SESIÓN DE TRABAJO DE LA CUMBRE UNIÓN EUROPEA -AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE SOBRE EQUIDAD Y COHESIÓN SOCIAL

Comenzaré por presentar mi definición sobre los alcances que le concedo al tema de la equidad y la cohesión social:

Para mí, una plena equidad social presupone que la población tenga resueltas sus necesidades fundamentales y esté ubicada en un entorno que ofrezca igualdad de oportunidades para el desarrollo de sus propias capacidades.

Del nuevo concepto de cohesión social no existe aún una definición precisa. Sin embargo, en mi opinión, la cohesión social se da allí donde la población participa activamente en la construcción de un entorno que garantice la equidad en los términos anteriormente definidos.

Son dos conceptos que se interrelacionan: Podría afirmarse que no existe plena cohesión social en aquellas sociedades que no han alcanzado condiciones de equidad. Pero también es cierto que no podemos pretender una sociedad igualitaria si su base no se encuentra debidamente cohesionada y participante hacia ese objetivo.

Lo más dramático en este tema de equidad y cohesión social es el oscuro panorama del futuro. De continuar las tendencias actuales en la evolución económica, las distancias que separan a los países pobres de los ricos serán cada vez mayores.

Un sólo ejemplo sirve para ilustrar la magnitud del problema que va apareciendo como inmanejable, de no cambiarse dichas tendencias. El empleo remunerado es un factor esencial para mantener la cohesión social.  La Organización Internacional del Trabajo proyectó en 1985 un aumento de la población mundial económicamente activa de 745 millones en los dos primeros decenios de este siglo. De éstos, 735 millones corresponderán a países menos desarrollados y 10 millones a los más desarrollados.  Es decir que la economía mundial deberá, en aras de la equidad social, generar en ese lapso de tiempo oportunidades de empleo iguales a esa cifra, esto sin tener en cuenta las requeridas para absorber el desempleo ya existente en el 2000.

Uno se pregunta entonces: ¿Será posible superar este reto al ritmo que trae el crecimiento económico en los países menos desarrollados? ¿Podrá modificarse ese ritmo hacia el necesario crecimiento acelerado que estas naciones requieren para enfrentar satisfactoriamente su realidad demográfica, cuando las estadísticas mundiales del comercio y la inversión extranjera directa muestran una concentración tan grande a favor de los países desarrollados?

Según la UNCTAD, el 80% del comercio mundial se da entre los mismos países desarrollados y el 20% restante entre éstos y los países en desarrollo y pobres.

Además, si bien la inversión extranjera directa se ha expandido, su distribución regional no es equilibrada. El 79% de esta inversión se realiza en los propios países desarrollados (Estados Unidos, Europa y Japón), el 19% en los países en desarrollo de Asia, África y América Latina, y el 2% en los de Europa del este y central. Los países pobres continúan siendo los más marginados para atraer la inversión extranjera, absorbiendo tan sólo el 0,3% del total en el año 2000.

En nuestras dos regiones hemos llevado a cabo importantes reformas políticas y económicas en las décadas recientes. No obstante, los resultados en el caso de América Latina y el Caribe no han logrado satisfacer los objetivos trazados.

En 1980, 120 millones de personas, alrededor del 41% de la población de América latina y del Caribe, vivían debajo del índice de pobreza. Al final de 1999, ¡20 años después!, cerca de 220 millones de personas de la región están en esa situación, lo que equivale a un 45% de la población. Ésta es una situación de inmensa gravedad, pues el incremento de la pobreza en nuestra región puede ser base de descontento social que mine el sustento mismo de nuestras democracias. La pregunta es: ¿Por qué hemos perdido estas dos décadas en la lucha contra la pobreza? ¿Qué hace que nuestros pueblos no reciban equitativamente los beneficios del progreso y la modernidad?

Entre otras causas, por los siguientes factores principales:

  • Las crisis externas
  • Las barreras en el comercio internacional, que han dificultado el acceso de nuestros principales productos a los mercados de los países industrializados
  • Las políticas de ajuste estructural que, como lo recuerda el Banco Interamericano de Desarrollo, sacrificaron los avances sociales a los equilibrios macroeconómicos y monetarios
  • La corrupción
  • Y, en el caso particular de algunos países de nuestra región, la permanencia, con sus efectos destructivos, del negocio internacional de las drogas ilícitas, y de la violencia y el terrorismo que éste financia.

Apreciados amigos:

Si no cambian las tendencias actuales, el futuro se presenta sombrío. Sin embargo, soy un convencido de la posibilidad de cambiar positivamente las perspectivas, siempre y cuando nos acordemos en acciones conjuntas, dentro de un orden de prioridades en función de la gravedad y urgencia de las causas.

Bien lo ha dicho James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial: “Los dos mundos han desaparecido. Hay un solo mundo. Y en la comunidad internacional debemos pensar cómo ajustarnos para ser ciudadanos globales (…).” “La pobreza en un lugar es pobreza en todos lados”. “Mientras exista pobreza, los ricos no tendrán paz”.

Ciertamente, la interrelación entre nuestras regiones es demasiado grande como para que una pueda pensar en su progreso olvidándose del atraso de la otra, porque somos un solo mundo con consecuencias globales.

Como estoy convencido de que es posible reversar el preocupante curso de los acontecimientos, me permito plantear las siguientes sugerencias:

  • Hay que financiar el desarrollo social.
  • El crecimiento económico actual no tiene el ritmo necesario para satisfacer las necesidades sociales y brindar oportunidades equitativas en nuestras sociedades. Se requiere un mayor ritmo de inversión, especialmente en los países más pobres, y crecientes niveles de reinversión local de las utilidades. Crearíamos de este modo un círculo virtuoso donde la inversión estimula la cohesión social y ésta a su vez es un poderoso incentivo para atraer mayor inversión extranjera.
  • Es imperativo mejorar el patrón de distribución del ingreso y la riqueza a nivel local e internacional para poder llevar a cabo las indispensables políticas sociales que eliminen las desigualdades. Una nueva fiscalidad internacional podría generar importantes recursos financieros para asignarlos al desarrollo social. Ya en la Cumbre de Río se contempló la posibilidad de instituir un impuesto por el consumo de energía, denominado “ecotasa”; asimismo, el impuesto Tobin, asociado al movimiento especulativo de capitales, podría ser otro valioso instrumento.
  • Debemos esforzarnos por que el significativo potencial del aumento del comercio mundial se transforme en el gran instrumento de la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo. ¿Cómo? Tal como lo señaló recientemente el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Anan: “removiendo los injustos subsidios actualmente otorgados a los productores en los países ricos y abriendo sus mercados a los productos intensivos en mano de obra que provienen de los países pobres.”
  • Es preciso revisar la política de cooperación para el desarrollo. Necesitamos una cooperación menos paternalista, con mayor énfasis en lo productivo, en áreas de impacto como la capacitación, la educación, la generación de empleo, la salud y el conocimiento tecnológico.
  • Por último, debemos recuperar el sentido del desarrollo sustentable al que nos comprometimos desde la Cumbre para la Tierra en Río de Janeiro y recordar que el desarrollo sólo puede realizarse mediante un enfoque de equidad en el seno de la comunidad mundial, que privilegie lo social, acepte lo ecológico como un criterio insustituible, y vuelva a dar a lo económico su papel instrumental.

De esta forma, apreciados colegas y amigos, dejo planteado el tema para su discusión.

Muchas gracias


Lugar y fecha

Madrid, España
17 de mayo del 2002
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