Mi satisfacción personal, tras los resultados electorales, es inmensa. El Partido Conservador -con la inteligencia, el coraje y el liderazgo de Marta Lucía Ramírez y con la franja independiente que la acompañó- ha triunfado en una batalla histórica para proyectarse hacia un nuevo e incontaminado futuro.

Sin embargo, mi preocupación por el futuro inmediato de Colombia es enorme. Ante todo por la paz, en el sentido más extenso de la palabra.

Creo, sin el menor ánimo pendenciero, que la fórmula excluyente y secreta del proceso de La Habana debe replantearse ya mismo puesto que ha desbordado la paciencia y perdido la credibilidad de los colombianos al no cumplir sus plazos y confundirse políticamente con el proceso electoral.

La discordia que ha surgido del choque de dos discursos en contienda ha hundido al país en el escepticismo y la frustración. Por razón de las ambiciones y diferencia políticas propias de la competencia por el poder se ha dejado de lado el diálogo civilizado entre compatriotas para darle prioridad a la confrontación y el sectarismo que nos debilitan como conjunto social en la negociación con la subversión.

Soy y siempre he sido un hombre de paz. Al país le consta que me jugué mi vida personal y política por la paz. Recuperé el honor, el orgullo y el poderío de nuestras debilitadas Fuerzas Armadas y Policía. Y derroté moral y políticamente a la subversión ante nuestros compatriotas y ante el mundo en el que pasaron a engrosar las listas negras del terrorismo.

No pacté con la subversión porque esta no entendió el alcance de la generosidad en la mano tendida a ella por el mandato por la paz de los colombianos. Pero dejé unas Fuerzas Armadas y Policía preparadas “para la paz o para la guerra”, tal como le anuncié a Manuel Marulanda el día que lo conocí. Puedo decir con orgullo, por lo tanto, que he contribuido a la paz de Colombia. Mi vida entera, comprometida con su búsqueda, está ligada íntimamente a ella.

La paz es una y única. No hay paz propia de gobierno, partido, grupo o persona. Porque el requisito fundamental, sine qua non, de la paz es el consenso amplio y generoso de la sociedad. A los colombianos, al margen de la contienda partidista, nos confunden el lenguaje mezquino y los señalamientos agresivos de quienes aspiran a conducir a la nación por el sendero de la concordia. Son ellos, precisamente, quienes deberían ser los primeros en desarmar la violencia verbal y los espíritus, dando ejemplo de convivencia cuando se contrastan las opciones de los medios y la persecución de los fines en medio del fragor de la controversia.

Una nación dividida ante la paz es una nación débil ante sus enemigos. Una paz que se define apresuradamente en una confrontación virulenta como preludio de las urnas, no es paz. Los pactos sectarios no conducen a la paz sino a una prolongación de la polarización política y social que históricamente nos ha mantenido en la guerra fratricida. Ni a la paz nos llevan soluciones tajantes e inconsultas en contravía del diálogo con la sociedad.

En estos días, especialmente tras la primera vuelta, he puesto especial atención a los dos discursos que primaron. Mi primera y grata sorpresa es ver un principio de convergencia en el tire y afloje electoral. Veo, sin ánimo sectario, coincidencias sutiles que más valen ser percibidas y las cuales me abstengo de mencionar para evitar divisivas suspicacias y distorsiones. El contraste ha afinado los dos discursos.

Mi condición de expresidente -es mi convicción íntima- conlleva principios, posiciones, batallas, encuentros y una historia reconocidas y ampliamente debatidas que, si bien son experiencia, pueden llegar a ser una carga o un motivo de conflicto de segunda mano para quienes se aproximan a la paz con menos prevenciones y renovadas esperanzas.

Por ello considero que le sirvo mejor a la paz, a mi país y a mi partido al darle paso a las nuevas generaciones, sin que el equipaje de mi vida interfiera el avance arrollador de un discurso renovado, fresco y optimista, siempre con ánimo de servicio y a la disposición de quienes aún consideren oportuno consultarme. La presencia de un expresidente en esta recta final sirve mejor a la patria desde las graderías.

En estos momentos decisivos, el Partido Conservador –el partido de la paz- no puede estar hoy en mejores manos. Marta Lucía Ramírez es una conductora sabia y serena para estos tiempos turbulentos. Su implacable determinación de renovación y su empeño contra la corrupción le han llegado a la gente aún más allá de quienes la respaldaron con su voto. Ella sabrá navegar, con el buen consejo de Camilo Gómez,  hacia el horizonte en el milenio de las mujeres de la mano de su partido y sus gentes, sin la carga de los conflictos del pasado y con los  vientos de cambio que nos impulsarán hacia el futuro.

Lugar y Fecha

Buenos Aires, Argentina
28 de mayo del 2014