¡Bienvenidos al vigesimoséptimo Modelo de las Naciones Unidas y al debate a favor del desarrollo de una Humanidad Soberana!

Como ex presidente de Colombia, como ex embajador de mi país ante los Estados Unidos, y –por qué no decirlo– como orgulloso padre de una de las delegadas a esta conferencia, me siento especialmente honrado de participar en la jornada de instalación de este modelo que ayuda a nuestros jóvenes a comprender e interesarse por la problemática mundial.

Celebro ver en este auditorio a delegados que representan a las naciones del planeta, que hablarán desde la historia y las perspectivas de cada una de ellas, y que aprenderán en este ejercicio las virtudes de la tolerancia y el diálogo.

Ustedes son jóvenes y, como tales, están llamados a cambiar el mundo, a moldearlo con sus ideas y expectativas, a forjarlo a imagen y semejanza de sus sueños.

Se ha dicho que los jóvenes son el futuro del mundo, pero ésta es apenas una verdad a medias. Porque también son el presente, un desafiante y dinámico presente, y tienen en sus manos, mucho más que promesas, la posibilidad de hacerlas realidad.

Hoy –cuando ocupan con propiedad su lugar en este modelo de asamblea mundial– los invito a asumir las riendas de su destino y de la sociedad en que viven. Los invito a ser jóvenes que construyen, que piensan, que lideran, que marcan la diferencia no sólo en sus colegios y en sus familias, sino también en el país y en el planeta.

La juventud no puede ser un pretexto para esperar. Todo lo contrario: ¡es el momento preciso para actuar!

La historia de la humanidad está llena de ejemplos:

El más grande general de todos los tiempos, Alejandro Magno, tenía 20 años cuando lanzó, como comandante de los ejércitos griegos, la campaña contra los persas que lo llevaría a conquistar casi todo el mundo conocido.

Juana de Arco, santa y heroína, cuando sólo tenía 17 años unió a los franceses en torno a su rey y los alentó a combatir contra la dominación extranjera.

Simón Bolívar, el libertador de cinco naciones, comenzó su recorrido épico a los 23 años, cuando juró frente a su maestro, en la cima del Monte Sacro de Roma, que libertaría a su patria.

Dos grandes próceres de la independencia de Colombia, Francisco de Paula Santander y José María Córdova, se unieron a la causa de la libertad a los 18 y los 15 años de edad, respectivamente. Ambos lucharon con coraje en la Batalla del Puente de Boyacá, en la que Córdova alcanzó el grado de teniente coronel, cuando sólo tenía 20 años.

¡Qué decir de tantos artistas –literatos, músicos, pintores – que triunfaron en sus carreras siendo apenas niños o adolescentes!

Rimbaud, el gran poeta francés del siglo XIX, escribió sus mejores obras entre los 16 y los 20 años de edad. Neruda, el más importante poeta de América Latina, escribió sus “20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada” antes de cumplir los 20 años. Benjamín Franklin publicó a sus 18 años su primer ensayo político.

Son sólo unos ejemplos, entre millares, para decirles, queridos amigos, que me siento honrado de estar entre jóvenes, porque estoy ante la fuerza que mueve la humanidad.

Y permítanme contarles una experiencia personal:

En 1973, cuando yo tenía 18 años, un grupo de amigos y compañeros, junto con niñas del Colegio Santa Francisca Romana, lanzamos una convocatoria que marcó un hito en las campañas sociales en Colombia: realizar una caminata destinada a recoger fondos para la construcción de un Pabellón para Niños Quemados en el Hospital Lorencita Villegas de Santos.

La acogida fue abrumadora. Bajo el lema de “camina por los que no pueden caminar” más de medio millón de personas caminaron unidas por una misma causa, en medio del asombro y el apoyo de todo el país. Ese fue un momento crucial en mi vida porque me ayudó a comprender que cuando se convoca a la gente en torno a los más nobles valores humanos, la gente sí responde, y lo hace con entusiasmo.

Al año siguiente repetimos la experiencia en diversas ciudades del país para apoyar obras en cada una de ellas, con el mismo éxito, y se reafirmó en mí la convicción de que la unión de miles y miles de personas caminando hacia un mismo objetivo de convivencia puede más que la violencia e intolerancia de unos pocos.

¡Esa fue una enseñanza y una experiencia de juventud que nunca olvidaré, como no olvidarán ustedes lo que aprendan en este Modelo de las Naciones Unidas que desde hace años convoca el colegio Nueva Granada con la participación de varias instituciones educativas del país!

Ustedes, los jóvenes del mundo, son una generación que nació en el segundo milenio y proyecta su vida en el tercer milenio de la era cristiana. En este sentido, son testigos y también protagonistas de una nueva encrucijada de la humanidad.

¿Es el mundo de este tercer milenio distinto del que vivieron sus padres o sus abuelos? ¿Son las perspectivas mejores o peores? ¿Han cambiado los desafíos?

Infortunadamente, todavía tenemos que hablar de guerra, de miedo, de dolor, de miseria y de hambre, porque estos problemas siguen vigentes, con toda su descarnada realidad, en el mundo de hoy. Tan vigentes como lo estaban hace mil o dos mil años.

Hoy vivimos en un mundo globalizado, con inmensos adelantos tecnológicos, y en una sociedad llena de información y de posibilidades materiales. Sin embargo, estos avances no hacen más que incrementar la paradoja de los tiempos. Porque en los días actuales, cuando el hombre ya ha pisado la Luna, ascendido las altas cimas y explorado el fondo del mar; cuando la Internet nos da acceso a una fuente casi infinita de recursos, seguimos siendo extraños entre nosotros, seguimos fomentando divisiones y odios, seguimos sufriendo las consecuencias de la intolerancia.

Ahora la mayoría sabe leer o escribir, pero seguimos viendo niños en el África, en Asia, en América Latina, que mueren de hambre ante la impotencia o la indiferencia del mundo desarrollado. Hay muchos que persiguen todavía a quien piensa diferente, a quien tiene distinta ideología, a quien pertenece a otra etnia u otra cultura, sin haber aprendido la lección que la historia nos enseñó con sangre.

¡Ese es el reto, estimados delegados! ¡Ese es el desafío que se presenta a la juventud en estos primeros años del Tercer Milenio! Tal vez no está en nuestras manos cambiar el panorama mundial, como lo hizo Alejandro Magno en su tiempo, pero sí está en nuestras manos cambiar nuestra propia actitud y comenzar a generar una cadena de transformaciones a nuestro alrededor, para que no pasen otros mil años sin que cambie lo fundamental.

Tenemos que construir una verdadera revolución: ¡la revolución del espíritu!

Ser joven es ser deliberante. Ser joven es cuestionar lo establecido para buscar siempre mejores horizontes. Ser joven hoy es un llamado a trascender lo individual, el simple camino trillado de buscar fortuna y bienestar, para buscar los más altos ideales y la más grande justicia.

Si no se es joven para aportar y para generar cambios, ¿entonces para qué? No están acá para repetir esquemas, sino para mejorar el mundo, partiendo de su entorno. Así lo entendieron los universitarios que se levantaron en la década del sesenta para protestar contra la guerra de Vietnam, contra los atropellos soviéticos en Checoslovaquia y contra la uniformidad del pensamiento.

¡Ustedes también pueden, y deben, ser factores de cambio! Tenemos que partir de esa dura verdad que nos revela la historia: el peor error del ser humano es caer en la violencia y en la intolerancia. Por eso no hemos avanzado como humanidad lo que deberíamos. Por eso, a pesar de los adelantos científicos, en muchos sentidos seguimos viviendo en la Edad Media.

¡Tolerancia! Ese es el camino y ese debería ser el emblema de la nueva juventud del planeta. ¡Tolerancia en todos los sentidos y en todos los campos! Apertura hacia el diferente para construir desde la diversidad y no destruir desde la exclusión.

Yo les pregunto, señores delegados: Cuando vamos al estadio, ¿somos tolerantes con los miembros del equipo contrario? En los colegios y universidades, ¿somos tolerantes con el que piensa, viste o actúa diferente a nosotros? Frente a los extranjeros, ¿somos tolerantes? Frente a quienes tienen distintas ideas, inclinaciones sexuales, religiones o raza, ¿somos tolerantes?

Llegó el momento de preguntarnos esto con verdadera sinceridad, porque si no lo somos estamos condenados a repetir los errores de nuestros mayores y de nuestros antepasados. Si no nos abrimos al otro, si insistimos en atacarlo, estaremos perpetuando las costumbres tribales de los cavernícolas, negando nuestra modernidad, y alimentando las razones para la guerra y la pobreza.

Tenemos que cambiar para progresar, y el cambio comienza por una sola palabra: Tolerancia.

Hagamos nuestra la valiente frase del pensador francés Voltaire: “Puede que no esté de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Esto se aplica a la vida personal y social, y se aplica, en una mayor escala, a la vida diplomática e internacional.

Etnias y religiones se enfrentan en países de África y Asia. Complejos conflictos como el de Palestina e Israel contagian la región del Medio Oriente y se alimentan de su propia violencia. Fundamentalistas islámicos declaran la guerra a Occidente. Exterminan poblaciones enteras en Darfur. Se perpetúan dictaduras infames, que oprimen a los pueblos y censuran las libertades. Hay atentados terroristas cada día en Iraq, en Pakistán, en Colombia. Vientos de populismo recorren nuestro continente latinoamericano.

Detrás de todo esto está la intolerancia; la incapacidad de aceptar al otro, al diferente: la urgencia absurda de imponer ideologías o creencias a sangre y fuego.

El tema de esta Asamblea es la “Humanidad Soberana”, que conjuga el principio fundamental de la soberanía de los Estados con otro principio no menos crucial, que es el de la inviolabilidad de la humanidad.

Los Estados pueden y deben ser soberanos, es decir, libres y autónomos en sus decisiones, pero dicha soberanía debe practicarse sin violar los derechos esenciales de la humanidad, como son el derecho a la vida, a la libertad, a la expresión y al medio ambiente.

Queremos Estados soberanos pero necesitamos también Estados responsables con el legado y la supervivencia de la humanidad.

Muchas veces los Estados deben renunciar a porciones de su soberanía para aceptar límites que van en beneficio de la humanidad en su conjunto.

Les doy dos ejemplos que ocurrieron durante mi periodo como Presidente:

Todos sabemos el peligro que corre nuestro planeta y nuestra especie por cuenta del calentamiento global.

Pues bien, en 1997 los países industrializados se pusieron de acuerdo en Kioto, Japón, sobre la urgencia de reducir la emisión de gases invernadero que ocasionan dicho calentamiento, y se comprometieron a reducir un porcentaje de las emisiones contaminantes.

Este acuerdo se denominó Protocolo de Kioto, y Colombia lo ratificó en el año 2000, bajo mi gobierno, como un compromiso con la humanidad y el medio ambiente.

Tanto Colombia como los demás países que lo han ratificado asumimos unas obligaciones que podrían verse como una limitación de la soberanía, pero lo hicimos porque entendemos que la humanidad está por encima de consideraciones nacionales.

Es lamentable que Estados Unidos, el primer país emisor de gases invernadero del mundo, no haya ratificado todavía este protocolo, pero esperamos, con confianza, que el gobierno del presidente Barack Obama dé este paso fundamental por el bien de todos.

Otro ejemplo: también en el año 2000 tuve la oportunidad de ratificar la Convención de Ottawa contra las minas antipersona, que tanto daño han causado a los soldados y campesinos de Colombia y del mundo.

Por esta convención, los países parte nos obligamos a destruir las minas en nuestro poder, y así lo hizo Colombia, que destruyó todos los campos minados que tenían las Fuerzas Armadas para protección de infraestructura e instalaciones militares.

Tristemente, la guerrilla, que no respeta convenciones internacionales ni derechos humanos, sigue usando esta arma terrible que causa mutilaciones y muerte a tantos compatriotas humildes.

Pero lo que quiero resaltar es que el gobierno de Colombia, como lo hicieron muchos otros países, renunció a esta clase de armas porque entendió que la única soberanía que vale la pena ejercer es la que se cumple desde la democracia y los derechos humanos.

El mundo será un mundo mucho mejor y con más futuro en la medida en que los Estados, sus gobernantes y sus pueblos, entiendan que, por encima de la soberanía nacional, está la soberanía de la humanidad.

Los invito, queridos delegados, a que construyan, desde la fuerza invencible de la juventud, los cimientos de esa Humanidad Soberana que garantizará la coexistencia pacífica entre los pueblos, así como el progreso y evolución del ser humano.

Los que ya tuvimos la oportunidad de gobernar y de incidir en las grandes decisiones del país y el mundo, hicimos nuestra parte, avanzamos lo que pudimos, y ahora les corresponde a ustedes crear el futuro desde el desafiante presente.

No olviden jamás que no hay metas ni sueños imposibles para quien tiene la voluntad y el coraje de alcanzarlos.

Yo sé que ustedes pueden, con tolerancia y respeto hacia los demás, unidos en la diversidad, con pensamiento innovador, lograr la realidad de una Humanidad Soberana.

Muchas gracias


Lugar y fecha

Bogotá, Colombia
17 de febrero del 2009
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