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  • UNA NOCHE EN LA CANDELARIA

    INAUGURACIÓN DE LA DONACIÓN BOTERO A BOGOTÁ

    Ayer fue “Noche de Brujas”, hoy es “Día de Todos los Santos”, y mañana será “Día de Difuntos”. No resulta extraño, entonces, que en este cruce de caminos tan especial, en esta noche mágica, me tome la licencia, con su amable complicidad, de no hacer una intervención tradicional, sino de contarles una bella historia, una historia fantástica que ocurre, que está ocurriendo, que pudiera ocurrir en las ensoñadoras calles de la Candelaria… Los invito muy cordialmente a que la recreemos juntos.

    UNA NOCHE EN LA CANDELARIA
    (Divertimento Fantástico a propósito de la Donación Botero a Bogotá)

    Es medianoche en la bella Bogotá y, si la catedral tuviera un reloj que funcionara, el reloj de la catedral sonaría con doce profundas y conmovedoras campanadas, anunciando el despertar de los espíritus de antaño.

    En el Palacio de San Carlos una pareja conocida abre los ojos:

    – ¡Simón! –dice ella-. Algo pasa afuera. Oigo ruidos
    – No ha de ser nada, Manuelita –bosteza él, desperezándose.
    – Sí, hay gente que habla.
    – Ya sé –dijo el Libertador-. Debe ser Miguel Antonio Caro que está otra vez recitando “Patria, te adoro en mi silencio mudo, y temo profanar…”
    – No, no es él.
    – Entonces será Pombo, dale que dale con su “Rin Rin Renacuajo”.
    – No, no es Pombo.
    – ¡Ah, ya sé! Debe ser la loca Margarita con su corte de admiradores.
    – No, Simón, no. Son muchas voces, como de extranjeros. Y hay otras como de vascos o gente de Antioquia, no sé… es como si hablaran “francés en español”.
    – ¡Eso sí habrá que verlo! –dijo el Libertador, y se calzó las botas, se colocó las charreteras sobre el camisón, y saltó por la ventana al empedrado de la Calle del Coliseo, una vieja maña que se le había quedado desde la noche septembrina.

    Manuelita también saltó y ambos quedaron estupefactos ante el espectáculo de visitantes que caminaban calle abajo, frente al Teatro Colón y el Hotel de la Ópera.

    Hombres, mujeres y animales, de los más diversos colores y hablando toda clase de lenguas, iban y venían en un coloquio de luz y de alegría, como si apenas descubrieran la vida. Todos, muy formales, se quitaban los gorros, hacían venias o daban pasos de baile o de arlequines ante el caraqueño y la quiteña.

    Estos, sin musitar palabra, -de asombrados que estaban-, pero respondiendo corteses a tanto saludo de los extranjeros, bajaron por la calle que está al frente del templo de San Ignacio, donde algunos forasteros charlaban con los personajes bíblicos de los cuadros de Santiago Páramo, hasta la esquina del Colegio de San Bartolomé, y desde allí divisaron la gran Plaza:

    – ¿Pero quiénes son los que están junto a mi estatua? –preguntó Bolívar.

    Rápidamente se acercaron y encontraron un divertido corrillo de esculturas. Junto al héroe pensativo yacía reclinada una mujer de pequeña cabeza y grandes pechos, de Henry Moore. Allí estaba también la Doble Espada de Sophia Vari, la cómplice afortunada del causante de todo este barullo. Pero la más alta de todas, “La Más Bella”, afirmaba ella, era la esbelta silueta construida por Max Ernst, que nunca se separaba de un Gran Genio de bronce.

    En sesión de chismes se encontraban, un poco aparte de los otros, el Busto Retrospectivo de Mujer, de Dalí, con una huidiza dama de Edgar Degas.

    – ¡Sigamos! –dijo Bolívar, dejando a las esculturas en lo suyo-. Vamos a hablar con Nariño. ¿Será que está en su casa?
    – Claro que está –respondió Manuelita-. A esta hora reza el rosario con la Madre Superiora.
    – ¿La Madre Superiora?
    – Sí, la de Botero. Esa que era la consentida de Belisario…
    – ¡Y de Pastrana!
    – Claro, también de él. ¿Recuerda lo feliz que se puso la monja cuando el Maestro vino a verla hace unos dos años?
    – ¡Y lo contento que se puso Botero, que hasta cayó de rodillas y se santiguó!

    Camino a la Casa de Nariño les llamó la atención un brillo de luces en el cielo, acompañado de un sonido de violín. Miraron hacia arriba y divisaron “El Payaso Volador” de Marc Chagall. Y ambos se echaron a reír.

    Cuando llegaron a la Plaza de Armas, esa que separa la Presidencia del Capitolio, el espectáculo alcanzó dimensiones fantásticas. Cientos de hombres, mujeres, niños, arcángeles, obispos, militares, todos robustos y rotundos, llenos de una infantil vitalidad, alumbrados por su propio color, rodeaban a la Madre Superiora, a la que le decían cariñosamente “Sor Palacio”, y armaban una fiesta y un estruendo de inmensas proporciones.

    – ¡Amigos! ¡Amigos! –exclamó Bolívar, acercándose a ellos, en medio de sus carnes lozanas y rosadas-. ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son?
    – ¡Ave María, bella pareja! –respondió un Arcángel, que llevaba un gran sombrero alón adornado con plumas de colores, capa negra y calzón verde-. Todos venimos de “Botería” y somos obras del genial Fernando Botero.
    – ¿Así que él los creó tal y como son? ¿Tan… voluminosos? – preguntó Bolívar.
    – Sí, mi General –intervino un respetuoso Capitán, dando un paso al frente-. El primer día de la creación Botero dijo: “¡Hágase el volumen!”. Y el volumen se hizo.

    Los personajes rieron y aplaudieron con regocijo.

    – ¿Y quiénes fueron los primeros creados? –insistió el Libertador.
    – ¡Nosotros! – Se adelantaron, desnudos y hermosos, Adán y Eva.
    – Bueno… –corrigió rápidamente Sor Palacio-. Para ser más exactos, fue una mandolina.

    Manuelita y Bolívar no daban crédito a tanto color y tanta vida. Pero pronto surgió el ímpetu político del General.

    – ¿Y dónde están el Presidente y la Primera Dama? ¿Acaso no viven acá, con Nariño?
    – ¡Aquí estamos! -saltaron unas figuras de sacoleva y traje largo, aunque había otro, también con banda presidencial, que dormía plácido sobre una cama.
    – ¡No! ¡No! ¡No ustedes! ¡Me refiero a Andrés y doña Nohra!
    – ¡Ah… ellos! –dijo Sor Palacio-. Están en la Casa Privada, durmiendo como todos los mortales.
    – Bueno, bueno –dijo Bolívar- Ahí los dejamos, amigos. Vamos a seguir viendo qué más encontramos en esta noche de locos.

    Y volviéndose a Manuelita le comentó al oído:

    – Más tarde buscamos a Nariño. Con todo este alboroto, debe estar refugiado con el sabio Caldas en el Observatorio.

    Así que continuaron su camino de nuevo hacia los cerros, voltearon al norte por la Calle del Carmen y llegaron a la Calle de las Culebras, donde no tardaron mucho en toparse con más prodigios. Justo al frente de la iglesia del Camarín del Carmen escucharon vociferar a un hombre de alta alcurnia sobre su caballo. Era el Virrey Solís, un viejo conocido.

    – ¿Pero qué es esto? –clamaba el buen virrey-. ¿Qué pasó con los ladrillos del Camarín?

    Se aproximaron Simón y Manuelita y pronto se dieron cuenta de la razón del disgusto del español. La fachada de la iglesia estaba toda llena de trazos y colores, de rayos de luz y de grises de sombra, con varias firmas estampadas. Se acercaron a ver lo que decían y leyeron nombres como el de Serge Poliakoff, Joan Miró, Jean Dubuffet, Roberto Matta, Willem De Kooning, Joaquín Torres García, Miguel Barceló y Antoni Tàpies, entre otros. También estaba pintado un desafiante Tótem de Wilfredo Lam.

    – No entiendo mucho –le dijo Bolívar al Virrey-. Pero deja el enojo, que estoy seguro de que mañana en la mañana volverán a su lugar tus queridos ladrillos de siempre. A mí, la verdad, todo esto me parece un poco… “abstracto”.

    Y siguieron su marcha sin reparar en la respuesta de Solís, porque una cuadra hacia el este, subiendo por la Calle del Camarín, les llamó la atención un jolgorio de luz y de notas musicales que salía desde una taberna, extrañamente abierta a esas horas de la noche.

    El espectáculo era alucinante. Adentro había un verdadero festín de licor, música y humo, con muchos invitados y bellas bailarinas de can-can, subiendo animadas faldas y piernas. Nuestra pareja se acercó a la mesa más concurrida y encontraron un grupo de hombres, la mayoría de barba, que hablaban animados en francés, una lengua que dominaban también los criollos ilustres.

    Pronto se presentaron. Ellos eran Claude Monet, Auguste Renoir, Camille Corot, Henri Toulouse-Lautrec, Eugene Boudin, Gustave Caillebotte, Alfred Sisley, Edouard Vuillard y Camille Pissarro.

    – ¡Esto es más bello que Montmartre! – exclamó Monet. – ¡Y lo mejor es que estamos juntos de nuevo todos los amigos!
    – ¡Es como una Mañana Brumosa del Louvre! –agregó Pissarro.
    – ¡O como un Paisaje de la Isla de Francia! –dijo Renoir.
    – ¡O como el Puerto de Trouville! –dijo Boudin.
    – ¡O como la Llanura de…! –iba a seguir Caillebotte, pero se interrumpió cuando Corot se levantó y comenzó a bailar flamenco con una Gitana con Pandereta. Entre tanto, Toulouse-Lautrec le sirvió un poco más de absenta a una mujer solitaria y melancólica que bebía en un rincón.

    Manuelita la vio un poco triste y se acercó a hablar con ella.

    – ¿Qué te pasa? –le dijo.
    – Es que hace poco me encontré con una de las últimas obras del maestro Botero. Una que se llama “Masacre de Mejor Esquina”, y no he podido dejar de llorar, porque no puedo creer que tanta violencia pueda interrumpir el curso festivo de la vida.
    – ¡Deja mujer! –le dijo Bolívar, que había escuchado desde la otra mesa- Que hoy es noche de magia y de arte, y algún día los violentos tendrán que comprender que más vale la vida que la muerte. Te lo digo yo, que tuve que ver tanta sangre para lograr la libertad de este querido país.

    En una mesa cercana, tres hombres brindaban en español, y el Libertador preguntó por ellos.

    – ¡Ah! –dijo Sisley-. Ellos son los del Banco de la República, los que han hecho posible nuestro viaje.
    – ¿Y quiénes son? –inquirió Bolívar.
    – El más canoso y equilibrado es Miguel Urrutia, que es el Gerente. El otro es Darío Jaramillo, el Subgerente Cultural y autor de libros tan gratos como “las Memorias de un Hombre Feliz”. Y aquel, que está tan contento que parece el protagonista del libro de Darío, es Jorge Orlando Melo, el director de la Biblioteca Luis Angel Arango. ¡No se imagina cuánto han trabajado para que esto tenga éxito!
    – ¡Bien por ellos! –dijo Bolívar. Y todos levantaron sus copas y brindaron en francés.

    Diciendo esto, dejaron al grupo de bohemios en su taberna. Y debo mencionar que, de este encuentro, Manuelita y Simón quedaron, -cómo decirlo-, bastante… “impresionados”.

    Siguieron su camino hacia el norte, se cruzaron con un colorido Matrimonio, de Rufino Tamayo, y sintieron entonces un ruido en las tejas de las casas de la Candelaria: era un ladrón robusto, de bigotico y de gorro negro, que pertenecía sin duda a “Botería”. Decidieron dejarlo pasar y se entretuvieron mirando por una pequeña claraboya de luz hacia el interior de una antigua casa de fachada rosa. Allí había una joven desnuda, con una pierna recostada en una silla.

    – ¡Mujer, mujer! ¿Tú quién eres?

    Ella volteó a mirar, sin pudor y sin asombro, y les respondió en melódico francés:

    – Soy el Desnudo con Silla de Pierre Bonnard. Estuve siempre en la casa de mi autor hasta cuando murió y luego en la de Botero en Nueva York. No me olvido que acostumbraba leer el periódico frente a mí.
    – ¿Y esa mujer que yace con la falda recogida más arriba del ombligo?
    – Es el Estudio para la Lección de Guitarra, de Balthus. Botero lo compró a la viuda del poeta Paul Eluard.
    – ¿Y esa otra más allá, esa que acuna y amamanta al niño?
    – ¡Ah, ella! Es “La Maternidad” de Max Beckmann.

    Pero no estaban solas estas damas. Sentadas frente a una mesa adornada por un Jarro y un Velador, de Braque, estaban conversando en suave murmullo Vera Sergine Renoir, cuyo cabello estaba adornado por una flor granate; la señora Wittgenstein, de Klimt; una mujer de Sombrero Déco, de Valdés; otra, apenas delineada, de Henri Mattise, y Madame La Fontaine, de Vuillard, que no cesaba de alardear, diciendo que Botero la tuvo colgada frente a su cama. Al fondo, entre los trastes de la cocina, envuelta en el vapor del chocolate caliente, destacaba el color azul del vestido de La Cocinera, de Soutine.

    – ¡Bellas, todas muy bellas! –musitó Bolívar, ante la mirada celosa de Manuelita, no sin antes dar un vistazo a una Mujer en el Baño, de Degas.

    Pero había que seguir y llegaron así hasta la esquina superior de la Luis Angel Arango, en la intersección de La Rosa con La Moneda, donde una plazoleta alberga la figura imponente de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos. Allí, un hombre calvo de mirada penetrante daba brazadas en el aire, como pintando un monstruo invisible, sin hacer caso de nuestro artista colonial.

    – ¡No me pregunte quién soy! ¡Yo soy Pablo Picasso, y eso es todo!
    – ¿Pero usted ya estuvo acá, no es cierto? –preguntó Manuelita.
    – Sí, yo vine en mayo con varias de mis obras, y hasta el Presidente de la República me escribió una carta. Pero ya ven: hoy he venido a quedarme, gracias a Botero.
    – ¿Y ese Hombre sentado con Pipa que está allá? –dijo Bolívar, señalando a un señor de barba café.
    – ¡Es mío! ¡Es mío! –respondió Picasso, con justo orgullo.
    – ¿Y ese otro Niño? –dijo la quiteña
    – ¡Ah! Ese es de Francis Bacon.
    – ¿Y cuánto se quedarán? –preguntó curiosa.
    – ¿Qué cuánto nos quedaremos? –dijo Picasso, con ojos brillantes de emoción. – ¡Para siempre! ¡Para siempre en Bogotá! Esa fue la instrucción de Botero.

    De pronto se sintió un barullo creciente y el galope de multitud de pasos que casi aplastan a la pareja de libertadores (no olvidemos que Manuelita era “la libertadora del libertador”).

    – ¡Ya casi es de día! –dijo Picasso-. Debemos regresar. Muy pronto se abrirán las puertas y vendrán los niños, y vendrán los novios, y vendrán los ancianos, y vendrán todos, todos, de Bogotá y del mundo, a contemplarnos.

    Simón y Manuelita se quedaron mirando extasiados cómo la corte multicolor de artistas y personajes cruzaban el umbral de la casona de la Candelaria, donde eran recibidos por una gigantesca Mano de bronce, de Botero, por supuesto.

    Cuando todos entraron, ellos mismos corrieron hacia el Palacio de San Carlos porque tampoco les estaba permitido habitar en el día. Treparon como niños por la ventana “septembrina”, y se abrazaron antes de desaparecer.

    – ¿Sabes, Manuelita? –Fue lo último que dijo Bolívar-. Bogotá, a partir de hoy, será otra: más bella, más culta y más universal. El maestro Botero ha hecho por nosotros más que un batallón de legionarios. ¡Esos son los colombianos que me enorgullecen y esa es la Colombia de mis sueños! De verdad te digo que Botero merece todo el reconocimiento del país. Y digo más: Si todavía fuera Presidente, no dudaría en concederle la Orden de Boyacá en su máximo grado, esa condecoración que yo mismo creé para exaltar a quienes mejor sirven a la patria.
    – Yo estoy segura de que Andrés se la va a entregar –afirmó Manuelita, casi en un susurro, mientras se desvanecía en el aire, como una blanca pompa de jabón.

    Sobre Monserrate se anunció el primer rayo de sol. Los bogotanos comenzaron sus faenas diarias y en la Candelaria se apagaron, una vez más, los ecos del pasado.

    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    1 de noviembre del 2000

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