teníamos índices de inflación del 17.8% en 1997 y del 16.7% en 1998. Teníamos unas tasas de interés que superaban el 50% efectivo anual y que hacían inviable cualquier negocio e impagable cualquier deuda. Teníamos un sistema de vivienda que estaba a punto del colapso. Teníamos un peso artificialmente revaluado que hacía más atractivo importar bienes extranjeros que comprar productos nacionales. Teníamos un sector financiero al borde de una crisis sistémica. Teníamos un sector agrario en franco retroceso. Teníamos una credibilidad financiera internacional resquebrajada y débil. Teníamos una actividad exploratoria petrolera en declive.

Hoy por hoy, gracias a la aplicación de una política económica responsable, que le apostó a las reformas estructurales aún a costa de la popularidad, nuestro país ha vuelto a tener una economía estable, ejemplo de cumplimiento y seriedad en el continente americano.

En los últimos años hemos bajado las tasas de interés a niveles razonables, estimulando la inversión y el crédito. Logramos la meta largamente buscada de tener una inflación de un solo dígito, la cual ya está por debajo del 6% anual. Liberamos la tasa de cambio y se ha mantenido estable aún en medio de las cambiantes circunstancias nacionales e internacionales.

También fortalecimos el sector financiero, evitando una crisis sistémica, gracias a lo cual hoy contamos con una banca pública y privada sana y produciendo importantes utilidades.

Redujimos el déficit fiscal; superamos un año de recesión en 1999 con dos años seguidos de crecimiento, hemos dinamizado la actividad petrolera como nunca antes, y volvimos a hacer crecer el campo colombiano, incluso por encima del resto de la economía.

Además, aún en medio de las dificultades fiscales, hemos podido realizar ambiciosos programas sociales, como la entrega de subsidios de vivienda de interés social a más de 370 mil familias o la titulación de más de 5 millones de hectáreas de tierra, en desarrollo de la reforma agraria, a cerca de 80 mil familias campesinas, indígenas y de comunidades negras. A través del Plan Colombia, destinamos mil millones de dólares a crear empleo, a construir obras comunitarias, a construir miles de kilómetros de carreteras en zonas de conflicto.

Reconozco nuevamente el papel del sector privado en todo este proceso económico y social que ha vivido intensamente nuestro país, a través de su vinculación a diversos programas sociales, así como a estrategias de largo plazo como la Política de Competitividad y Productividad, que impulsamos desde el Ministerio de Comercio Exterior, o la Agenda de Conectividad, que desarrollamos a través del Ministerio de Comunicaciones.

Bien lo ha dicho el Presidente electo, Álvaro Uribe: nuestra empresa privada ha estado históricamente comprometida con el país, obrando muchas veces con un criterio más nacional que gremial. Recojo sus palabras: “En Colombia tenemos más territorio y nación que empresa privada”. Es cierto: en la medida en que tengamos más empresa privada, con compromiso social y patriótico, tendremos mayores baluartes para defender la democracia y generar mejores condiciones de vida para los colombianos.

Los empresarios han tenido mucha y buena voluntad para proponer soluciones, como lo hicieron a través de la Fundación Ideas para la Paz, y para respaldar a la Fuerza Pública, como lo ha hecho el Consejo Gremial, pero permítanme decirles algo con todo realismo: Los esfuerzos realizados son destacables, pero todavía no son suficientes, y no lo son porque vivimos circunstancias excepcionales que requieren compromisos igualmente excepcionales.

Cuando el país está siendo atacado, como ocurre ahora; cuando un grupo terrorista amenaza a todos los alcaldes del país, cuando los violentos insisten en secuestrar, atacar poblaciones y masacrar gente indefensa, todos los colombianos, desde el Gobierno hasta la sociedad civil, pasando por el sector privado, tenemos que estar dispuestos a entregarlo todo, a sacrificarnos, a poner por encima los intereses nacionales a los particulares, para salvar nuestra nación.

Cuando un país está siendo atacado por fuerzas violentas y terroristas tenemos que estar dispuestos a sufrir “sangre, dolor y lágrimas”, como lo dijo Churchill a su pueblo. Pero todo sacrificio vale la pena si al final del túnel se encuentra el premio anhelado de la paz y la tranquilidad para seguir progresando.

Ya lo dije antes: En Colombia no se vive una guerra civil, sino una guerra contra la sociedad civil. Y ahí está la clave de la respuesta a la pregunta que se ha hecho este foro sobre el papel del sector privado. Porque si la sociedad civil es vulnerada, somos todos los miembros de la sociedad quienes tenemos que unirnos para defender la democracia y el progreso que tanto nos ha costado alcanzar.

Ahora nos toca a todos ponernos de pie para defender a nuestros alcaldes. Ahora nos toca a todos ser más valientes que las amenazas de los terroristas. Ahora nos corresponde enfrentarlos con coraje, como nación. Y ustedes empresarios tienen muchas formas de hacerlo: Primero, invirtiendo, como una muestra de fe en el futuro; segundo, creando empleo, para aumentar el bienestar social de la población, y tercero, ayudando a generar un clima de expectativas positivas que nos permita reactivar la demanda interna y que demuestre que más de 40 millones de colombianos no nos vamos a dejar paralizar por la acción de unos pocos.

Hoy puedo asegurarles que nuestra unión aún en medio de la realidad que estamos enfrentando, nuestra decisión y lucha por alcanzar la paz, el hecho de que cerremos filas y pasemos de ser observadores a protagonistas de nuestra situación, dará origen al desconcierto y a la división en el seno de los terroristas.

Sólo unidos, todos los colombianos, Gobierno y Sector Privado, con el apoyo generoso y el entendimiento cabal por parte de la comunidad internacional, podremos hacer de Colombia lo que debe ser: una nación feliz que no sólo ama la vida, sino que la respeta.

Apreciados amigos:

Brevemente, ¿qué retos nos quedan hacia el futuro?

Definitivamente, alcanzar la paz. Yo sigo creyendo que la paz, una paz cierta y duradera, sólo llegará por el camino del diálogo, el cual tarde o temprano tendrá que encontrar la vía para consolidarse. Mientras nos sigan atacando con terrorismo, la sociedad tendrá que defenderse con todas sus armas, con todo su valor, pero no se puede olvidar jamás que el fin de toda lucha es alcanzar la convivencia. El esfuerzo realizado por mi Gobierno nos dejó muchas experiencias valiosas y un país unido en torno al tema de la paz, activos que hay que atesorar en los días que vienen.

Desde el punto de vista económico entregamos una economía que podemos resumir en una sola palabra: estable. Esto es un verdadero logro, si tenemos en cuenta el difícil entorno internacional y nuestro conflicto interno. Sobre esa estabilidad, sobre esas variables macroeconómicas controladas y esas tendencias favorables, corresponde ahora continuar, responsablemente, la tarea de hacer que la economía crezca más y produzca más y mejores empleos, una tarea en la que tiene mucho que ver el sector privado.

En el campo social, dejamos operando y financiado el Plan Colombia, llevando obras y esperanza a los rincones más alejados del país. No tengo duda de que invertir en el capital social será también invertir en la paz. Su continuidad es una garantía de futuro.

Quedan también unas Fuerzas Armadas fortalecidas y con todo el respaldo de la nación, las cuales deben seguir siendo el baluarte de la legitimidad en Colombia y deben seguir incrementando su presencia efectiva por todo el país.

Finalmente, queda una gestión internacional destacada, que hoy ha recibido elogios que agradezco de muchos de los panelistas, la cual debe mantenerse con decisión, más ahora que vivimos en un mundo globalizado y totalmente interdependiente. El principio de responsabilidad compartida que promovimos puede y debe seguir siendo el norte de nuestra diplomacia.

Con estos elementos; con responsabilidad, seriedad y continuidad en el manejo de todos estos temas, y con el compromiso más firme aún del sector privado, no tengo ninguna duda, ¡ninguna duda!, sobre el mejor porvenir del país.

Queridos amigos, empresarios, invitados especiales:

Ésta es nuestra Colombia real y paradójica, la Colombia que se aferra a la vida como a un espejismo irrepetible, que florece en medio de terreno pantanoso, que justifica todo el respaldo y toda la admiración del mundo entero.

Ya lo dije al comienzo de estas palabras: No la podemos explicar. Apenas la podemos entender. Pero sí podemos sentirla y hacer de ella un compromiso del corazón, un compromiso que nos cale en el alma ¡y que cambie para siempre nuestra vida!

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Cartagena, Colombia
29 de junio de 2002