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  • REPRESENTANTE DE LOS MÁS ALTOS VALORES INTELECTUALES Y MORALES DEL PUEBLO PAISA

    LANZAMIENTO DEL LIBRO “EL DON DE LOS AFECTOS” Y LA IMPOSICIÓN A “EL COLOMBIANO” DE LA ORDEN DE BOYACÁ EN SUS 90 AÑOS DE EXISTENCIA

    El próximo domingo Julio Carlos Hernández Fernández cumpliría 100 años de edad. Pero él no vendrá al agasajo. Desde hace más de 18 años se fue de esta tierra con el paso sereno y satisfecho de quien ha cumplido su misión en la vida. “Yo quiero irme para donde tengo muchos de mis amigos”, había dicho don Julio días antes de morir, y así lo hizo con su infaltable puntualidad y su férrea decisión.

    He dicho que él no está con nosotros, pero, pensándolo bien, sí está, de una forma maravillosa e integral. Desde algún lugar del cielo de los buenos, don Julio hoy nos debe estar acompañando, mirando complacido los rostros de sus familiares y amigos, y, sobre todo, feliz al comprobar que “El Colombiano”, la niña de sus ojos, el periódico que él contribuyó a hacer grande, el diario “de todos y para todos”, ha llegado también a un aniversario significativo en todo el esplendor de su trabajo periodístico: ¡90 años!

    Han sido nueve décadas de buen servicio a Antioquia y a Colombia. Nueve décadas de presenciar y ser testigo fiel de los acontecimientos del siglo XX y los albores del tercer milenio, desde el hundimiento del Titanic hasta el derrumbe de las Torres Gemelas. Nueve décadas para constituirse en el mejor ejemplo de la prensa regional en nuestro país. Nueve décadas que, por cierto, no se le notan en absoluto, porque “El Colombiano” está cada día más joven, más moderno, más al día con las últimas novedades y tecnologías de la impresión y la informática.

    ¡Qué orgulloso debe estar don Julio! Y con él, todos aquellos que, con tesón de paisas y vocación de patria, aportaron su vida y su trabajo para el engrandecimiento de esta importante empresa periodística.

    La historia todos la conocemos y ha sido aquí resaltada de varias formas. Un 6 de febrero de 1912 el joven Francisco de Paula Pérez puso a circular 400 ejemplares de una publicación bisemanal a la que denominó “El Colombiano” y así comenzó, sin saberlo, una nueva era en el periodismo colombiano y una institución tan paisa como la arepa, los fríjoles con garra o el carriel terciado.

    Pero las buenas iniciativas necesitan de grandes promotores, de hombres de acción, para que se conviertan en realidades exitosas y perdurables. Y esos hombres llegaron a “El Colombiano” en 1930, cuando Julio C. Hernández y Fernando Gómez Martínez, dos jóvenes emprendedores y llenos de coraje e ideas, se endeudaron para participar en el periódico y asumieron la gerencia y la dirección del mismo, respectivamente.

    No fue una participación cualquiera. Ya para 1937 los dos empresarios eran los dueños absolutos del periódico y habían relanzado su imagen y contenido, convirtiendo a “El Colombiano” en un ejemplo de buen periodismo que, sin ocultar su origen y vocación católica y conservadora, evita cualquier grado de fanatismo y privilegia siempre la información imparcial, en beneficio de sus lectores.

    Pronto se unió a ellos, a esa dupla sin igual, el tercer mosquetero: Juan Zuleta Ferrer, y entre los tres llevaron a “El Colombiano” a la posición de privilegio que hoy mantiene en el panorama de Antioquia, de Colombia y de toda la prensa latinoamericana, una posición que ha sido preservada por la labor más reciente de personas como mi buen amigo Jorge Hernández Restrepo, de Juan Gómez Martínez y de Ana Mercedes Gómez, su actual directora, entre muchos otros que han forjado y conservado esta obra excepcional del periodismo paisa y nacional.

    Así pues: hoy celebramos el nonagésimo aniversario de “El Colombiano” y, por una feliz coincidencia del destino, el centésimo aniversario del nacimiento de uno de sus mayores y mejores impulsores: Don Julio C. Hernández.

    Y no lo hacemos de cualquier forma. Para regocijo de la historia, la biografía de don Julio ha quedado plasmado en un hermoso y completo libro que reúne su vida, su obra, sus anécdotas y muchos otros elementos que van delineando, con la paciencia de un escultor, la personalidad y el legado de este hombre excepcional.

    Se trata de “El Don de los Afectos”, un libro bellamente construido por la periodista Margaritainés Restrepo Santa María, varias veces galardonada con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, cuya lectura es un verdadero deleite, ya que nos deja descubrir, párrafo tras párrafo, el carácter emprendedor y bondadoso de don Julio y, en su figura, esa Medellín, esa Antioquia, que tanto admiramos, que tanto amamos.

    Es la Antioquia de la pujanza, el trabajo y la honestidad. Es la Antioquia de las tradiciones, la familia y la religión. Es la Antioquia donde vale la palabra, donde nadie le teme al esfuerzo, donde la creatividad brota a borbotones y las flores y las sonrisas adornan el paisaje.

    Como dijo el poeta: “Hubo una Antioquia en que la Cruz de Cristo llenaba el corazón de los humildes. Una tierra en que el pan era sin llanto, y el calor del hogar sin cicatrices. Una raza de hombres que tenían el alma buena y la conciencia simple”.

    Hubo una Antioquia… Esa es la Antioquia que ejemplificaba Julio C. Hernández. Pero no nos podemos quedar en la añoranza… ¡Hoy hay una Antioquia! Hay una Antioquia viva y dinámica dispuesta a jugársela por la paz, por el progreso y por la justicia social. Hay una Antioquia de hombres y mujeres que miran los ejemplos de sus abuelos y que quieren volver a los principios morales y espirituales que edificaron su destino.

    ¡Esa es la Antioquia que hoy celebramos! ¡Esa es la Antioquia que rinde homenaje y sigue los pasos de hombres como Francisco de Paula Pérez, Julio C. Hernández, Fernando Gómez Martínez y Juan Zuleta Ferrer! ¡Esa es la Antioquia que se ve reflejada cada día en las páginas de “El Colombiano”!

    Apreciados amigos:

    Hoy es un día de celebración en el periodismo nacional que compartimos todos con el pueblo paisa, pero no podemos dejar de notar el luto que ensombrece nuestros corazones por los aleves atentados que cometen los criminales y grupos alzados en armas contra la libertad de prensa y la vida e integridad de nuestros colegas periodistas.

    Los asesinatos, el mes pasado, de Orlando Sierra, subdirector del diario “La Patria” de Manizales, y de Marco Antonio Ayala, reportero gráfico de “El Caleño”, han dejado un sabor amargo en el país y en este gremio que sólo busca llevar la información más objetiva y oportuna a la sociedad a la que sirve.

    En 1970 Julio C. Hernández hablaba en una carta al Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa sobre los peligros para la libertad de prensa en América Latina, entonces amenazada por “la instauración de gobiernos dictatoriales o de fuerza en varios de los distintos países”.

    “Es necesario dejar establecido, de manera clara y categórica” -decía don Julio- “que los gobiernos carecen de todo derecho para intervenir en la libre circulación de la prensa, cuyo objetivo principal es informar y orientar la opinión pública en los países realmente democráticos”.

    Hoy la situación es paradójica y ciertamente llamaría la atención de don Julio. Mientras el Gobierno respeta de manera integral y transparente la libertad de prensa como un justo y adecuado contrapeso al poder público, como una de las más avanzadas formas de control en toda democracia, es la delincuencia, un pequeño grupo de intolerantes y criminales, la que hoy amenaza a la prensa y los periodistas.

    Ante ellos, ante los violentos que no soportan la confrontación de las ideas, ante los cobardes que acallan con una bala lo que no son capaces de defender con las palabras, tenemos que responder de manera colectiva, con el coraje y la fuerza de los justos, y con el peso implacable de la ley.

    Donde cae un periodista se levantarán cien para ampliar sus denuncias y señalamientos. Donde muere un justo, no ganan los asesinos: pierde la vida. Los colombianos honestos podemos y podremos derrotar entre todos la infamia de los sembradores de muerte.

    No olvidemos jamás que somos, como describe bellamente Jorge Robledo Ortiz: “Un pueblo campesino de patriarcas con poder en la voz, no en los fusiles”.

    Amigos de “El Colombiano”:

    90 años es una edad venerable, sin duda. Debe ser -y en este caso lo es- sinónimo de experiencia, de sabiduría, de serenidad, de todas aquellas virtudes que, por fortuna, vienen con los años.

    Es una ocasión afortunada que me haya correspondido a mí, que siempre he sido un amigo cercano de esta casa editorial y de sus integrantes, acompañarlos, en mi calidad de Presidente de la República, en esta celebración, y manifestarles, en nombre del pueblo colombiano, de ese mismo que da título y honra a su periódico, nuestra admiración, nuestra felicitación y nuestra gratitud por haber sido y seguir siendo un medio informativo con vocación de construcción y con fervor de patria.

    “El Colombiano” representa los más altos valores intelectuales y morales de un pueblo valiente y trabajador como ninguno: el pueblo paisa. Por eso: por su integridad, por su calidad, por su constancia, por su servicio a la ciudadanía, por su continua defensa de la democracia, he decidido otorgarle, en nombre de toda la nación, la Orden de Boyacá en el grado de Cruz de Plata.

    Esta condecoración, instituida en honor al Libertador Simón Bolívar, sólo la reciben unos pocos: aquellos que, con su trabajo y coraje, con su espíritu cívico y su liderazgo, han puesto el nombre del país en alto y han ayudado a construir, con sus palabras y obras, una Colombia más próspera, igualitaria y democrática.

    No tengo ninguna duda de que “El Colombiano” se la merece. Después de noventa años de existencia, es más que justo reconocerle, con la más grande condecoración de la Patria, su gran contribución al país y a Antioquia.

    Permítanme aquí hacer un especial reconocimiento a todos aquellos que hoy continúan forjando su destino y que trabajan para que dentro de 10 años, cuando nos volvamos a reunir para celebrar un siglo de realizaciones, “El Colombiano” siga siendo el excelente producto que hoy es: A su Directora, Ana Mercedes Gómez, una mujer de temple y corazón que ha orientado la última década de este periódico; a su Gerente, Luis Miguel de Bedout Hernández, quien lleva a este diario por la senda de la modernidad y la tecnología, y, muy especialmente, a mi gran amigo, a ese paisa de mente lúcida y alma grande, que es Jorge Hernández Restrepo.

    Jorge, quien fue, durante un cuarto de siglo, primero administrador y después Gerente de “El Colombiano”, y quien aún hoy sigue siendo el alma y nervio de esta bella quijotada que nació en 1912, ha sido sin duda el gran artífice de la nueva era de este periódico que hoy es símbolo de Antioquia. Su visión, su inteligencia, su dinamismo, su capacidad de trabajo, los puso al servicio de esta empresa y hoy puede ver, satisfecho, los buenos resultados.

    Y más contento aún debe estar, desde su palco celestial, don Julio C. Hernández, su tío, a quien Jorge siempre llamó su “segundo padre”, quien decidió formarlo como su sucesor y le enseñó los secretos del oficio periodístico. Hoy vemos que don Julio, -como siempre-, no se equivocó.

    Apreciados amigos:

    “La vida es demasiado corta para empequeñecerla” decía don Julio. Y en esa vida “corta”, que para él duró 81 años, ¡cuántas cosas hizo y cuánto ejemplo sembró! No sólo fue el gran promotor y administrador de este periódico sino que fue co-fundador, con su cuñado Mariano Ospina Pérez, del diario “La República”, el cual gerenció por varios años; fue inspirador y fundador de la Asociación Nacional de Diarios -Andiarios-, y participó también en la fundación de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

    Gran hombre de familia, amoroso esposo de su Gabriela y padre de Álvaro; amigo generoso como pocos; gran hombre de empresa; democrático y justo con sus empleados, Julio C. Hernández gozó también de la amistad y la admiración de mi padre, Misael Pastrana Borrero, quien siempre me lo propuso como un ejemplo de integridad moral y dignidad humana.

    Hoy, por eso, me siento muy feliz al poder rendir a su memoria, con ocasión de la presentación de este hermoso libro, el homenaje que merece y que le debemos todos los colombianos. No importa que corramos el riesgo, como lo anota Jorge Hernández en el prólogo del libro, de que se presente su espectro, como en una escena de Hamlet, y nos diga a todos, con esa franqueza inconfundible: “¡Déjense de pendejadas y vamos a trabajar!”.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Antioquia, Colombia
    7 de febrero del 2002

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