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  • ANIVERSARIO UNIANDINO

    Celebración de los cincuenta años de la fundación de la Universidad de los Andes

    Pocas instituciones tienen tanta razón para celebrar su aniversario como la Universidad de los Andes y para mi resulta muy grato estar hoy aquí con ustedes.

    Cuando mencioné a un grupo de amigos, egresados de otras universidades, que iba a asistir a esta celebración, con algo de humor y a la vez algo de envidia, lo primero que me preguntaron fue por qué invitaban a un Rosarista a celebrar los cincuenta años de los Andes. Otro más osado me preguntó por qué celebrar los cincuenta años de una universidad que había sido establecida en un asilo de locos cuidado por unas monjas, cuyo símbolo principal era el bobo y que para rematar tenía como mascota a una cabra terca.

    Para mi no hay duda que al considerar la evolución que ha tenido desde su creación, impresiona ver cómo, en medio siglo, esta institución pasó de ser el incipiente proyecto de un puñado de soñadores, muchos de ellos en sus tempranas veintes, a ser una de las instituciones universitarias más prestigiosas del país, reconocida por la vitalidad y originalidad con que ha logrado la tradición académica.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, en Colombia, así como en el mundo entero, la sociedad se cuestionó profundamente las rígidas estructuras educativas existentes que habían llevado a la humanidad a tan trágico episodio. La magnitud del holocausto demostraba entonces que todo había fallado. Las múltiples preguntas apuntaron hacia la necesidad de renovar la enseñanza en cada uno de sus niveles y de realizar una reforma de fondo a la educación superior con el fin de crear un hombre nuevo, moral y de fértil intelecto, que dominara la técnica pero que a la vez no dejara de lado el humanismo.

    Esto significaba idear, y luego construir, un sistema de educación universitario capaz de interpretar la realidad del país y producir propuestas originales para responder a sus demandas. Este proyecto no se limitaba solamente al levantamiento material de nuevos muros, aulas, bibliotecas y laboratorios. Consistía fundamentalmente en estructurar programas de estudio innovadores, universales e interdisciplinarios, que lograran identificar la proporción y combinación perfecta entre los elementos de nuestra propia tradición, con las tendencias universales del mundo contemporáneo.

    Al hablar de esta historia de la creación de la Universidad de los Andes y de la filosofía que la impulsó no puedo dejar de mencionar a uno de sus grandes motores, el doctor Mario Laserna, quien logró plasmar esa visión universal que hoy tiene los Andes.

    Tal sería el entusiasmo de Mario Laserna por el desarrollo de este proyecto que hasta sus largos paseos en bicicleta, dependiendo de la ruta que siguiera,  servían para diseñarla y buscarle un énfasis en lo científico, en lo humanístico o incluso en lo político. Debemos agradecerle al doctor Laserna y a su bicicleta por estos largos recorridos porque gracias a ellos la Universidad logró combinar estos valiosos elementos en la formación de sus estudiantes.

    El noble propósito de los precursores de la Universidad de los Andes se resume en la siguiente frase: «crear en nuestro país un centro de cultura que difunda el conocimiento y el ejercicio de las técnicas poderosas de nuestro tiempo, pero dirigidas e ilustradas por el humanismo de todos los tiempos».

    De ahí que sus programas, sin dejar de ser clásicos, miraban el porvenir en lugar del pasado, percibían las revoluciones intelectuales y se abrían a ellas de tal manera que ese esfuerzo enriqueciera y fortaleciera la educación superior en Colombia.

    Una misión que hoy, más que nunca, sigue siendo válida. Y es que aquellos quijotes que fundaron la Universidad en medio de la violencia bipartidista, reconocieron que la educación es uno de los pilares de la paz y de la democracia. Con ese noble propósito, los fundadores de la Universidad reflejaron esta idea en uno de los tres párrafos de su Declaración de Principios que reza: «Para que la convivencia de los hombres sea verdadera y sincera, es indispensable el desarrollo de la inteligencia humana y su aplicación desvelada al estudio y solución de los múltiples problemas de la existencia» .

    En el caso de los Andes, esta resolución de fraternidad intelectual y humanística en pos de la verdad y la convivencia, no se quedó en meras declaratorias o palabras fútiles. Fue, es y seguirá siendo un proyecto independiente y sin afiliación partidista o religiosa alguna.

    Basta recordar que, en su nacimiento, pocos meses después del 9 de abril, cuando el país se encontraba desgarrado por el reciente magnicidio, ‘su Primer Consejo Directivo estaba constituido por diez liberales y diez conservadores; que entre sus primeros rectores se encontraban dos ilustres conservadores como el doctor Roberto Franco y don Eduardo Zuleta Ángel, así como uno de los grandes presidentes liberales Alberto Lleras
    Camargo, quien para ocupar este cargo regresaría al país en los años del régimen militar. Durante este último período, la Universidad de los Andes, era un resguardo de pluralismo, de tolerancia y libertad, de donde salió el presidente Lleras a constituir el Frente Nacional y a ocupar nuevamente la Presidencia de la República.

    Quiero recalcar como esa tolerancia y la libertad de expresión se ha mantenido siempre como una de sus características principales. Solo basta recordar como ejemplo el caso del  doctos Andrés Uribe, quien siendo rector enfrentó una huelga. Durante este episodio, en los muros y carteleras de la Universidad aparecieron muchas caricaturas y diversos graffittis sobre él. Como rector nunca los mandó cubrir ni los mandó quitar, por el contrario, decidió llevarse algunos como recuerdo de las expresiones de quienes de esa forma protestaban.

    Fue en el centro de este turbulento episodio de nuestra historia que, en 1948, nació esta Universidad. Rápidamente comenzó a cobrar fuerza propia, a ampliar sus expectativas y forjar un nombre, hoy reconocido no sólo en Colombia sino en el exterior. Gracias al apoyo y dedicación de las directivas, profesores y estudiantes, se fortalecieron sus bases, se ocuparon nuevos espacios por la multiplicación de sus programas y se consolidó la institución como un valioso centro dedicado a la investigación y a la enseñanza.

    Los Andes se ha enfocado hacia un programa de formación humanística y científica, que nos hace entender la cultura como el camino que nos lleva a asumir que la realidad puede ser cambiada no por la soberbia de la intolerancia, sino por la fuerza de la verdad, la coherencia del pensamiento, el diálogo entre el clasicismo y vanguardismo y, sobre todo, la persistencia del espíritu libre.

    Tal como lo plantea Ralph Waldo Emerson, «la cultura consiste en sugerir al hombre, en nombre de ciertos principios superiores, la idea de que hay en él una serie de afinidades que le sirven para moderar la violencia de notas maestras que disuenan en su gama, afinidades que nos son auxilio contra nosotros mismos. « La cultura, entonces, incluye todo aquello que va estructurando nuestra diaria imagen interior, una reflexión que nos permite revalorizar el prisma de nuestras vidas, un paso al costado de la realidad para poder analizarla y recrearla a través de las ciencias y de las artes.

    Ante la constante metamorfosis de nuestra realidad, las permanentes alteraciones en los actores, valores y reglas de juego, la Universidad tiene un rol esencial. Para enfrentar esta realidad cada vez más global y omnipresente, los Andes ofrece a sus alumnos una formación sólida y humanística, adquirida a través de la rigurosa y metódica investigación científica, artística y cultural. Al conocer bien las teorías tanto como las aplicaciones cotidianas, se genera la capacidad de triunfar en la globalidad del siglo XXI.

    Para cumplir con sus propósitos, los Andes ha invitado a selectos grupos intelectuales, encargados de cultivar intensamente en sus alumnos el amor puro por la verdad, el empeño y la tenacidad requerida para encontrarla con la convicción de que el interés de  la ciencia también tiene una responsabilidad social.

    Esto se ha logrado en muy buena parte gracias al empeño, al esfuerzo y a la dedicación de cada uno de sus profesores y de cada funcionario de la Universidad. Su capital humano constituye en su más invaluable patrimomo.

    Uno de los más claros ejemplos de la entrega y la versatilidad de sus gentes se refleja en esa anécdota de la época cuando el doctor Alberto Lleras llega a la rectoría. En sus primeros días se reúne con el vice rector de entonces, el doctor Daniel Arango preguntándole por sus funciones. Este le contesta que la mejor forma de describírselas es contándole lo que ha hecho en el día anterior. Es así como le relata que frente a la ausencia de uno de los profesores de biología, había tenido que dictar la cátedra correspondiente; una vez dictada la materia le habían informado que «Séneca», la cabra, había enloquecido y corría desaforada por todos los predios de la Universidad, por lo que se había dedicado a su captura y posterior tranquilización. Finalmente, después de esa labor, tuvo que reemplazar a un profesor de filosofía, dictando una clase sobre Platón.

    Quizás a los más jóvenes les parezca casi natural, pero una de las grandes conquistas de nuestro fin de siglo ha sido la consolidación del ideal de sociedades abiertas e interpendientes; ideal imperante en la Universidad de los Andes desde su fundación. A través de la vecindad y convivencia cultural,  ocial, política y económica, rescatamos aquellas esencias humanas que traspasan las fronteras políticas, lo cual no sólo nos enriquece sino que posibilita un entendimiento más completo y claro de nuestro entorno y de nosotros mismos. Esaquí en donde la actividad creadora y transformadora de las universidades se constituye en una de las alternativas más viables para la resolución de los problemas mutuos.

    Es por el convencimiento de que estos procesos deben darse al interior de un país como hacia el exterior, que la Universidad de los Andes nunca ha descuidado su permanente contacto con el resto del mundo. Su espíritu fue formado en gran parte por grandes  intelectuales extranjeros que después de dejar la Europa arrasada por la Segunda Guerra, encontraron en estas aulas un oasis de tolerancia y tranquilidad. Fracs y Gigivan Hiledebrand, el profesor Yerli, Ferenz Vajta, la doctora Elizabeth Gross, Lasio Zsekessy y el profesor Horbath, son acaso sólo algunos de estos gitanos del pensamiento y de la mente que vinieron a parar a nuestras tierras y que junto a intelectuales colombianos de la talla de Abelardo

    Forero Benavides, Mauricio Obregón, Daniel Arango, Andrés Holguín o Ramón de Zubiría, a historiadores de la talla de Jaime Jaramillo Uribe y a filósofos como Danilo Cruz, sellaron para siempre lo que debería ser el espíritu Uniandino.

    Esta actitud adoptada por la Universidad deja atrás esos círculos cerrados donde se multiplican las viejas costumbres y se perpetúan las rutinas estáticas. Revela su entendimiento de que sólo a través de un proceso de intercambio permanente se obtiene mayores y mejores criterios para asumir una posición activa frente a los diferentes acontecimientos nacionales e internacionales.

    Captar los avances ideológicos provenientes de otras escuelas, países y culturas, permite además, mediante un proceso de evaluación crítica, retomar  algunos elementos asimilables a la realidad nacional como apoyo para continuar la construcción de nuestro propio modelo social.

    La temprana adopción del sistema de créditos -adaptado de las universidades anglosajonas y en el cual un estudiante de cualquier carrera puede tomar libremente cursos de otras disciplinas, siguiendo las múltiples inclinaciones de su intelecto, tenía como propósito enseñar a investigar y a pensar rigurosa y universalmente, de tal medida que las ideas generen una dinámica traducible en verdaderas fuerzas de progreso y modernización en nuestra sociedad.

    Todos los esfuerzos realizados por los fundadores, por los profesores y por todos los funcionarios de la universidad deben verse recompensados con creces cuando hoy egresados de los Andes juegan un papel fundamental en nuestro país. La Universidad cuenta ya con un presidente de la república, el doctor César Gaviria, quien desde cada cargo que ha ocupado y en especial desde la Presidencia, ha sabido honrar su condición de exalumno de los Andes.

    Cuenta también con varios Ministros en el actual gabinete, así como con latas funcionarios de mi Gobierno. Son muchos los uniandinos que le han servido bien a Colombia, tanto en el sector público como en el sector privado, donde siempre se han destacado por su rigor y profesionalismo, por su sentido ético y su compromiso con Colombia.

    Señoras y señores asistentes a esta calurosa y feliz celebración:

    Tras años de esfuerzo, de autocríticas transformaciones y progreso, los Andes ofrecen un espacio abierto y pluralista, cuya directriz principal es la excelencia académica y el crecimiento personal de los estudiantes, a través de un desenvolvimiento integral, físico, intelectual y ético.

    Y es este último aspecto, el que consagran sus fundadores al afirmar, de nuevo en su declaración de principios, que: «quienes sólo hacen por sus semejantes aquello a que la ley los obliga, no están cumpliendo a cabalidad  sus deberes, ni son buenos ciudadanos, ni merecen la estimación ni el respeto de los demás».

    La Universidad de los Andes, continua teniendo una importante labor que cumplir como institución promotora del desarrollo, pues tiene en sus  manos no sólo la responsabilidad de formar los futuros profesionales del país, sino de canalizar el potencial intelectual y artístico que existe entre sus miembros y, junto con su capacidad investigativa, ofrecer soluciones innovadoras a los grandes problemas nacionales.

    Colombia requiere de mucha comprensión por parte de la comunidad internacional, pero también de sus propios estamentos, para superar su actual crisis. Tan dañino para el país resulta la persistencia de la violencia, como la edificación de mitos superficiales que terminan por distorsionar la realidad. La universidad debe propiciar, como lo ha hecho los Andes, el análisis sereno y objetivo del acontecer nacional.

    Wiston Churchill señalaba, con sabiduría, que «los imperios del mañana son los imperios de la mente». Esta frase nos reafirma lo indispensable que  es el compromiso de la Universidad de los Andes con la formación intelectual de nuestras futuras generaciones, cuya trascendencia será el consolidar una sociedad colombiana culta, dinámica, capaz de enfrentarse a los nuevos retos que traerá consigo el nuevo milenio.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    18 de noviembre de 1998

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