Uno de los objetivos fundamentales de la Iniciativa Global Clinton, en lo que concierne al tema de la religión y el conflicto, es valorar, con base en experiencias concretas, el potencial de la religión y las organizaciones religiosas para ayudar a disminuir la violencia y convertirse en promotoras de paz.

Aunque últimamente hemos sido testigos de actos atroces contra la humanidad cometidos en nombre de determinadas creencias religiosas, no podemos perder de vista que las religiones, en su inmensa mayoría, promueven un mensaje de paz y convivencia con un inmenso poder de convocatoria sobre sus fieles.

Mi país, Colombia, sufre, infortunadamente, un prolongado conflicto armado que ya supera las cuatro décadas de existencia, promovido por grupos guerrilleros y paramilitares que son financiados por el narcotráfico y siembran dolor y muerte en todo el territorio nacional.

Sin embargo, tenemos una singular característica, y es que, dentro de un entorno de libertad de cultos, la inmensa mayoría de la población del país profesa la religión católica.

¿Qué significa esto? Que la Iglesia Católica tiene un enorme poder de convocatoria en el país, no sólo entre la población civil, sino también entre los miembros de los grupos armados ilegales.

Las guerrillas, tanto las FARC como el ELN, han tenido, tradicionalmente, un enorme respeto por la Iglesia Católica, institución a la que le conceden la mayor credibilidad. Gracias a esto, han sido muchas las acciones humanitarias que se han podido adelantar y los contactos que se han podido lograr con la mediación o facilitación de la misma.

De hecho, en todo el desarrollo del proceso de paz con las guerrillas que lideré durante mi gobierno, contamos con la invaluable colaboración de la Iglesia colombiana y del mismo Vaticano, por intermedio del Nuncio Apostólico.

Es más: un destacado prelado católico, que era entonces Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, formó parte del grupo de negociadores con las FARC.

También la Iglesia Católica jugó un discreto pero importante papel en las aproximaciones que alcanzaron a realizarse durante mi gobierno con los grupos de autodefensas, también llamados paramilitares. Hoy por hoy, cuando el gobierno del presidente Uribe adelanta un proceso para la desmovilización de dichos grupos, el obispo de Montería sigue siendo un actor principal en las negociaciones, pues goza de la credibilidad de los jefes de las autodefensas y de la población civil.

En síntesis, doy constancia del destacado papel que pueden jugar una religión y sus representantes para facilitar acuerdos de paz entre grupos armados ilegales y el Estado.

En un país como Colombia, con tan alto grado de cohesión religiosa, la Iglesia Católica ha sido protagonista principal y positivo. No se trata, por supuesto, de que asuma funciones propias del Estado, como lo es garantizar la seguridad y la convivencia, pero la Iglesia sí puede ayudar, y mucho, para producir acercamientos, limar asperezas, proponer fórmulas humanitarias y ambientar acuerdos de paz.

El aporte de la Iglesia se basa en el respeto que tiene por parte de la población, y esto juega mucho en la construcción de confianza que se requiere para acercar posiciones irreconciliables.

Lo dicho de la Iglesia Católica en el caso de Colombia puede, sin duda, extenderse a muchos otros países y regiones, independientemente del credo que profesen sus habitantes.

Si los líderes religiosos convocan a sus fieles en torno al mensaje de amor y tolerancia de Cristo, de Mahoma, de Buda y de tantos iluminados que han dejado un legado de sabiduría a la humanidad, sin duda se avanzará mucho en la lucha contra la violencia y el terrorismo.

La palabra Islam, por ejemplo, deriva de la palabra SALAM que significa “paz”. El saludo habitual es un permanente llamado a la Paz. “AS–SALAMU–ALAIKUM” significa “la paz sea contigo”. Invocaciones similares encontramos en el cristianismo y el mundo hebreo. Vale la pena recordar esto cuando los intérpretes radicales pretenden encontrar en los textos sagrados llamados a la violencia y no a la paz.

Los líderes religiosos pueden cumplir una misión fundamental en estos tiempos: oponer al concepto de la “guerra preventiva” un llamado a la “paz preventiva“. En la primera se expresa el temor; en la segunda una profunda fe en la trascendencia del ser humano y el sentido del vivir.

Es preciso revivir el pensamiento de Gandhi, cuando dijo: “Me opongo a la violencia porque, cuando parece que está produciendo un bien, ese bien es pasajero y temporal mientras que el mal que deja a su paso es permanente”.

Juan Pablo II afirmaba que “con la guerra es la humanidad la que pierde. Sólo en la paz y con la paz se puede garantizar el respeto a la dignidad de las personas y la defensa efectiva de sus derechos”.

Sin embargo, aclaraba que la paz no es fundamentalmente control sino ante todo justicia: “Mientras no se redistribuyan equitativamente los recursos del mundo y se compartan solidariamente, no habrá justicia y, por tanto, no habrá paz y, al no haberla, estará a riesgo la libertad”.

Ya que la guerra nace de la voluntad de los hombres es en esa voluntad donde hay que sembrar las semillas de la paz, y ¡qué mejor forma de hacerlo que a través del mensaje espiritual y profundo de las religiones!

No hay guerras ajenas. En estos tiempos de globalización todos estamos inmersos en una misma guerra. Ese es el significado real del terrorismo. La guerra y su terminación nos atañen a todos. No podemos olvidar que en el ultimo decenio más de 5 millones de muertos han sido civiles y 6 millones de heridos son de esa misma población que nunca tomó las armas para combatir.

Ha llegado el momento de comenzar a construir una cultura de la paz y de que nuestros héroes en el futuro sean los que la han promovido y no más los guerreros. Nuestro reto ahora, más que vencer en la guerra, es mucho más difícil: vencer en la paz, algo que sólo se logra entrando al corazón del hombre, un territorio propicio para que llegue el mensaje de paz y convivencia de las religiones.

Juan Pablo II llamó en 1986 a todos los dirigentes religiosos del mundo a Asís, en Italia, para comenzar un camino de paz. El trabajo entre religiones tiene que seguir produciendo, sobre todo, resultados de paz.

Alguien afirmaba que nos equivocamos la primera vez en el Paraíso y lo perdimos. La segunda vez nos equivocamos cuando no comprendimos el papel que debían ejercer las mujeres en la historia. La tercera vez nos equivocamos al pensar que los jóvenes no son capaces. Hoy estamos a punto de equivocarnos la cuarta vez –y de manera definitiva–, dividiendo el mundo entre Caín y Abel, entre los malos que son los otros y los buenos que somos nosotros. Pero las cosas no son tan sencillas. Una parte de la razón siempre está a ambos lados del campo de batalla. Sólo reconociendo esto podemos comenzar a recuperar el paraíso perdido.

La paz no es sólo hacer gestos pacifistas. La paz requiere de convicciones interiores capaces de modificar nuestra conducta personal. Establecer y estimular estas convicciones es el inmenso desafío que hoy enfrentan las religiones del mundo.

Lugar y Fecha

Nueva York, Estados Unidos
15 de septiembre de 2005