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  • VERDADERA VOCACIÓN DE COOPERACIÓN DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL EN COLOMBIA

    “Soy feliz en mis amigos”, decía Shakespeare, y eso mismo puedo decir hoy, cuando tengo el placer de darles la bienvenida a esta Casa de Nariño, -que es también la casa de todos ustedes-, a los distinguidos representantes de las naciones y de los organismos internacionales que han hecho de nuestras relaciones, mucho más que una simple rutina diplomática, un intercambio enriquecedor y promisorio.

    En este ya tradicional saludo de comienzos de año al Cuerpo Diplomático quiero aprovechar para extender a todos ustedes y a sus respectivos pueblos los más sinceros y afectuosos deseos por su bienestar y felicidad en esta nueva era que comienza. Que el destino nos depare a todos un porvenir de armonía, justicia social y prosperidad, en el que podamos seguir afianzando e incrementando los lazos del afecto y la amistad.

    Son tiempos de esperanza, retos y realizaciones, que exigen lo mejor de nosotros. Por eso, Colombia valora y agradece especialmente el papel respetuoso, constructivo y cooperador que ha tenido la Comunidad Internacional en su conjunto frente a las particulares y complejas circunstancias que se presentan en el país.

    Estamos afrontando con decisión y con audacia la búsqueda de la paz a través del diálogo y la negociación política. Estamos fortaleciendo nuestras instituciones e incrementando la presencia del Estado en todo el territorio. Estamos ejecutando ambiciosos proyectos de inversión social para mejorar las condiciones de vida de los más necesitados a través de la creación de oportunidades de trabajo. Y en todos estos desafíos hemos encontrado, como nunca antes en la historia, el unánime respaldo de la comunidad internacional, y la firme decisión de cooperar en este empeño de hacer de Colombia un país que progresa en un entorno de paz.

    En los últimos doce meses ha existido una constante que marca el devenir histórico del proceso en paz en Colombia: el acompañamiento firme de los países amigos y de los organismos internacionales, impulsando, todos a una, nuestras legítimas aspiraciones.

    Las naciones del mundo y los principales organismos internacionales se han hecho presentes, con verdadera vocación de cooperación, en el Grupo de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia, que tuvo el año pasado una reunión preliminar en Londres, una reunión formal en Madrid y otra en Bogotá, y que continuará su trabajo durante este primer semestre en Bruselas. De este Grupo de Apoyo hemos obtenido importantes aportes para programas sociales, de desarrollo alternativo, de derechos humanos, de asistencia humanitaria, de fortalecimiento institucional y de protección al medio ambiente, que se verán enriquecidos con las decisiones que tomen las naciones participantes una vez estudiados y analizados en detalle los diferentes programas de inversión. En este sentido destaco la visita que actualmente realiza una Misión Técnica de la Unión Europea para la identificación de los proyectos sociales en que mejor pueden colaborar, así como la reciente resolución del Parlamento Europeo apoyando los programas de desarrollo social e institucional en nuestro país.

    La importante cooperación directa de los Estados Unidos de América, por otra parte, es también motivo de gratitud para el pueblo colombiano, que reconoce su decisión responsable, no sólo por la necesaria colaboración en la lucha antinarcóticos, sino también porque incluye el mayor aporte para inversión social en la historia de nuestras relaciones bilaterales.

    En la aplicación del concepto de responsabilidad compartida en la lucha contra el problema mundial de las drogas, estamos pasando definitivamente de la retórica de las palabras y las buenas intenciones a la acción concreta y efectiva. Hemos transitado, por fortuna, de un acompañamiento declarativo por parte de la comunidad internacional a uno concreto y efectivo, que se traduce en programas sociales y en apoyo al proceso de paz.

    Colombia no puede sola en esta lucha, que tanto nos ha costado. Ustedes, que nos acompañan día a día, lo saben, señores Embajadores, y por eso podemos decir que lo que pedimos al mundo, más que ayuda, es responsabilidad.

    Si bien en nuestro camino hacia la construcción de la paz hemos tenido un año difícil, no hay duda de que la vinculación de la comunidad internacional a la reconciliación entre los colombianos quedó definitivamente consolidada: Suecia, Noruega, Italia, El Vaticano, Suiza, España y Francia fueron hace un año los amables anfitriones de una gira histórica y sin precedentes de los negociadores del Gobierno y de las FARC por sus países, donde tuvieron oportunidad de conocer de primera mano sus modelos políticos y económicos, así como de intercambiar opiniones sobre diversos tópicos. También Alemania, Costa Rica, Cuba y Venezuela han sido escenarios de diálogo en diversas etapas de las negociaciones del gobierno y de la sociedad civil con los insurgentes. Además, veintiún naciones asistieron a la Audiencia Pública sobre Cultivos Ilícitos y Medio Ambiente en San Vicente del Caguán, y cinco Estados –Francia, España, Noruega, Suiza y Cuba- nos están acompañando, con ejemplar prudencia y compromiso, como países amigos en el proceso de conversaciones con el ELN. ¡Cómo no valorar y agradecer todo este esfuerzo internacional por cooperar con la paz de Colombia!

    Nuestro conflicto interno, la sangre derramada, son fenómenos que le quitan la esperanza y la alegría a un país enamorado de la vida. Por eso valoro tanto los gestos de apoyo que continuamente recibimos de ustedes, de sus naciones y de las entidades que representan, tales como los que recientemente se produjeron de parte de los embajadores europeos; de los Secretarios Generales de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos, y de otras naciones del planeta. Nos sentimos acompañados, queridos amigos. Los sabemos cercanos más que nunca

    Y en esa cercanía entendemos que su papel, que el papel de la comunidad internacional, en la humanización de este doloroso conflicto es fundamental. Como ustedes saben, mi gobierno se ha comprometido con énfasis en la defensa y protección de los Derechos Humanos y en la aplicación del Derecho Internacional Humanitario, temas que se hacen aún más complejos en medio de la degradación del conflicto causada por la acción intolerante e indiscriminada de todos los grupos al margen de la ley.

    Yo estoy seguro de que el clamor internacional para que cesen estos actos es de gran ayuda para que estos grupos acepten al fin humanizar el conflicto, salvaguardar a la población civil y a los niños, y detener la confrontación para que no sigamos obligados a negociar en medio de la guerra. Posiciones como la asumida por la Unión Europea frente a representantes de las FARC en París, o la de la Iglesia católica, o la de tantas otras naciones y organismos internacionales que denuncian las atrocidades y hacen un llamado por la humanización del conflicto, son un gran aporte del mundo hacia la paz de Colombia.

    Pero para cooperar mejor hay que conocer mejor, y por eso es tan importante la labor que ustedes, señores Embajadores, hacen, al enterarse de primera mano de la situación de nuestro país, procurando comprenderla en su difícil complejidad.

    Por ejemplo, en el caso de la lucha continua que libra el Estado contra los grupos ilegales de autodefensa, que asolan con masacres y actos de crueldad el territorio nacional, nos llenan de satisfacción declaraciones como la que hicieron la semana pasada los embajadores europeos, al afirmar que “la Unión Europea es consciente de los esfuerzos que realiza el Gobierno para reducir las actividades de los paramilitares”.

    Como hemos expuesto ante la comunidad nacional e internacional, estamos atacando con todos los medios logísticos y legales a nuestro alcance todos los factores de violencia, incluyendo, por supuesto, los grupos de autodefensa. En la lucha contra estos delincuentes, en particular, estamos llevando a cabo un Plan de Acción que incluye seis puntos principales: en primer lugar, la creación de un Centro Nacional de Coordinación de la lucha contra las Autodefensas, donde participan el Gobierno, la Fuerza Pública, la Procuraduría, la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo; en segundo lugar, la puesta en marcha de una Brigada Financiera para combatir sus finanzas y la de aquellos que los patrocinan; en tercer término, el incremento de operaciones militares, las cuales aumentaron el año pasado frente a 1999 en un 123%, dando como resultado más de 400 miembros de estos grupos detenidos o dados de baja –de hecho: prácticamente el 10% de los miembros de grupos de autodefensa se encuentran presos en las cárceles del país-; en cuarto lugar, estamos obrando con acciones penales y administrativas contra los integrantes de estos grupos o contra cualquier funcionario o uniformado que los patrocine o tolere –es más: contra los autodefensas hay tres veces más acciones penales en la Fiscalía que contra miembros de la subversión-; en quinto término, concedimos facultades discrecionales al comandante de las Fuerzas Militares para desvincular discrecionalmente y sin juicio previo a cualquier militar de quien se tengan indicios de violaciones a los derechos humanos o vinculación con grupos de autodefensa, y, en sexto lugar, estamos adelantando acciones de fumigación de cultivos ilícitos y de destrucción de laboratorios de droga en zonas de mayor presencia de autodefensas, desvertebrando así su apoyo financiero. Nadie puede dudar en el mundo de la voluntad del Gobierno de combatir este flagelo, así como cualquier otra forma de violencia que atente contra los colombianos.

    Infortunadamente, hay quienes, en el concierto internacional, pretenden que Colombia luche contra el narcotráfico y controle a los grupos de autodefensas y otras manifestaciones delincuenciales, pero, al mismo tiempo, critican cualquier acción destinada a fortalecer nuestro ejército y nuestra policía. El absurdo de este postulado no puede ser mayor. Si Colombia quiere salir adelante, lo primero que tiene que hacer es fortalecer sus instituciones legítimas, incluyendo por supuesto a la Fuerza Pública, para combatir las actividades ilícitas y llevar mayor bienestar y seguridad a la población. Nada haría crecer más a las autodefensas y a la funesta actividad del narcotráfico que unas Fuerzas Armadas débiles, condenadas al fracaso y presas de la corrupción. Por el contrario, unas Fuerzas Armadas modernas, profesionales, bien dotadas, capacitadas y entrenadas, son la mejor garantía –en Colombia y en cualquier país del mundo- del imperio de la ley y de los derechos humanos, y del marchitamiento de las fuerzas marginales que crecen, justamente, donde hay menor presencia del Estado.

    También es muy importante que la prensa internacional, genuinamente preocupada por el caso de Colombia, nos observe con una mirada serena, objetiva y abarcante, libre de prejuicios y estereotipos. Especialmente en momentos como éste, es necesario respetar la enorme complejidad del proceso de paz y de la situación colombiana, cuando se informa acerca de estos temas, como ustedes bien lo hacen en su labor diplomática. Es necesario que seamos precisos con la información, y aún más con las  cifras que difundimos. La violencia trae consigo la distorsión de la verdad. Esto es lo que debemos evitar.

    Quiero resaltar, eso sí, que cada día se supera más esta etapa de aproximación superficial, y se profundiza con mayor seriedad en los distintos matices de nuestra realidad. Las oportunidades que hemos tenido de visitar durante los últimos doce meses naciones y escenarios de América y de Europa han sido una forma ideal para mostrar al mundo, con nuestra presencia directa, en foros y diálogos con los medios de comunicación, el rostro verdadero de un país que ha sido muchas veces incomprendido y que hoy mira con dignidad a la comunidad internacional. A todos nuestros amables anfitriones, ¡muchas gracias!

    Apreciados amigos:

    Colombia ha regresado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por sexta ocasión, y estamos ejerciendo esta gran responsabilidad desde el pasado 1º. de enero. Trabajaremos de la mano con los demás países miembros, en la certeza de que la inquebrantable vocación de paz que anima a mi Gobierno será la misma voluntad que guiará nuestra participación en ese importante órgano. En él promoveremos de manera constante el diálogo, las soluciones negociadas, las salidas políticas y diplomáticas, como único camino para darle a la paz y la seguridad internacional bases verdaderamente estables y perdurables.

    Tenemos una firme confianza en el papel que pueden jugar las Naciones Unidas para prevenir las confrontaciones. Para controlar y evitar el tráfico de armas pequeñas y ligeras que tantas tragedias causan en nuestros pueblos; para  promover la plena vigencia y observancia del Derecho Internacional Humanitario; para aliviar el sufrimiento de los grupos más vulnerables que resultan víctimas de los conflictos; para promover el desarrollo económico y social, la justicia y la democracia, como condiciones esenciales para el afianzamiento de la paz y la estabilidad internacional. No ahorraremos esfuerzos para contribuir al logro de esos objetivos

    También quiero destacar en este recuento la realización el año pasado en nuestro suelo de dos eventos de primordial importancia: la Cumbre Ministerial del Movimiento de Países No Alineados y la Cumbre Presidencial del Grupo de Río. En la primera, pudimos concertar con los 115 países miembros del NOAL una posición común frente a muchos puntos de la agenda global, como un mensaje claro de los países en desarrollo al resto del mundo.

    Igualmente, en la Cumbre del Grupo de Río, que fue la primera en incluir a los países centroamericanos como miembros individuales y de pleno derecho del Grupo, logramos la suscripción de la trascendental “Declaración de Cartagena”, en la cual se plasmó una posición común de los países de América Latina y el Caribe para presentar en los más destacados foros internacionales. Como resultado de esta reunión, tuve el honor y la responsabilidad de exponer ante la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, en mi calidad de Secretario Pro Témpore del Grupo de Río, la visión latinoamericana y caribeña sobre los desafíos de la humanidad en el Siglo XXI.

    Queridos embajadores:

    Inicié este saludo afirmando, con las palabras del gran bardo inglés, que “soy feliz en mis amigos”. Permítanme decirles ahora, en nombre de 40 millones de corazones que agradecen el respaldo de las naciones del mundo y de las entidades internacionales en la búsqueda de la paz y la justicia social en nuestro país, que Colombia también es feliz en sus amigos. Y que ustedes, señoras y señores, son los mejores amigos que un país puede desear.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia

    6 de febrero del 2001

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