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  • RINDO TRIBUTO AL PUEBLO DE MIS ANCESTROS Y DE MI NOMBRE

    VISITA A LA CIUDAD DE PASTRANA

    Siempre volvemos a los orígenes. Como aves migratorias o salmones que remontan los arroyos contra la corriente, también los seres humanos buscamos el origen que nos dé explicación de lo que somos, de lo que sentimos e incluso de los rasgos que nos identifican frente al espejo.

    Siempre volvemos a los orígenes. Como una tarea primordial que tenemos que cumplir alguna vez en la vida. Como un rito perpetuado por siglos. Como una celebración de nuestra historia y un anticipo de nuestro porvenir.

    Por eso hoy me siento emocionado, como cuando se recorren, pasado el tiempo, los antiguos corredores de un colegio donde vivimos los años infantiles. Como cuando se reencuentran los amores pasados o las más viejas amistades. Sólo que éste, más que un reencuentro de mi memoria, es un reencuentro de mi sangre. Éste es un volver a una tierra que, seguramente, vivieron y quisieron mis ancestros hace ya varios siglos, y que hoy, de nuevo, me brinda su afectuosa bienvenida.

    ¡Gracias, Ciudad de Pastrana! Ahora que la vuelvo a recorrer con mi mirada, la siento más mía que nunca. Ahora comparto su orgullo por su pasado glorioso, en los tiempos de los príncipes de Eboli y primeros duques de Pastrana, Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y de la Cerda, cuyo palacio ducal aún se destaca. Ahora -en esta tercera visita- siento mías la imponente Colegiata, con sus tesoros de arte religioso y sus tapices inolvidables; la Plaza de la Hora; la Plaza de los Cuatro Caños y las calles empinadas y caprichosas que vuelven un laberinto por el tiempo el manso placer de caminar.

    Con razón que Camilo José Cela dijo en su célebre “Viaje a la Alcarria”: “En Pastrana la primera sensación que tuvo fue la de encontrarse en una ciudad medieval, en una gran ciudad medieval”.

    Mi padre, el ex-Presidente Misael Pastrana Borrero, siempre me habló de esta ciudad y de nuestra estirpe que se remontaba, entre troncos y ramas de complejos árboles genealógicos, hasta este rincón de la Alcarria en Castilla-La Mancha. Y, al igual que él, como en las viejas tradiciones orales, yo le hablo de Pastrana a mis hijos.

    Por supuesto, siempre que me contaba de esta villa, en mi mente surgían como por encanto las figuras recortadas en el crepúsculo del Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero, y también, por qué no, esa otra epopeya real que significaron las fundaciones de Santa Teresa de Jesús, cuya labor incansable dejó su huella de piedad en esta tierra.

    ¡Qué emocionado me siento hoy al contemplar con mis ojos este paisaje que aprendieron mis genes antes que yo! ¡Qué feliz me siento al encontrarme con los hijos de Pastrana, de alguna manera mis paisanos, con su franca bienvenida y hospitalidad!

    Si busco en mis orígenes, encuentro que el primer Pastrana que llegó al Huila, la región de Colombia en la que se forjó mi familia, fue don Juan de Pastrana Mármol, quien al parecer fue familiar de don Sebastián de Pastrana, que llegó al Nuevo Reino de Granada en 1637, descendiente a su vez de Diego de Pastrana Alquiza. Pero ¿qué importa ya la genealogía cuando el corazón se ha hecho amigo de esta ciudad y esta provincia?

    Hoy vengo desde Colombia, por primera vez en mi calidad de Presidente de una nación que guarda el mayor afecto por España y sus tradiciones, a rendir un tributo al pueblo de mis ancestros y de mi nombre.

    Mi país de flores y café; de artistas talentosos que, como Álvaro Mutis, nuestro flamante Premio Cervantes de Literatura, transitan como propio el camino del Quijote; de gente trabajadora y alegre como pocas, hoy deja, por mi intermedio, una ofrenda de afecto en la ciudad de Pastrana y en el recuerdo de sus habitantes.

    Cuando mi abuelo o mi padre o yo mismo hemos trabajado en la política, el bello arte del servicio público, a nuestros seguidores los han llamado “pastranistas”. Pues bien: hoy -después de este grato reencuentro con Pastrana- he recogido un nuevo adjetivo que me llevo como un patrimonio personal y como un tesoro inapreciable: ¡me llevo mi gentilicio honorífico de “pastranero”, que es lo que soy y que seré siempre, por el mandato irrevocable de la sangre!

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Pastrana, España
    15 de mayo del 2002

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