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  • REUNIÓN CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA, JOHANNES RAU

    No es posible pisar el suelo alemán sin sentir a la vez una especie de reverencia y de emoción ante la historia y la civilización que éste simboliza. Estar acá, con ustedes, los continuadores de la saga de Sigfrido y los Nibelungos es, de alguna manera, compartir la tradición y la amistad de un pueblo que ha realizado uno de los más grandes legados a la cultura occidental.

    Cuando pienso en Alemania, escucho en mi corazón la música genial de Bach, de Beethoven, de Brahms, de Schumann, de Mendelssohn, de Wagner. Cuando pienso en Alemania, vienen a mi mente las obras inmortales de Goethe, de Schiller y de Rilke; el teatro de Bretch, y las novelas apasionantes de Hermann Hesse, de Thomas Mann, de Heinrich Böll y de Günter Grass.

    Estar en Alemania, apreciados amigos, es admirar la fuerza de su pensamiento, representada en Kant, en Hegel, en Marx, en Nietzsche, en Schopenhauer, en Einstein, en Heidegger, o, más recientemente, en agudos pensadores, como Enzensberger. Estar en Alemania es contemplar el arte de Durero o las expresiones más actuales de Max Ernst o Max Beckmann. Es disfrutar el paisaje único de la Selva Negra, el curso suave del Rhin, la majestuosidad de sus ciudades, la imponencia de sus catedrales, el talento y la laboriosidad de su gente.

    Señor Presidente Rau y señora Christina Rau:

    Hoy ustedes nos honran con su hospitalidad y nosotros, venidos de la bella y lejana Colombia, con el calor del trópico en nuestra sangre, queremos decirles, en nombre de 40 millones de personas que pueblan nuestro extenso territorio de montañas, llanuras, selvas y playas, que valoramos y apreciamos la amistad del pueblo germano como un tesoro incalculable.

    Nos separa un océano, pero nos acercan miles de vínculos culturales, familiares y económicos. Desde cuando Nicolás de Federmann se encontró con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar en la planicie que hoy ocupa Bogotá, hace más de 460 años, la presencia alemana ha sido una afortunada constante en nuestro país.

    Luego vendría el sabio Humboldt, quien recorrió Colombia durante nueve meses del año 1801, estudiando y analizando nuestros recursos naturales y nuestra cultura con la minuciosidad y el respeto por la diversidad que sólo podía tener el más grande naturalista de la historia.

    Y después tantos otros: geólogos, historiadores, artistas, arqueólogos, comerciantes, científicos y pioneros de la industria. Baste citar como ejemplos más característicos, la labor de Juan Bautista Elbers en la organización del primer servicio de navegación por el río Magdalena; la participación de socios alemanes en la creación de la Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo –Scadta-, que fue la primera aerolínea de América y la segunda del mundo, o la fundación por Leo Kopp de la principal empresa cervecera del país.

    Después de lo dicho, ¿quién podría dudar de los nexos de amistad y cooperación que nos vinculan?

    Alemania ha sido siempre un país interesado en la suerte y el devenir de las naciones de América Latina y, muy particularmente, de Colombia. Por eso es hoy uno de nuestros principales socios en materia de cooperación para programas sociales, ambientales y educativos.

    Hace unos meses afirmé, en un artículo publicado en un importante diario de Alemania, que Colombia no puede sola frente a los grandes retos que enfrenta en este momento crítico de su historia. Entonces dije, utilizando una frase de nuestro escritor Gabriel García Márquez, que todo lo que queremos los colombianos es una segunda oportunidad sobre la tierra, y que, con el apoyo de Alemania, de Europa y de la comunidad mundial, estaba seguro de conseguirla.

    ¡Qué bueno constatar hoy el interés y la disposición de Alemania y de sus socios europeos por contribuir a consolidar un clima de paz, de desarrollo social y de progreso en nuestro país, cuya suerte es determinante en el ámbito de toda América Latina!

    Alemania ha servido de sede a trascendentales conversaciones entre la sociedad civil y la guerrilla del ELN; participó en la Audiencia Internacional sobre Medio Ambiente y Cultivos Ilícitos que se llevó a cabo en junio de este año en San Vicente del Caguán, en desarrollo del proceso de discusión de la agenda temática entre el gobierno y la guerrilla de las FARC; y ha intervenido activamente como miembro del Grupo de Apoyo al Proceso de Paz y el Desarrollo Social de Colombia, tanto en la primera reunión celebrada en julio en Madrid, como en la segunda, que se llevó a cabo el mes pasado en Bogotá.

    En todos estos eventos ha sido patente el interés de Alemania –a nivel individual y como miembro de la Unión Europea- en aportar soluciones a los difíciles momentos que vive mi país, dentro de una órbita de respeto a los derechos humanos y el medio ambiente, y con énfasis en los programas sociales.

    La situación de Colombia es compleja; no se puede resumir en unas pocas líneas y no es mi intención hacerlo en este momento, pero en algo sí quiero ser claro: Nuestro país ha afrontado durante mucho tiempo, solo y con sus escasos medios, la lucha contra el problema mundial de las drogas, sufriendo la pérdida de muchas vidas honestas y de inmensos recursos que tendrían que ser destinados a la inversión social.

    Y seguimos en la lucha, no porque nadie nos lo exija, sino porque tenemos una profunda convicción ética y porque sentimos que tenemos un compromiso con nuestros hijos y con las nuevas generaciones de todo el mundo.

    El nefasto negocio de las drogas se ha convertido, además, en la principal fuente de financiamiento de los grupos armados al margen de la ley, que siembran violencia, miseria y desempleo por todo el territorio del país. Nuestro pueblo es la principal víctima de este círculo vicioso.

    Pero ya lo he dicho: el problema es de todos. Por eso hemos acudido a la comunidad internacional para que, bajo el concepto de la responsabilidad compartida, nos ayude a erradicar este flagelo de la faz de la tierra. Y hemos convocado a un frente común para que todos los países: los productores, los consumidores, los que producen los precursores químicos para fabricar la droga, los de tránsito y aquellos donde se lavan los dineros provenientes del delito, obremos conjuntamente para conjurar una situación que nos afecta a todos, de una u otra manera, y que afecta el futuro de nuestros jóvenes.

    En tal sentido, celebro la buena disposición del Gobierno Alemán para contribuir en la Estrategia de Fortalecimiento Institucional y Desarrollo Social que ha diseñado mi gobierno para sacar a Colombia adelante, incluyendo un aumento de la presencia institucional del Estado en las zonas más apartadas del país; la sustitución de los cultivos ilícitos por cultivos legales, procurando minimizar los efectos ambientales y apoyar el desarrollo social de los campesinos afectados; el apoyo a la población que ha sido desplazada por la violencia; la protección y garantía de los derechos humanos; la realización de proyectos comunitarios y sociales que brinden mejores condiciones de vida y generen empleo, y, por supuesto, el logro de una paz cierta y duradera, a través de procesos de diálogo con los grupos subversivos.

    Son muchas metas, que implican el desarrollo simultáneo de un gran número de programas, y estamos seguros de que contaremos con el respaldo siempre eficaz del pueblo alemán, porque éste entiende, más que ninguno, la necesidad y la conveniencia del apoyo internacional para salir con éxito de las crisis que históricamente sacuden a las naciones.

    Alemania, nuestro principal socio comercial del continente europeo, será también nuestro aliado solidario en la construcción de un futuro justo y pacífico para nuestros niños.

    Señor Presidente Rau:

    Me honro en visitar la querida tierra de Alemania, así como mi padre, el expresidente Misael Pastrana, tuvo el privilegio de recibir, hace casi 30 años, la primera visita de un Jefe de Estado alemán a Colombia, el recordado Presidente Gustav Heinemann.

    Eran otros tiempos y otras prioridades, pero lo que no ha cambiado, por fortuna, es el ánimo de cooperación y amistad entre nuestras naciones. Hoy Alemania, unificada desde hace 10 años, se consolida como un Estado abierto al mundo, y Colombia, en medio de las dificultades, se yergue como un país símbolo de democracia, de respeto al derecho internacional y de coraje para buscar la paz por sobre todas las cosas.

    Quisiera terminar estas palabras recordando un hermoso texto de Hermann Hesse, que nos habla de la dignidad y la altura de la condición humana:

    “Cada uno de los hombres no es tan sólo el mismo; es también el punto único, particularísimo, importante siempre y singular, en el que se cruzan los fenómenos del mundo sólo una vez de aquel modo y nunca más. Así, la historia de cada hombre es esencial, eterna y divina, y cada hombre, mientras vive en alguna parte y cumple la voluntad de la Naturaleza, es algo maravilloso y digno de toda atención”.

    Ningún hombre es tan sólo él mismo, y ninguna nación es tan sólo ella misma. Hoy, en este recinto en que se juntan las leyendas y la historia de dos pueblos hermanados por su fe en la vida, siento vibrar conmigo el alma de Alemania.

    Es como si de pronto de reunieran, en la más alta cumbre de nuestras creaciones, los universos mágicos de Grass y de García Márquez. Es como si se encontraran en un mismo lugar el pequeño Oscar, inmortalizado en sus tres años de edad, golpeando su tambor y dibujando cristales con su voz, con Remedios La Bella, subiendo al cielo en medio de un temblor de sábanas blancas, dejando atrás a Macondo, con sus mariposas amarillas, sus aguaceros interminables y su enfermedad del olvido.

    Con este sentimiento de unidad, de magia y de arte flotando en el cordial encanto de esta noche, levanto mi copa de gratitud y de amistad, por ustedes, Señor Presidente Rau y señora Christina Rau; por los amables asistentes a esta cena y por el feliz porvenir de la querida nación alemana.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Berlín, Alemania
    27 de noviembre del 2000

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