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  • XXXIII ASAMBLEA ANUAL DE LA CONFEDERACIÓN COLOMBIANA DE CÁMARAS DE COMERCIO

    Siempre que se hace un discurso ante foros de tanta importancia como el que hoy nos congrega es usual citar a grandes autores de la economía, la política o el pensamiento, que ilustran con sus frases el tema que se quiere plantear.

    Hoy quisiera apartarme un poco de este modelo para hablar con ustedes, representantes de las Cámaras de Comercio y del empresariado de nuestro país, sobre los motivos que tenemos hoy los colombianos para ser optimistas respecto al futuro y para creer que podemos progresar en esta época de crisis y que podemos entre todos hacer realidad el positivo y diciente lema de esta Asamblea: “Colombia: Sí Futuro”.

    Y digo que me voy a apartar de los esquemas tradicionales, porque hoy quiero citar en esta intervención las voces reales y cercanas de colombianos corrientes que, como ustedes y yo, están también empeñados en construir país: un país en el que se pueda vivir, en el que se pueda soñar y en el que se pueda prosperar.

    El viernes pasado, hace exactamente una semana, tuvimos el feliz hallazgo de encontrar en las páginas de El Tiempo un suplemento especial con el sugestivo título de “Rabiosamente Optimistas”. Y allí estaban, -con el mismo despliegue que usualmente se destina a los líderes políticos, los guerrilleros o los deportistas-, los rostros y las frases comunes de muchos colombianos que le han puesto el pecho al futuro, venciendo las dificultades aparentes con un espíritu de coraje y optimismo.

    Aquí mismo, en Pereira, se citaba el caso de Confecciones Nicole, que –como tantas otras empresas de este golpeado Eje Cafetero- sufrió los embates del terremoto en la destrucción de sus instalaciones y, pese a todo, decidió no bajar la guardia, sino, por el contrario, aprovechar el momento para evaluar sus fortalezas y debilidades, incrementar su producción e incluso aumentar el número de personal contratado. Ellos descubrieron, según dice el artículo, que “la mayor fortaleza de la compañía contra los desastres y las eventualidades naturales no son sus seguros, sino el optimismo”.

    También aquí en el Eje, en Manizales, nos sorprendió la ingeniosa historia de un estudiante que se anticipó al proyecto “macro” del “cable-vía” con su propia microempresa del “cable-arepa”. A este joven, Julio César Martínez, le debemos las siguientes frases: “Crisis no hay. El que quiere, vive en ella y ahí se queda. Uno nunca puede perder la emotividad, los deseos de salir adelante”.

    En Villavicencio, Libardo León Acevedo, un comerciante de alimentos, dice:“Confío. Pues sé que detrás de la nube que trae la lluvia hay un sol resplandeciente. Mi Dios sólo dio abundancia. Las oportunidades nacen en las crisis, que sólo están en la mente de cada uno”.

    Y en Suratá, Santander, Luis Andelfo Gélvez, un hombre que perdió ambas manos cuando explotó su polvorería, y que hoy es un experto en el tallado y torneado de la madera, nos inyecta energía con las siguientes palabras: “El futuro para mí sí existe. Hay que apostarle al país”.

    Como ellos, había muchos más en ese suplemento. Colombianos que hacen oportunidades de los problemas, que se preocupan por crear bienestar a su alrededor, que luchan allí mismo donde tantos se darían por vencidos. Colombianos que enorgullecen, con su trabajo sencillo y silencioso, a nuestra patria.

    ¡Cuánto tenemos que aprender de ellos y de tantos otros que como ellos son optimistas con los pies en la tierra! Y digo “optimistas con los pies en la tierra”, porque ser optimista no es sinónimo de ser iluso o ingenuo, sino todo lo contrario: Ser optimista es saber que siempre se puede mejorar porque el destino está en las manos y en la voluntad de cada uno, más que en factores externos.

    Todos estos hombres y mujeres que hoy traigo como ejemplo no se sientan a lamentarse ni a pedir dádivas, sino que obran con los recursos que tienen a la mano y labran ellos mismos el porvenir que se merecen.

    Ellos saben, como dice Deepak Chopra, que “todo problema es una oportunidad disfrazada” y que tomar consciencia de ello “nos permite aprovechar el momento y transformarlo en una situación o una cosa mejor”.

    Frente a estos héroes de lo cotidiano, que construyen el futuro con su propio trabajo, cuánto podemos aprender. Cuando escuchamos  a un hombre sin manos decir que “hay que apostarle al país”, qué vanas nos parecen las palabras y actitudes de los “profetas de la crisis”, que se empeñan en decir que no hay salida, que todo va a empeorar y que ninguna medida es buena.

    No se trata de tapar el sol con un dedo o de aparentar una situación ideal que no existe. Estamos en crisis: Eso no se discute. Lo que debatimos hoy es cómo la enfrentamos y cómo hacemos de esta crisis una oportunidad y el germen de un mejor futuro para nuestros hijos.

    Este mismo lunes leí una columna del ex-ministro Guillermo Perry, en la que hizo unos planteamientos muy válidos, al colocar la situación actual de Colombia dentro de la perspectiva histórica. Según el doctor Perry: “La desazón y el pesimismo que se advierten hoy en Colombia se deben, precisamente, a que para el país ésta es la primera vez en mucho tiempo: la mayoría de los habitantes de hoy no hemos experimentado un período de recesión agudo en nuestra vida y, por tanto, tendemos a creer que ha llegado el fin del mundo. Obviamente no es así”.

    En efecto, pocos quedan en Colombia que hayan vivido tiempos difíciles como la  recesión de la década de los treinta, pero también es cierto que olvidamos igualmente cómo el país, con sus riquezas naturales y talento humano, superó esa coyuntura y se encaminó por un camino de progreso y estabilidad económica, que hubiera sido aún más destacado si las condiciones de violencia política lo hubieran permitido.

    Y no sólo Colombia. Los Estados Unidos, después de la crisis financiera de finales de los veinte, y gracias a la acertada dirección de un estadista como Franklin Delano Roosevelt, renació como la potencia económica y política que hoy es. El mismo Roosevelt que dijo alguna vez que “en la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada”.

    Ni qué decir de otros países que, como Alemania o Japón, fueron vencidos en la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, resurgieron de sus cenizas como las potencias económicas y tecnológicas que hoy son. O la misma Inglaterra, que emergió bella y victoriosa de entre las ruinas de los bombardeos nazis.

    El problema es de actitud: O nos quedamos pasmados, viendo cómo la crisis evoluciona y no hacemos negocios, no invertimos, no contratamos personal, y por consiguiente no hay comercio, no hay capital y no hay empleo; o tomamos todos juntos el futuro en nuestras manos, con verdadero sentido de pertenencia y de responsabilidad frente al país, y hacemos negocios, invertimos y contratamos personal, y por consiguiente habrá comercio, habrá capital y habrá empleo.

    A veces nos quejamos por lo que no tenemos, pero no nos damos cuenta de que puede ser nuestra misma actitud derrotista la que genera esa escasez. Hoy es el momento de crisis: el momento para decidir en qué país queremos vivir y qué futuro legaremos a las nuevas generaciones.

    Me dirán algunos: Todo está muy bien y suena muy bonito, pero la realidad nos golpea cada día. Hay violencia, inseguridad, falta de recursos, incertidumbre… Yo les digo que es cierto, pero que esos mismos problemas sólo podemos vencerlos si pasamos todos, como un solo cuerpo, a la acción. Es una tarea del gobierno, pero también un compromiso ineludible de todos los colombianos, empezando por aquellos que mueven la economía. Vale decir, ustedes: los empresarios.

    Como dijo en la citada columna el mismo Guillermo Perry: “Para que la recuperación sea rápida, conviene también un poco más de optimismo del sector privado (podría decirse que de realismo: ¡las recesiones suceden y se superan!)”.

    Ya saben ustedes que desde el Gobierno estamos trabajando, sin descanso, en muchísimos frentes de acción para construir un mejor país para los colombianos:

    Estamos luchando para reactivar la economía, en medio de un difícil entorno internacional y cargando un pesado lastre, y en el logro de ese objetivo se ha bajado sustancialmente la tasa de interés, se ha estabilizado el sector financiero, se ha disminuido drásticamente la inflación, se ha liberado la tasa de cambio en un nivel competitivo y se han desarrollado políticas concretas para promover las exportaciones, dentro de otras muchas medidas que buscan recuperar la senda del crecimiento.

    Estamos trabajando en un proceso de paz, complejo como todo proceso de esta clase, pero que nos permite mantener algún grado de esperanza en la reconciliación nacional. En sólo dos días se instalará la mesa de negociación con las FARC, sobre una agenda ya acordada, y esto es un adelanto inmenso, que no se puede desconocer.

    Trabajamos, como corresponde, en la protección de los derechos humanos, en el mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de los más pobres, en la construcción de obras de infraestructura, en el alivio de la situación de los deudores de créditos de vivienda y en una lucha frontal contra la corrupción, que cada día da mejores resultados.

    Pero solos no podemos. Necesitamos el concurso decidido de todos los colombianos y muy especialmente del sector privado, para lograr alcanzar unos objetivos que no son del gobierno sino del país y con cuyo logro nos beneficiamos todos.

     ¡Qué bueno que todos arriesgáramos por Colombia! Porque si arriesgamos todos, ya no hay riesgo, sino confianza. Y la confianza es el aceite que falta para hacer despegar el motor del progreso y la justicia social.

    Constato con satisfacción la decisión de los empresarios de Colombia de hacer frente a la crisis con ese coraje y esa decisión que hoy he llamado “optimismo con los pies en la tierra”. Necesitamos su ayuda para edificar, con un sentido de “ética empresarial” los valores que guiarán a Colombia en el nuevo siglo. Necesitamos también su apoyo para que fiscalicen al Estado, con un criterio constructivo, y entre todos venzamos el cáncer de la corrupción, gracias a sus denuncias oportunas y a su negativa rotunda a hacer parte de los siniestros juegos de intereses. ¡Juntos –gobierno y sector privado- podemos! ¡Separados no vamos a ninguna parte!

    Ustedes, las Cámaras de Comercio, tienen un papel fundamental en esta tarea común, como promotoras de las empresas y los negocios en sus propias regiones. Sé del trabajo eficaz y comprometido que han venido desarrollando, bajo la acertada coordinación de Confecámaras, y no me cabe duda de que continuarán siendo, -usando las palabras del propio doctor Eugenio Marulanda-, organizaciones “prospectivas”, que no se han “rajado en el proceso (…) ni en materia ética, ni política, ni en materia institucional”.

    En medio de la crisis, las Cámaras han sido testigos de excepción de cómo en el primer semestre de este año se han constituido más de 10 mil nuevas compañías en el país. Y cada empresa que se crea es como un nuevo niño: un voto de los colombianos a favor del futuro.

    ¿Por qué soy optimista? Porque conozco mi país y mi gente. Porque quiero envejecer en mi tierra y no como extranjero. Porque sé, sobre todo, que el futuro no está escrito y que lo escribimos todos, día a día, con nuestro trabajo y nuestra voluntad.

    Permítanme terminar esta intervención con las palabras de otro colombiano valioso que tiene mucho que enseñarnos, el padre Gonzalo Gallo, un abanderado del optimismo y del perdón:

    “Somos lo que creemos, y está demostrado que las creencias positivas nos impulsan y nos iluminan, y las negativas nos paralizan y nos autodestruyen. Colombia necesita hoy más que nunca sembradores de fe y de confianza. Colombia necesita que todos pongamos poder en la fe en lugar de poner tanta fe en el poder”.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Pereira, Colombia
    22 de octubre de 1999

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