Andrés Pastrana Arango

Puestos a pensar sobre el futuro de Colombia, no debemos dejarnos distraer por los argumentos cosméticos, ni por los tecnicismos de los profesionales. La tarea de pensar a Colombia debe partir de lo que somos y de lo que queremos ser. Somos una comunidad que aún no resuelve problemas elementales de convivencia y de sustento. No hemos aprendido a cooperar, aún teniendo como ejemplo sociedades que hace escasos cuarenta años envidiaban nuestro nivel de vida y la solidez de nuestras instituciones y que, a base de cooperación, nos van dejando rezagados en la ruta de la prosperidad. En esto no estamos solos, pues compartimos con el resto de América Latina un destino aún inacabado y con enormes desafíos sociales y políticos.

Es crucial reconocer nuestras carencias básicas como comunidad y también nuestras posibilidades frente a un mundo muy veloz que no da espera y no nos va a aguardar. Si buscamos crear riqueza y no dejar a ningún colombiano atrás, no hay tiempo que perder. Siempre he tenido la convicción de que el fundamento de una sociedad viable y próspera es la capacidad de vivir con el de al lado sin acudir al recurso insensato de la violencia para obtener de él lo que deseo. Colombia aún no alcanza este estadio elemental de entendimiento y ese es el reto que debe seguir estimulándonos.

Los campeones de una sociedad son quienes toman riesgos. A saber, los padres de familia que arriesgan al educar a sus hijos, al comprar una casa o al iniciar un pequeño negocio familiar; así como los emprendedores que crean sociedades, ingenian productos, buscan mercados y nos satisfacen día a día para suplir nuestras necesidades. Estos emprendedores, que podemos ser todos y cada uno de nosotros, los cuarenta y cinco millones de compatriotas, debemos poder gozar de una segunda oportunidad sobre la tierra, como lo pedía nuestro Nóbel en la última frase de Cien Años de Soledad. ¿Cuál es esa soledad que nos agobia? La soledad de estar todos contra nosotros mismos, de no poder asociarnos o confiar en el más próximo. La soledad de la desconfianza, de unos con otros y todos con el futuro. La pregunta crucial, entonces, es cómo recuperar la fe en nosotros mismos y en los demás.

Nuestros economistas responden a ese desafío afirmando que es con mayor producción por habitante; nuestros sociólogos afirman que debemos aprender a convivir; los politólogos enfatizan que con representación amplia y exenta de corrupción; y nuestros abogados exigen una sociedad justa en derecho y acceso al bienestar. Creo que todos tienen razón, pero que, en un gesto muy colombiano, nuestros mejores profesionales que tienen las cosas tan claras, no se hablan y no han aprendido unos de otros. Esos elementos se tienen que dar juntos y al tiempo, o no se dan en absoluto.

Tenemos un gran material que es la laboriosidad y recursividad de los colombianos, su creencia en que trabajando se sale adelante. No podemos defraudar esa esperanza. Pero para hacerlo tenemos que ir más allá de la simple macroeconomía y las reformas políticas y constitucionales. Hay algo más profundo, en el tejido mismo de nuestra sociedad, que aún no está funcionando. Nuestro desafío fundamental debe ser dotar a nuestro trabajador del capital y el entrenamiento que le permitan adquirir clase mundial.

Estoy convencido de que sólo una mayor inversión en educación y en tecnología, que alcance a todos los estratos sociales con igual calidad, generará un salto cualitativo hacia un desarrollo con justicia social. Los países del sudeste asiático son un ejemplo concreto de cómo con educación e inversión en ciencia y tecnología puede realmente contribuirse a cerrar la brecha social.

Hoy, frente al horizonte del TLC con los Estados Unidos, nuestro país se prepara para entrar a un panorama de comercio ampliado, con mayor libertad, del cual esperamos buenos resultados para nuestro desarrollo y crecimiento. Pero el libre comercio, por sí solo, no trae ningún beneficio. Los beneficios los obtendremos de la forma en que nos preparemos para aumentar nuestra competitividad, y la fórmula es: inversión en educación -acompañada de nutrición y salud, como complementos fundamentales- e inversión en ciencia y tecnología.

Hemos avanzado en este camino, y estamos obligados a persistir en él. Hemos pasado en la última década de unos 5 millones de niños que tenían acceso a la educación básica a cerca de 10 millones. En total, hemos superado el 90% de cobertura total en el país de educación básica y secundaria, y miramos como posible un horizonte del 100% de nuestros niños estudiando en el término de pocos años. Cuando me encuentro con empresarios que invierten en nuestro país siempre destacan la calidad del trabajo de los colombianos como un elemento positivo en sus decisiones de inversión. Éste es un capital –el capital humano– que es el único que puede hacer la diferencia en el futuro de Colombia.

La globalización de los mercados es un hecho que no da marcha atrás. No es cuestión de elegirla o no, pues ella ya nos eligió. Lo importante es que ahora, que la competencia es global, sepamos enfrentarla con inteligencia, invirtiendo en nuestro principal capital, que es la gente. Con un acuerdo de largo alcance, como el TLC, que proporcione seguridad jurídica a los inversionistas, es seguro que nuestro país recibirá mucha más inversión extranjera. Hagamos que esa inversión se vea reflejada en educación y entrenamiento para los trabajadores colombianos, de forma que sepan producir y competir con conocimiento y tecnología.

Un país que no se integra económicamente al mundo, se aísla, y sus trabajadores dejan de tener acceso a la siempre cambiante tecnología. La gente habla mucho del milagro económico que está produciendo la inversión extranjera en la China. En lo que a mí respecta, siempre que he visitado este gigante asiático lo que más me ha impresionado es la ganancia que dicha inversión y dicha integración al comercio global ha significado para los trabajadores chinos. Esa misma ganancia es la que podemos esperar y debemos estimular en nuestra propia fuerza laboral, para que la educación y la tecnología sean las generadoras de un futuro próspero y con equidad.

Tal vez no se vea inmediatamente, pero estoy seguro de que la semilla que comenzamos a sembrar en el umbral del siglo XXI, apostándole a la educación y a la integración con el comercio global, nos llevará en pocas décadas a un escenario donde la pobreza ya no sea la protagonista.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
6 de febrero del 2006