Todos los domingos, miles de colombianos alzan sus miradas al cielo y dejan sus preocupaciones en el que todo lo puede. Las manos ofrecen sus palmas, los rostros sus ceños de preocupación y los ojos dirigen su mirada de confianza hacia la imagen del Divino Niño del 20 de julio.

Se trata de una piedad que traspasa las fronteras de la espiritualidad y que desde la cotidianidad obra bajo la consigna de dar para recibir, en un lugar donde todos se vuelven compañeros del alma para tenderle la mano a quienes por diversas razones viven en circunstancias difíciles. En consecuencia, desde este universo humano del Divino Niño, la bendición es alcanzada con sólo empinarse un poco y la solidaridad es la virtud más multitudinaria de Bogotá.

Por ello, cada historia de devoción que hace referencia al Dios niño y al Padre Juan del Rizzo, recuerda la costumbre que instauró el sacerdote salesiano, siguiendo el ejemplo de San Juan Bosco: oración, alimentación y solidaridad con el otro, en los detalles más simples de la vida.

Bajo estos propósitos, y como una manifestación fundamental de esta iniciativa social, hoy tiene lugar en uno de los sitios de mayor confluencia humana de la ciudad la Mesa Fraterna, una propuesta concreta para la resolución pacífica de nuestros conflictos; evento que hoy reúne a diversos sectores de la población con el fin de  generar un espacio de reflexión y acción comunitaria para hacer de la paz una realidad.

Por ello, aunque me es imposible asistir a este evento, por compromisos propios de mi gestión gubernamental, expreso como devoto del  Divino Niño Jesús del 20 de julio, en nombre mío, en el de Nohra, en el de toda mi familia y en el los creyentes de Colombia, mi adhesión a este espacio de reflexión como uno de los miles de constructores de paz que hacen parte de esta mesa.

Así mismo, aprovecho esta valiosa oportunidad para hacer un llamado a todos los colombianos que tienen la voluntad para hacer de Colombia un país más humano, más sensible y de mayor disponibilidad espiritual, para que actuemos en concordancia con nuestras intenciones y nuestra fe.

Bien sabemos que en este tiempo de conflicto y violencia, la satisfacción de los intereses comunitarios ha dejado de ser considerada como una responsabilidad exclusiva del Estado para convertirse en una tarea compartida entre Estado y sociedad, lo cual contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas con más necesidades y a generar un país con mayores oportunidades y bienestar colectivo.

Gracias a sus acciones comunitarias, podemos tener la certeza de que en esta Navidad la generosidad, la armonía, la felicidad y la ternura de todos los feligreses, serán los mejores regalos que se darán desde la parroquia del Divino Niño Jesús del 20 de Julio a todos los colombianos que necesitan un espacio de paz y de reconciliación.

Tenemos la convicción de que esa imagen distintiva que se ha reproducido en millones de copias impresas, pintadas o estatuarias, por toda Colombia, en campos y ciudades, es la misma imagen de la conciencia cívica de miles de voluntarios y voluntarias que movidos por valores de altruismo, justicia y solidaridad, han ayudado a enfrentar la exclusión social y a consolidar una ciudadanía participativa.

Por eso hoy les extiendo mi más calurosa invitación a que sigamos rompiendo el círculo vicioso del “no se puede”, con respuestas  solidarias que nos permitan ser a la vez vehículo y camino para que cada colombiano pueda encontrar un lugar digno para vivir en este país.

Con su generosidad, tenemos la posibilidad de construir un país más equitativo. Su compromiso, es el compromiso del Gobierno y el de todos los colombianos que anhelan mayor desarrollo social, cultural y medio ambiental, en un mundo que busca ser más justo y pacífico.

De esta manera, esperamos que la protección y la bendición del Divino niño Jesús, les siga acompañando en su misión de ser  pulmón de fe y esperanza para el país y que, así mismo, nos permita a todos los colombianos, por los divinos méritos de su infancia, acceder a una devoción más profunda por la vida, en las actuales condiciones sociales e históricas de una Colombia que se debate entre el caos y la esperanza.

Así mismo, envío mis más profundos sentimientos de reconocimiento a la labor social del Padre Luis Alfredo Cárdenas y de la comunidad salesiana, quienes, bajo el símbolo del amor a Jesús, a su infancia y a su presencia entre nosotros, siguen día a día perseverando en la noble tarea de multiplicar los panes de la solidaridad para todos aquellos que se reconocen y fortalecen en la imagen del Divino niño, para hacer de este país el territorio de la fraternidad.

Muchas gracias


Lugar y fecha

Bogotá, Colombia
15 de diciembre del 2000
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