Estimados amigos:

El reto ante el cual estamos enfrentados hoy los colombianos, como nación y como parte de la comunidad mundial, es, quizás, el mayor desafío de nuestra historia. Pero tengan la seguridad, apreciados amigos, de que no estamos entregados a un destino fatal. Por el contrario, somos optimistas, porque sabemos de nuestras propias capacidades, de nuestra determinación y de la gran riqueza de nuestra tierra. Y porque sabemos también que contamos con el apoyo certero de muchos otros países en el mundo, que han entendido y valorado nuestra lucha como pueblo.

Colombia atraviesa su más difícil prueba y su futuro está en la cuerda floja por causa de la violencia y el narcotráfico. Unos pocos guerrilleros y grupos de justicia privada, que no cuentan con respaldo popular y cuyos miembros no alcanzan ni siquiera a las 40.000 personas (o sea, el uno por mil de la población colombiana) continúan levantados en armas, en el marco de un conflicto armado que ya lleva casi 40 años. Pero, lo que es más grave, estos grupos subversivos se financian en muy buena parte con dineros provenientes de los narcotraficantes, que son otra plaga que ha incidido negativamente en la realidad colombiana.

Estos dos fenómenos: violencia y narcotráfico, que se alimentan y degradan entre sí, como un círculo vicioso, son hoy los grandes generadores de pobreza, de desempleo y de inseguridad para una gran parte de la población colombiana, que sólo quiere trabajar y progresar en paz y por medios lícitos.

Debemos entender que el narcotráfico y sus obscenas utilidades han cambiando la naturaleza del conflicto en Colombia. Mi opinión, compartida por la mayoría de los colombianos, es que ya seríamos una nación en paz si no fuera por la violencia y corrupción que ha fomentado el negocio de las drogas ilícitas.

Mi gobierno ha entendido la necesidad urgente de escapar de este círculo fatal, con medidas audaces y procesos que involucren la voluntad de toda la nación, y desde hace cerca de dos años ha venido trabajando, de la mano de todos los colombianos y de la comunidad internacional, en solucionar estos graves problemas.

Con este fin, diseñamos una estrategia integral que permita a nuestro país salir adelante y caminar con decisión hacia las promesas y los desafíos del siglo XXI. A esta estrategia la he denominado el Plan Colombia, y es un plan que está encaminado a fortalecer la democracia, mejorar la participación ciudadana, alcanzar la paz, luchar efectivamente contra el narcotráfico, modernizar y ampliar el acceso a la justicia, promover aún más la protección de los derechos humanos y realizar programas sociales que produzcan efectos positivos en la población más necesitada y más golpeada por la violencia y la miseria.

Dentro de las estrategias para recuperar nuestra viabilidad como nación está la de adelantar un amplio proceso de paz con las organizaciones guerrilleras, para alcanzar la conciliación por la vía del diálogo y no por el penoso camino de las armas. Yo mismo he visitado a los líderes guerrilleros en sus campamentos en las montañas y he asumido el liderazgo de un proceso que avanza lento pero seguro.

Hoy por hoy, con las FARC, la guerrilla más grande del país, hemos acordado una zona destinada exclusivamente a los diálogos de paz, hemos convenido en una agenda de los temas a discutir y estamos realizando audiencias públicas para que todos los colombianos tengan oportunidad de dar a conocer sus opiniones sobre los puntos de la agenda que se está debatiendo.

Con la guerrilla del ELN, por su parte, estamos también en conversaciones con miras a iniciar un proceso de diálogos, que conduzca a la realización de una Gran Convención Nacional, donde se alcancen los acuerdos que permitan la finalización del conflicto con este grupo.

La paz requiere paciencia, más de la que muchos están dispuestos a concederle. Pero yo he decidido ser paciente, sin dejar de ser firme, porque los beneficios de la paz bien valen el esfuerzo. Por eso puedo decirles hoy que vamos avanzando en el camino de la paz de Colombia, despacio, superando muchos y muy grandes obstáculos, pero con una voluntad indoblegable.

En cuanto al narcotráfico, la comunidad internacional ha entendido que éste es un problema mundial: un problema de todos que tenemos que solucionar entre todos. Nuestro país ha realizado y continúa realizando grandes esfuerzos para eliminar la producción y el tráfico de estupefacientes de nuestra tierra, pero tenemos que entender que nos enfrentamos contra un enemigo poderoso que tiene tentáculos en muchísimos países y un inmenso poder de corrupción e intimidación.

En Colombia, durante nuestra lucha solitaria, murieron nuestros mejores líderes políticos, nuestros mejores jueces y nuestros mejores periodistas bajo las balas del narcotráfico. Y seguimos en la lucha, no por que nadie nos lo exija, sino por una profunda convicción ética y porque sentimos que tenemos un compromiso para con nuestros hijos y para con las nuevas generaciones de todo el mundo.

Pero, ya lo he dicho, el problema es de todos. Por eso hemos acudido a la comunidad internacional para que, bajo el concepto de la responsabilidad compartida, nos ayude a erradicar este flagelo de la faz de la tierra. Los países productores, los países consumidores, los que producen los precursores químicos para fabricar la droga, los de tránsito y aquellos donde se lavan los dineros provenientes del delito, todos tenemos que unirnos en un frente común. ¡Es por nuestros hijos y por los hijos de nuestros hijos!

Entendiendo esto, Estados Unidos aprobó una importante ayuda económica y en equipo técnico para colaborar en la lucha contra el narcotráfico y en programas de sustitución de cultivos ilícitos y de fortalecimiento institucional. Otras naciones, como España, Noruega y Japón han anunciado también su decisión de aportar a este esfuerzo común, así como contamos con el apoyo de las entidades financieras multilaterales. Y en los próximos días se definirán los programas en los que colaborarán otros países de la Unión Europea y de América.

Pero es importante hacer una precisión fundamental: el Plan Colombia es un plan colombiano que goza de respaldo internacional, y no una imposición desde el exterior. Es más: la mayor parte de su financiación correrá por cuenta de nuestro país, que colocará 4.500 de los 7.500 millones de dólares que implica su realización.

Por otra parte, los medios y analistas le han dado demasiado énfasis al componente militar del Plan, cuando éste no llega siquiera a la cuarta parte del mismo. Quizás esto ocurre porque el 68% de la ayuda norteamericana, que es la que más se conoce y se difunde, está destinada a actividades militares o de policía contra el narcotráfico. Pero tenemos que ser claros: El paquete de asistencia de los Estados Unidos apenas si financia el 17% de la totalidad del Plan Colombia y no lo podemos confundir o equiparar con él. ¡El Plan Colombia es mucho más que helicópteros!

En efecto, más del 75% del Plan Colombia se refiere a aspectos sociales y políticos. Se trata de ofrecer desarrollo alternativo al agricultor de subsistencia, de la modernización y reforma de la rama judicial, de la protección del medio ambiente y del amparo a los derechos humanos.

Para darles un ejemplo concreto, dentro del Plan Colombia tenemos prevista una Red de Apoyo Social por un valor de 900 millones de dólares, recursos que se destinarán a tres programas fundamentales:

En primer lugar, para construir proyectos de infraestructura, carreteras, escuelas, hospitales, acueductos, que requieran las comunidades más pobres del país, utilizando la mano de obra surgida de ellas mismas, de forma que al tiempo se genere empleo no calificado. Este programa se llama “Manos a la Obra”.

El segundo Programa de la Red de Apoyo Social será la entrega de subsidios directos a las familias de menores recursos, especialmente a aquellas donde las madres sean cabeza de hogar, bajo la única condición de que estén velando porque sus hijos reciban la atención de salud y la educación que les proporciona el Estado. Será un estímulo para los buenos padres, y una apuesta por el futuro de nuestros niños.

Y el tercer programa de este componente del Plan Colombia será uno destinado a la capacitación de los jóvenes desempleados. Vamos a entrenar, con el subsidio del gobierno, a los desocupados entre los 18 y los 25 años que pertenezcan a los estratos más bajos, para que puedan acceder al mercado laboral.

Otra estrategia eminentemente social del Plan Colombia es la de Democratización y Desarrollo Social, al que destinaremos un valor superior a los 2.000 millones de dólares.

Está estrategia está conformada por dos componentes principales: por un lado, el Desarrollo Alternativo y, por otro, los derechos humanos y la atención humanitaria.

En cuanto a la estrategia de Desarrollo Alternativo es muy importante aclarar que no se trata, como se ha tendido a pensar, de una simple sustitución de cultivos ilícitos.  Por el contrario, lo que se busca es promover un desarrollo regional integral que genere verdaderas alternativas de ingreso en el mediano y largo plazo.

Para esto, se dará apoyo a proyectos productivos participativos, rentables y sostenibles en las regiones. Este desarrollo productivo será complementado por inversiones en infraestructura física y social dirigidas a garantizar la competitividad y el acceso a los mercados nacional e internacional. Y todo esto estará a su vez acompañado por programas para el fortalecimiento del capital social, la promoción de la sostenibilidad ambiental y el desarrollo institucional de las regiones.

Por su parte, el componente de derechos humanos y atención humanitaria busca reconocer y atender a la población víctima de la violencia y fomentar el desarrollo de su potencial como individuos y comunidad, para  estimularla económica y socialmente.

En este sentido, los programas implican inversiones para auxiliar a la población desplazada, a los niños y a las mujeres víctimas del conflicto, a la población afectada por minas antipersonales –concentrando especial atención en la población infantil- y una campaña de difusión del Derecho Internacional Humanitario.

Como ven, apreciados amigos, es cierto que nuestros esfuerzos son contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo son esfuerzos a favor de la paz, del desarrollo y de las mejores condiciones de vida de los colombianos más pobres.

Además, quiero hacer énfasis en que el Plan Colombia es un plan abierto, que no oculta nada ni guarda ningún secreto o intención clandestina. Sus programas y planteamientos han sido conocidos y publicados desde el año pasado. Es un plan transparente que busca la paz y el desarrollo de Colombia, y, por consiguiente, la mejoría de condiciones de toda la región suramericana.

¿Y qué pueden esperar nuestros vecinos y los demás países de América Latina de la aplicación de este Plan? Lo que pueden esperar es que la mayor presencia del Estado colombiano en todo el territorio bajo su jurisdicción derive también en mayor seguridad y mejor comercio para ellos.

Para entender la importancia regional del Plan basta que miremos el horizonte sin su aplicación: ¿Cuál sería el destino de Colombia si no se hace algo a tiempo y se dejan algunas zonas abandonadas al imperio del narcotráfico? ¿Cuánto no crecería la delincuencia? ¿Cuánto dinero seguiría destinándose para financiar la violencia y promover la muerte?

¡Ahí sí que todos tendrían motivos para temer, ante una verdadera amenaza regional! Pero aumentar la seguridad, la inversión social y la presencia estatal son objetivos que consultan los intereses comunes y que se cumplirán mejor aún si contamos con la cooperación y comprensión de los gobiernos, de los dirigentes y del pueblo de las naciones de América Latina.

En el pasado Colombia apoyó los esfuerzos de Bolivia y el Perú para luchar contra la producción y el tráfico de estupefacientes en sus territorios. Hoy esperamos la misma solidaridad de nuestros vecinos, que, con seguridad, entienden los beneficios de contar al fin con una Colombia en paz, próspera y estable.

Apreciados amigos de la UPLA:

Los representantes de los países que conforman el Grupo de Río –con cuya dinámica se ha comprometido Colombia a fondo durante este año en que ha ejercido su Secretaría Protémpore-, y, más recientemente, los mandatarios suramericanos reunidos en la Cumbre de Brasilia, han expresado su apoyo al proceso de paz en Colombia y a una aproximación regional frente a la lucha contra el narcotráfico.

Claramente, una Colombia estable, una nación en paz, es un interés común para el hemisferio. No hay lugar para ejércitos ilegales en una Latinoamérica democrática e integrada económicamente.

Igualmente importante, tal como se destacó en la Declaración de Brasilia, es nuestro entendimiento de que el narcotráfico y las actividades criminales que se relacionan con el mismo constituyen amenazas serias contra la integridad de las estructuras políticas, económicas y sociales del continente.

Así como la globalización está llevándonos rápidamente hacia una mayor integración y oportunidades económicas, la naturaleza cada vez más global del tráfico de drogas se ha convertido en el más grande obstáculo para el desarrollo, la paz y la prosperidad en nuestro hemisferio.

Obviamente, la mejor solución para Colombia y los países Andinos sería un mundo libre del consumo de drogas. Entonces no necesitaríamos el respaldo de los Estados Unidos y de Europa en las dimensiones que lo requerimos hoy, y volveríamos al escenario anterior a la explosión del consumo de drogas en la década de los 80.

Por supuesto que a nosotros nos gustaría y propugnamos por un incremento de los recursos destinados a la prevención de la drogadicción y a la educación en este campo.

Pero tenemos que ser prácticos y enfrentar la realidad de un mundo cada vez más globalizado e interdependiente, donde todos debemos compartir las responsabilidades derivadas de una nefasta actividad, que es mundial y no nacional. Por ello, en lo que a nosotros corresponde, seguiremos luchando contra la producción y tráfico de drogas, con el apoyo de la comunidad internacional, pero haciéndolo, por supuesto, con un criterio social y ambiental.

No vamos a caer en el peligro de que el remedio resulte peor que la enfermedad. Así que todos los planes de erradicación de cultivos estarán acompañados de un proceso de apoyo social y económico a las regiones afectadas para posibilitar su retorno sin traumatismo a la economía legal. Además, en los casos en que sea indispensable la fumigación, ésta se realizará buscando respetar ante todo el entorno ecológico y humano.

Quiero ser claro: Dado el fuerte componente social del Plan Colombia, yo estoy determinado a implementar este aspecto antes que los componentes militares o policiales de nuestras operaciones anti-narcóticos.

Esto es particularmente válido en la región del Putumayo, en la cual se ha presentado recientemente el mayor aumento en cultivos de coca y amapola. Mi gobierno buscará llegar a los agricultores de subsistencia en esta región y ofrecerles opciones reales de desarrollo alternativo.

Aquí tenemos una ventana de oportunidad para demostrar la sinceridad de nuestro plan y para restaurar la confianza en el gobierno colombiano en una región donde nuestra presencia ha sido débil.

Adicionalmente, mi gobierno está comprometido en velar por que los fondos involucrados en el Plan, comenzando, obviamente, por aquellos aportados por la comunidad internacional, sean utilizados adecuadamente y de una forma transparente.

Apreciados amigos:

Todo lo que queremos en Colombia es una mano del mundo para salir de la pesadilla del narcotráfico y la violencia, y dar a nuestra gente oportunidades de vivir al fin una vida digna y sin sobresaltos.

Todo lo que queremos en Colombia, como decía Gabriel García Márquez, es una segunda oportunidad sobre la tierra. Éste es el momento de la verdad y yo sé que, con el apoyo solidario de las naciones del mundo, vamos a lograrlo.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
5 de octubre del 2000