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  • PROCESO DE PAZ REQUIERE MAYOR PRUDENCIA INFORMATIVA

    Ascenso y reconocimiento como Comandante de la Fuerza Aérea Colombiana y graduación del curso No. 71 de Oficiales

    Han decidido libremente ustedes, señores subtenientes, dedicar sus vidas a una de las profesiones más nobles que puede ejercer un ciudadano en un país libre y democrático, cual es la de proteger y defender las instituciones y la soberanía de la Patria que los vio nacer y a la que están indisolublemente ligados en virtud del juramento que han prestado.

    Es el honor la posesión más valiosa del soldado, y la obligación más grande que ustedes adquieren hoy, al recibir de las insignias y el uniforme de los oficiales de la Fuerza Aérea.

    Cuando termine esta solemne ceremonia y la Escuela Marco Fidel Suárez haya cumplido con el rito de entregar a la Patria una nueva promoción de oficiales, ustedes tendrán en sus manos, por mandato de la Constitución, el privilegio de usar las armas de la República y de ejercer la autoridad que el grado les otorga.

    Pero ese singular privilegio implica, como se les enseñaba a los antiguos caballeros, el deber de “no sacar la espada nunca sin razón y no envainarla nunca sin honor”. La fuerza que la democracia pone hoy bajo la responsabilidad de ustedes, no es una patente de corzo para oprimir con ella a los ciudadanos que esperan de sus soldados protección, seguridad y apoyo ni para violar impunemente los mandatos de la ley que les corresponde cumplir y hacer cumplir.

    Esa fuerza, por el contrario, debe ser usada para que quienes vivimos en esta tierra amada, podamos seguir respirando por siempre el aire puro de la libertad, para que jamás la tiranía fructifique en este suelo, para que la democracia penetre cada vez con mayor fuerza en el alma de los colombianos y el pueblo pueda seguir siendo el juez inapelable de las contiendas políticas.

    La misión del soldado, por sus características especiales, se asemeja en gran medida a la del sacerdote, porque así como éste debe dedicar su vida a Dios y al servicio constante de sus semejantes, la vida del militar es sacrificio, es abnegación, es pensar y actuar siempre en función de la Patria y de sus más altos y sagrados intereses, sacrificando en el altar de la República hasta la existencia misma, si la defensa de las instituciones lo reclama.

    Como dijera en circunstancias históricas de singular trascendencia para la Nación el señor ex presidente Alberto Lleras Camargo, “los ejércitos vienen a ser él más alto, puro, noble servicio nacional. No se entra a ellos por la paga ni por ningún estímulo pequeño, sino porque se va a servir, de la manera más peligrosa, y porque se va a vivir en función de la gloria, con una constante perspectiva de muerte. ¿Para qué? Para que los demás vivan en paz, siembren, produzcan, duerman tranquilos, y sus hijos y los hijos de sus hijos sientan que la Patria es un sitio amable y bien guardado. Es el oficio más abnegado, porque no espera compensaciones inmediatas ni reconocimiento ininterrumpido. La mayor parte del tiempo la Fuerza Armada no hace sino estar, existir, precaver, con su sola presencia, que no ocurra nada malo ni invasiones ni asaltos ni guerras. Pero si algo ocurre, y hasta ahora siempre ha ocurrido, el soldado tiene que ir a poner el pecho para defender a los que están detrás de él. Semejante tarea sólo tiene paralelo, menos en el peligro, con las vidas maceradas de los monjes y de los santos. Por eso se rodea de ciertos privilegios, honras, fueros que no tienen los demás ciudadanos comunes. Por eso, y porque además esos atributos son absolutamente indispensables”.

    Ascienden ustedes en un momento particularmente difícil para la Fuerza Aérea. Individuos siniestros, que no supieron estar a la altura del juramento que un día le hicieron a su Patria y a su institución, han traicionado la confianza de los colombianos, han traicionado a sus compañeros de armas, han manchado la bandera que prometieron defender, y han puesto en entredicho a la Nación y el prestigio de esta fuerza.

    El Gobierno, y todos los colombianos, esperamos que la espada de la justicia los alcance y sea implacable con ellos, como esperamos, porque es una cuestión de honor para todos los integrantes de la Fuerza Aérea, que el poder judicial encuentre en los oficiales, suboficiales y soldados la máxima  colaboración para aclarar plenamente este penoso episodio.

    No podemos aceptar, sin embargo, que la traición de unos pocos sirva de pretexto para enlodar a una institución que le ha servido y le sirve con eficiencia y dignidad a Colombia. Muchos integrantes de la Fuerza Aérea han dado sus vidas en defensa de la democracia, y el ejemplo de esos héroes marca una pauta que ustedes deben seguir.

    En cada rincón de Colombia en donde aterrice un helicóptero o vuele un  avión de nuestra Fuerza Aérea, esa nave representa la presencia del Estado y la protección de nuestros ciudadanos. Sabemos que tan ardua labor se cumple en medio de las dificultades más extremas y en ocasiones en medio de graves peligros. Pero el pueblo colombiano entiende que los integrantes de su Fuerza Aérea saben cumplir su misión con valor temerario y un amor inmenso por su bandera y por su Patria.

    Colombia anhela con fervor la paz. Los habitantes de este país reclaman el derecho a vivir, a soñar, a amar, sin que los violentos los perturben injustamente y sin que la sangre de los inocentes siga empapando cruelmente la bella tierra de nuestros ancestros. La paz es también la obsesión de mi Gobierno. Sin violar el Estado de Derecho que juré defender y preservar y convocando en nuestro empeño a toda la Nación, sin distingas ni discriminaciones de ninguna índole, estamos iniciando un proceso en el que hemos actuado, estamos actuando y seguiremos actuando con la más absoluta buena fe e inspirados solamente en el bien de Colombia.

    Somos conscientes del inmenso reto que implica recorrer el sendero hacia la paz, abrupto y lleno de escollos, pero jamás nos perdonaríamos a nosotros mismos ni nos perdonaría el pueblo ni nos perdonaría la historia, si no hiciéramos los máximos esfuerzos y no nos aplicáramos con desvelo por erradicar de este país la guerra insensata que nos amarga el presente y nos nubla el porvenir.

    Como Presidente de la República, me siento orgulloso del respaldo leal, patriótico y sincero que las Fuerzas Armadas de la Nación le han dado al proceso de paz. Con visión de futuro y con amor de Patria nuestros militares entienden que la paz y el bienestar del pueblo están por encima de cualquier otra consideración, y con disciplina ejemplar están cumpliendo fielmente su deber.

    Nadie tiene derecho a decir que las Fuerzas Armadas han obstaculizado, así fuese en mínima parte, la política de paz de este Gobierno. Y estoy seguro de que, cuando finalmente brille en el firmamento de Colombia la estrella de la reconciliación, el país, agradecido, le hará a sus soldados el más sincero y entusiasta de los homenajes, porque han sabido sostener con valor y gallardía las instituciones y han escuchado con respeto el clamor de paz que se eleva en todos los sectores de nuestra sociedad.

    En el tema de la paz todos somos partícipes. Debemos construirla entre todos, incluyendo claro está a los medios de comunicación. Ellos juegan un papel especialmente importante dentro de este proceso y su labor de información resulta determinante en la edificación de la paz.

    “Se olvida con demasiada facilidad que los medios de información no son ni mucho menos un poder unitario. En general, el criterio que prevalece es  el del propietario, aunque el que está más obligado a beber la noticia en la  fuente es el empleado. Pero en una guerra de la información como ésta, el problema es más difícil: ambos pueden engañarse por separado, ambos pueden ser víctimas de un engaño recíproco, ambos pueden ser engañados, ambos pueden mentir. Al final, queriéndolo o no, el órgano informativo es el que miente, y la opinión pública recibe el impacto directo de la mentira, y sufre sus consecuencias.

    Me parece que nunca será tarde para que la prensa colombiana reflexione hasta qué punto el manejo de la información por los medios tiene una  responsabilidad enorme en el hecho de que el proceso de paz se encuentre hayal borde del abismo. A muchos, propietarios y empleados por igual que nunca fueron partidarios de la paz, tal vez no les interese esta reflexión. Pero aquéllos a quienes sí les interesa, y que sin duda son la inmensa mayoría, así sea una inmensa mayoría incrédula o desilusionada, deberían hacerle al país el favor de preguntarse con la mano en el corazón si no han sido un instrumento fácil de los enemigos agazapados de la paz … “.

    Estas palabras de nuestro premio Nobel Gabriel García Márquez en el prólogo del libro “Las guerras de la paz” del periodista Enrique Santos Calderón. Tomo esta cita no para decir que el proceso de paz se encuentra al borde del abismo. La uso como estímulo para que los medios de comunicación hagan esta profunda reflexión que en su momento les solicitó nuestro Nobel de literatura.

    La paz requiere un compromiso de todos y cada uno de sus actores. Yo como Presidente, reitero que tengo plena claridad en lo que me ha legado la Constitución. Es importante que tengan en cuenta que lo que se debe informar en un proceso de diálogo es ante todo y por encima de todo, los resultados que este diálogo depare. Por eso, como ya lo he dicho, hay que tener discreción, responsabilidad y prudencia. Y claro está mucha paciencia.

    Pero para que la paz perdure, necesitamos una democracia fortalecida que permita cada vez más la participación de los ciudadanos. Necesitamos una democracia pluralista que incorpore a todos los sectores de la sociedad a la construcción de una Colombia más justa y equitativa. Y al mismo tiempo necesitamos una reforma a nuestro sistema electoral que le otorgue garantías a los grupos independientes y a las minorías y evite que la atomización de candidatos degrade la democracia. Necesitamos que la política se vuelva seria.

    Durante todo el trámite legislativo de la reforma política, el Gobierno ha estado interesado en que estos propósitos se cumplan.

    Es justamente en un espíritu de amplia convocatoria nacional en el que hemos querido adelantar la reforma política que hoy se tramita ante el Congreso. Estamos seguros que el compromiso con ella prevalecerá entre todas las partes y que todos los suscriptores del acuerdo político y de su extensión, lograrán su buen suceso.

    Señor General Velazco:

    El reconocimiento que le hace hoy Colombia se constituye en un hecho justo que tiene una doble virtud. Por un lado se constituye en un reconocimiento a su profesionalismo, a sus condiciones humanas y a su capacidad para responder a todo reto que se le imponga. Por otro lado, es un llamado a que conduzca a la Fuerza a su cargo hacia los aires del progreso y el desarrollo, para que siga siendo orgullo de todos nosotros.

    Señores subtenientes:

    Colombia espera mucho de ustedes, que representan lo más valioso de su juventud impetuosa, idealista y soñadora. Los felicito, en nombre del pueblo  colombiano, y les deseo que sepan siempre recorrer el camino de honor y dignidad que les corresponde a los soldados de Colombia.


    Lugar y fecha

    Cali, Colombia
    3 de diciembre de 1998

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