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  • ACTO DE ENTREGA DE LOS RECURSOS DE LA ADICIÓN PRESUPUESTAL PARA GARANTIZAR LA SOSTENIBILIDAD FINANCIERA DE LOS HOSPITALES PÚBLICOS

    Por esta vez seré yo quien oficie como médico. Pero no hay razón para temer -no importa que en verdad sea abogado y periodista-, porque lo que traigo hoy, -y que procuraré aplicar con asepsia, de un solo pinchazo y sin dolor-, es una vacuna económica, un refuerzo vitamínico para el sector salud de nuestro país y muy especialmente para sus hospitales públicos.

    Como ustedes saben, he sostenido desde el inicio de mi Gobierno que la salud de los colombianos constituye una prioridad en la agenda. Este propósito ha demandado esfuerzos sin precedentes para hacerle frente a las dificultades económicas que experimentamos durante los últimos años y que, como es obvio, afectaron sensiblemente el desarrollo de la reforma en salud y, en particular, el cumplimiento de las metas establecidas en la Ley 100 de 1993.

    Hemos tenido dificultades, pero no nos quedamos quietos. Como parte de esos esfuerzos, hace tres meses, cuando instalé las sesiones de la actual legislatura en el Congreso de la República, anuncié que el Gobierno presentaría y gestionaría una importante Adición Presupuestal como parte de una estrategia integral que busca darle salidas a la grave situación por la que atraviesa el sector salud.

    Hoy, luego de cumplirse los debates reglamentarios con el valioso apoyo de los miembros del Congreso, tengo la inmensa satisfacción de anunciar y confirmar, frente a los directores de los más importantes hospitales de todo el país y los Secretarios de Salud de sus departamentos, que están aprobados como adición al Presupuesto Nacional 492 mil millones de pesos para el sector salud.

    Este giro extraordinario del Gobierno, adicional a los recursos que reciben los hospitales públicos del país para financiar la oferta a través de las transferencias territoriales, se suma a los 243 mil millones que entregamos el año pasado y a los 308 mil millones que distribuimos en 1999 para apoyarlos.

    En total, hoy podemos decir que mi administración ha dado la prioridad que corresponde al tema de la salud pública y ha fortalecido la red pública hospitalaria ¡con más de un billón de pesos!

    Esta es una cifra sin precedentes, más aún si se tiene en cuenta la difícil situación fiscal en la que nos ha correspondido obrar. Por suerte, hemos podido cumplir con nuestro compromiso y hoy estamos aquí animados por la buena noticia de que la Adición Presupuestal para la salud es ya un hecho cierto y efectivo.

    Lo que estamos planteando es una verdadera estrategia integral para superar la crisis del sector salud, la cual consta de dos partes fundamentales: la primera, que hoy estamos haciendo realidad, consiste en el alivio de las finanzas de los hospitales públicos, y la segunda está orientada a crear redes públicas de prestación de servicios de salud que eviten la duplicidad de funciones y hagan más eficiente el sistema.

    La primera parte de la estrategia implica la distribución de 300.000 millones de pesos a la red pública de hospitales –los cuales estamos comenzando a entregar hoy mismo a los Hospitales Públicos del país-. Para esta entrega se definieron criterios técnicos con el fin de asegurar una asignación equilibrada y que llegue a todas las regiones. ¡Este aporte fundamental marcará la diferencia entre salvar o dejar morir a los hospitales públicos de Colombia!

    La segunda parte de esta estrategia está dirigida a que la red pública hospitalaria opere de manera integrada y coordinada y en condiciones de viabilidad técnica y financiera, que permitan su sostenibilidad y eviten que los recursos de la salud se despilfarren en oferta innecesaria de servicios. Vale decir, se trata de conformar verdaderas redes públicas de prestación de servicios.

    Para la financiación de este proyecto se invertirán recursos por valor de 50.000 millones de pesos de la Adición Presupuestal, además de recursos de crédito externo, con los que se financiarán las propuestas de redes de prestación de servicios de aquellos departamentos que tengan más avanzados los estudios de reorganización y modernización respectivos.

    Cumplida esta gran estrategia integral habremos asegurado que el Sistema de Salud funcione mejor y haya logrado superar el actual periodo de escasez de recursos.

    Es importante destacar también que la Adición Presupuestal incluye, -además de lo ya dicho-, 85 mil millones de pesos destinados a ampliar la cobertura en el régimen subsidiado, vale decir, destinados a que más colombianos pobres tengan acceso al sistema de salud; 40 mil millones para las Cajas de Compensación Familiar, y 7 mil millones para la atención de la población infantil que presenta  patologías de alto costo, entre los rubros más significativos.

    ¡Son, en total, cerca de medio billón de pesos de adición que harán la diferencia en la salud de los colombianos!

    Apreciados amigos, Directores de Hospitales y Secretarios Departamentales de Salud:

    Quiero, para terminar, invitarlos, con el mayor entusiasmo, a que continuemos trabajando sin descanso en la noble tarea de mejorar cada día la prestación de los servicios de salud, siendo cada día más eficientes en la administración de los recursos económicos, físicos y humanos.

    Hoy estamos “inyectando” -y nunca mejor usada esta palabra- vida a los hospitales públicos de Colombia. De esta forma, renovamos el compromiso de este Gobierno con los sectores más desprotegidos de la población en materia de salud, con la esperanza de que este esfuerzo de todos represente un mejoramiento de las condiciones de vida de los colombianos que requieren de estos servicios fundamentales.

    Los felicito, señores Directores y señores Secretarios: Hoy regresarán a sus hospitales y regiones con una nueva y sustantiva razón para seguir trabajando por la salud de sus compatriotas, con optimismo y con vocación de servicio.

    ¡La salud de Colombia hoy recibe un nuevo aire! ¡Trabajemos unidos, con dedicación y compromiso, para que perdure y genere más y más colombianos sanos y felices!

    Ustedes sabrán entender y disculpar que hoy me haya atrevido a tomar la jeringa y aplicar una inyección de vida. Pero por la salud de Colombia todo vale: ¡incluso que un abogado, como yo, realice una operación de salvamento!

    De nuevo felicitaciones, y muchas gracias


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    22 de octubre del 2001

    Apreciados amigos:

    Hemos sembrado una semilla de futuro. Con una gestión responsable y seria, pensando en aquellos más necesitados y, sobre todo, pensando en dejar un mañana viable a las próximas generaciones de colombianos, trabajamos durante mi Gobierno para que Colombia, nuestra querida nación, asegure su camino al porvenir.

    Hemos sentado los cimientos de un nuevo país, de un país que se consolida en este Siglo XXI con toda la fortaleza de su economía, con el cumplimiento estricto de sus compromisos internacionales, con su inserción adecuada en los nuevos mercados de la globalización.

    En fin, apreciados amigos parlamentarios de mi Partido, hemos cumplido a nuestra gente, a más de 40 millones de compatriotas, con la promesa de cambio que nos llevó al solio de Bolívar.

    Teníamos que rescatar la presencia internacional de nuestra Patria, para que dejáramos de ser parias ante el mundo, y lo conseguimos.

    Teníamos que reconstruir las deterioradas relaciones con nuestro mayor socio comercial, los Estados Unidos de América, y no sólo las dejamos en su mejor momento, sino que logramos la prórroga y ampliación a nuevos productos del Acuerdo de Preferencias Arancelarias Andinas –ATPA-, con todo lo que esto implica en incremento de exportaciones y, sobre todo, de empleo.

    Teníamos que lograr la recuperación de una economía que encontramos en franca caída, con tasas de interés por las nubes, inflación alta, déficit fiscal cercano al 6% y un peso artificialmente revaluado, y lo hicimos. Mediante la combinación de medidas de ajuste fiscal, una política monetaria seria, y el salvamento a la banca pública y privada, al sector cooperativo y a la vivienda de más de 800 mil deudores hipotecarios, logramos hacer que la economía recuperara la senda del crecimiento y la estabilidad.

    Fíjense en esto: mientras en el periodo anterior al mío el desempleo se duplicó, pasando de menos del 8% al 16%, durante mi Gobierno –a pesar de tener que enfrentar la más dura recesión de los últimos 70 años y múltiples dificultades de orden público, además del terremoto del Eje Cafetero- el desempleo no subió un solo punto y, por el contrario, comenzó a disminuir.

    No voy a hacer un recuento exhaustivo de los resultados de la gestión gubernamental, pues ustedes, más que nadie, los conocen muy bien. Además, ya lo hice –tema por tema, y con detalle- en mi exposición durante la ceremonia de instalación del Congreso el pasado 20 de julio.

    Pero lo que quiero enfatizar, queridos amigos del Partido Conservador, -del Partido que me entregó la candidatura en una ejemplar Convención y que luego se sumó a las fuerzas diversas, pero convergentes, de la Gran Alianza para el Cambio-, es que ustedes y yo tenemos muchos motivos para sentirnos satisfechos con la labor realizada en el pasado cuatrienio y para salir a defender sus realizaciones.

    Ahí tienen también el Plan Colombia, que es el plan social más grande en la historia del país. Ahí tienen las Fuerzas Armadas más fortalecidas y profesionales de nuestra historia. Ahí tienen la increíble y transparente recuperación del Eje Cafetero a través del Forec. Ahí tienen la reactivación de la actividad petrolera, la reactivación de la construcción, el crecimiento del agro, cerca de 380 mil subsidios de vivienda de interés social entregados, el Plan Estratégico Exportador y la Política de Competitividad y Productividad que siguen adelante, y la Agenda de Conectividad que nos está guiando al mundo de las nuevas tecnologías de la información.

    También transitamos el camino de la búsqueda de la paz a través del diálogo y la negociación, tal como lo pidieron más de 10 millones de ciudadanos en octubre de 1997, y lo hicimos con honestidad, con sinceridad y con transparencia, de frente al país y con el concurso de todos los sectores de la sociedad. La guerrilla no estuvo a la altura de la generosidad del pueblo colombiano, pero dejamos recorrido un camino que era indispensable tomar. Hoy la semilla de la paz ha quedado sembrada en los corazones de todos los colombianos; hoy la guerrilla está derrotada políticamente, nacional e internacionalmente, y, sobre todo, el nuevo Gobierno partirá en este tema de una base mucho más firme que la que tuvimos nosotros.

    Ustedes y yo, como conservadores, tenemos entonces muchos, muchísimos motivos, para estar orgullosos de ese cuatrienio cuyos esfuerzos me correspondió liderar, y cuyos resultados hoy comparto con ustedes, los parlamentarios que apoyaron y promovieron desde el Congreso Nacional y en sus regiones las reformas estructurales que realizamos, aún a costa de nuestra popularidad, para garantizar un mejor futuro para todos los colombianos.

    Por eso hoy, en este primer acto público en el que intervengo después de haber terminado mi periodo presidencial, quiero decirles a ustedes, queridos amigos, que el legado de mi Gobierno está ahí, con hechos concretos y demostrables, para que el Partido y todos los que trabajaron en su consecución, se apropie con orgullo del mismo y lo difunda, porque ahí quedaron sentadas las bases para el cambio.

    Ahora nos corresponde seguir sobre ese camino responsable que comenzamos a transitar, continuando la senda que nos marcaron Caro y Ospina –como dice nuestro himno-, acordando sobre lo fundamental, como pregonaba Álvaro Gómez, y sin olvidar jamás, como decía mi padre, el ex-Presidente Misael Pastrana Borrero, que el destino del Partido pasa y pasará siempre por lo social. Debemos ser facilitadores e impulsores de todo aquello que conduzca a una mayor justicia social, como base para la construcción de una sociedad en paz.

    Estimados amigos:

    Les agradezco, de corazón, el testimonio de amistad y respaldo que me han dado con esta grata reunión. Los próximos meses, como ustedes saben, los viviré a un ritmo mucho menos agitado que el que demandó la vida pública y la gestión presidencial durante estos últimos cuatro años, pero jamás abandonaré mi compromiso con mi país ni mucho menos con la búsqueda de la paz, en la cual tenemos que seguir trabajando todos unidos.

    Algunos hablan de un partido debilitado, pero lo que yo veo es un partido unido y, prácticamente, la bancada partidista más importante del Congreso Nacional. Debe ser un partido orgulloso y defensor de lo que hemos hecho y, al mismo tiempo, un partido constructor que acompañe con decisión toda iniciativa que surja destinada a buscar la paz, a combatir el terrorismo y su fuente financiadora, que es el narcotráfico, y a lograr una mejor calidad de vida para todos los colombianos.

    Somos un partido de construcción, una colectividad unida en torno al sueño de un país mejor, en paz y con justicia social. Desde donde esté, queridos amigos, en cualquier circunstancia, quiero que sepan, desde mi corazón agradecido, que siempre estaré con ustedes, pendiente de su suerte y del destino de esta nación que convoca todo nuestro esfuerzo y todo nuestro amor.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    14 de agosto del 2002

    Dear friends:

    Imagine this scene: A man is driving his truck on a rural unpaved road, in an inhospitable and distant region, in the middle of the forest. There is no other vehicle on the horizon, only the burning heat, the dust raised by his tires and two countrymen walking in the distance.

    The driver approaches both individuals who are talking. The man in the truck finally recognizes them. He is astonished.

    What have I seen?, he thinks to himself. Can I believe my eyes? Were those two men on the road – one of them dressed in camouflage – really the President of Colombia and the legendary “Tirofijo,” head of the oldest and most dangerous guerrilla organization in South America?

    I am sure his wife, family and his neighbors must not have believed the driver’s story when he told them who he encountered on his way home. Nevertheless, his version was completely real, as much as things can be that happen in the country which gave birth to the magic realism of Gabriel García Marquez.

    Unusual episodes like this one are part of a complex history I carried out, as President of Colombia, in the dawn of the new century. My nation continues today to be one of the most exciting examples of contemporary history.

    This is a story where efforts to reach peace, after three decades of conflict, are mixed with the continuous threat of drug trafficking and terrorism – the most dangerous enemies of present times. This is a story I want to share with you today, so you can appreciate these two problems and their impact in Colombia and the larger world.

    TERRORISM TODAY

    As is well known, after September 11, 2001, the fight against terrorism became one of the highest priorities, perhaps the most critical one, of the international community.

    Regrettably, before 9-11, things were different. Many nations were uncertain how to address the challenge it presented. Some hid behind an ambiguous theory that pretended to guarantee internal security through protection or tolerance of groups engaged in these acts. They acted as if the threat of terrorism was a problem concerning solely those countries which suffered from it, and was not a priority for all nations.

    Before 9-11, terrorism was present in countries like Colombia. We lived with it every day. It impacted every aspect of our political and social life. Unfortunately, the rest of the world did not express solidarity to prevent it, and did not give a global priority to it.

    Terrorism has many faces. It is present in the terrible acts of September 11, but also in bombs which have exploded in Ireland, Bali, Colombia, Spain, United Kingdom, Jordan, Turkey, Morocco, Iraq, Israel and other countries where innocent civilians have died. This includes not just attacks against civilians, but selective acts of murder against journalists, judges, politicians and labor leaders who have condemned terror, as is the case of Colombia.

    We also know a terrorist is not just the person who pulls the trigger to murder or one who triggers a bomb’s detonator. A terrorist is also someone who plans an attack or finances it, who makes the bomb which explodes, and even the individual who sells the explosives. Those who plan and finance, those who sell weapons or explosives, those who protect or help them accomplish these acts, are also agents of terror.

    This is a new form of war, one which does not require an army. On the contrary, terrorists need very few men but great quantities of money. In Colombia, drug trafficking has been the source of financing terror.

    With terrorism and drug trafficking, we are really facing two monsters, each of them with many heads and with its feet rooted in many nations.

    THE COLOMBIAN CASE

    Permit me to go deeper in the case of Colombia, my country, which I had the honor of ruling for four years and which today I represent before the government of the United States.

    Colombians have been the victims of violence like very few countries in the world. Drug trafficking and terrorism have, in the past, attacked us without mercy. We suffer a 40-year old conflict. We lost, in the eighties, an entire generation of many of Colombia’s “best and brightest” citizens. But, on the other hand, the Colombian people stepped up to the challenge. We have defeated powerful drug cartels. We have resisted heroically and, against all odds, we have maintained and even enhanced our democracy. We are very proud of this achievement.

    Colombia is the oldest democracy in Latin America. Except for a short period of military dictatorship between 1953 and 1957, the country has developed democratic institutions and elected its Presidents through popular election.

    There were many people – fortunately fewer now – who used to justify the existence of guerrillas in Colombia with the excuse that our democracy was weak or imperfect, and that there existed no democratic “space” for an alternative political expression.

    There is nothing further from the truth. In Colombia, despite terrorist violence and problems derived from drug trafficking, we live and maintain one of the strongest democracies in the world. The fact it survives these difficulties is undeniable, living proof.

    In Colombia, we elect not only the President, Senators, Representatives, Deputies to the Department Assemblies and Municipal Council people by popular vote, but also, since the eighties and the early nineties, Mayors and Governors. Next year, presidential elections will be held, as well as elections for Congress, as we have for almost two centuries without interruption.

    Many former guerrillas have been demobilized and today contribute to public life as Congressmen and Mayors. They have even reached high positions such as Ministers and Presidents of the National Constituent Assembly.

    As another example, the current Mayor of Bogotá is the former head of a labor union, and he reached that position with the support of the majority of the citizens of Bogotá.

    The press is absolutely free in Colombia, without censorship of any kind. Any coercion it suffers comes from the illegal groups, not by the government.

    Ours is, without a doubt, an open and active democracy. It is not, of course, a perfect one. We have to strengthen and defend it every day. But it is not a weak democracy. Any alleged weakness can justify now the armed fight of the guerrilla groups.

    Colombia also has one of the more stable economies in Latin America. According to the Inter-American Development Bank, Colombia has had a GDP growth rate of 3.2% over the past 75 years, with only a single year of recession – in 1999. During the last 25 years, Colombia grew at a rate of 3.1%, compared with a 2.5% annual average in Latin America. We have never defaulted on our international obligations and never experienced the hyperinflation characteristic of other countries in the region.

    However, and in spite of all the advantages of Colombia, our internal conflict has been going on for four decades without a solution. It is the only conflict of its kind left in the hemisphere, despite many bold efforts to realize peace, especially during my term.

    The characteristics that the Colombian conflict presents today could be summarized as follows:

    • It is a conflict involving two different illegal actors: Guerrillas and paramilitary forces. Both of them have been financed by drug trafficking since the late eighties.
    • It is not a civil war: It is a war AGAINST the civilian population. Our society is not divided over this confrontation. On the contrary, Colombians are unified about finding an end to it. The nation’s sovereignty remains intact. The armed illegal actors do not have the support of even 1% of the population.
    • It is not a conflict over territory. It is not caused by ethnic or religious hatred. Neither is it a social confrontation between rich and poor. Political motivations that existed decades ago have disappeared.
    • Although for many years the conflict was centered in Colombia’s vast rural regions, it has become “urbanized” in recent years. This is due to a change in strategy by the guerrilla groups to spread terror in Colombia’s cities.
    • It is one of the longest running conflicts in the world, but it cannot be branded as a high intensity one. The majority of homicides are caused by the drug trafficking that finances the conflict.
    • The illegal armed groups have been internationally recognized as terrorists, and their acts are geared towards this type of activity, but we cannot exclusively call it a terrorist conflict.
    • It is a conflict which takes place amid very complicated geography – Colombia’s rugged Andean mountains and its vast Amazon forests. These are ideal conditions for guerrilla and paramilitary activity. And difficult ones for traditional armies and law enforcement to counter.

    THE SOLUTIONS TO THE PROBLEM

    With such a complex situation, what can be done to reach a solution?

    When I took office as President of Colombia in 1998, I decided to apply an integrated strategy to attack the root of the problem: both a search for peace and a fight against drug trafficking.

    To begin, we needed to improve the image of the country before the world, because it was clear Colombia could not resolve its conflict without strong international support.

    Our goals were precise: Normalize our relationships with other countries, obtain international involvement and “burden sharing” in the fight against drugs, and interest others in helping Colombia without internationalizing the conflict.

    To this effect, I decided to personally lead a diplomatic international offense. I believe that in the modern world, despite advances in modern communications, there is no better means to handle relations between States than personal contact between Heads of State.

    First, I met with leaders from around the world, either one-on-one or at different international forums. I presented Colombia’s case, requested solidarity with our people and co-responsibility in fighting a global drug problem. I also offered permanent support for my country against terrorism and explained our strategy for peace. As a result, Colombia received not only the support of the international community but an acceptance from other countries that they, too, shared responsibility in the fight against drugs and against the violence caused by the drug trade.

    Second, we made a commitment to strengthen our Armed Forces. Our goal was to professionalize our military and provide them with better training and equipment. We sought improved air mobility to achieve a military presence across Colombia’s vast territory. We improved our intelligence capabilities. In addition, we improved the military’s human rights performance, so the armed forces would better be respected by both domestic and international audiences. In this area of human rights it became clear that, as the military gain strength and presence with professionalism, their respect for human rights also strengthen.

    Above all else, we sought to improve personal conditions for our troops. I am convinced the best arms and equipment are worth nothing if you cannot count on the morale of your men. When I took office, I was saddened that our soldiers did not have the proper tools and training to go into battle. On one occasion, while visiting troops, I saw soldiers wearing boots held together with pieces of truck tires, because their boots had no soles. If we were to have an army expected to produce results, the first thing that we had to do was treat our men with dignity and equip them with the necessary tools they needed for their mission.

    The professionalization of both the military and the police forces, built public support for our security forces. When I became President, only 34% of the population believed they could defeat the guerrillas. By the end of my term, more than 65% of the population believed our Military Forces had the capacity to win. The armed forces are today the most highly regarded institution in Colombia and the population increasingly show signs of feeling better protected.

    Third, a strategy was designed to fight against drug trafficking. As I mentioned, we sought to engage the international community to convince them of the need to be part of this effort of interdicting drugs, counter money-laundering and enhancing law enforcement in Colombia.

    We also reinforced legal mechanisms, such as drug dealers’ extradition and the seizure of their riches. This was important because drug trafficking fuels corruption and terrorism. I never hesitated to fight drug trafficking, applying all the weight of the government. Back then, we used a sentence to describe our actions: “For drug dealers, criminal action; for peasants, social action”.

    Our tactics involved eradication of illegal coca and poppy plantations, through aerial fumigation, manual eradication and alternative development. Alternate development is key because we had to give poor peasants an alternative to growing illegal crops, and a means to survive.

    At the beginning of my term in 1998, Colombia had about 145,000 hectares of coca. Four years later, this dropped to 103,000, a reduction of 30%. Today, due to the continued efforts by President Uribe’s government, coca hectares have been reduced to 80,000.

    Fourth, it was absolutely necessary to address social conditions which contribute to problems in the country. We had to improve access to government services in areas of the country where these did not exist. For this purpose, Plan Colombia was designed, which involved an investment of more than $7.5 billon. 75% of the Plan was dedicated to social development in the most remote regions. This social investment is essential – even if poverty can never justify violence, it is also true that with hunger and poverty it is impossible to achieve peace.

    Finally, we looked for a political solution through negotiations. This tool complemented other ones and had the objective of bringing the two guerrilla groups to the negotiating table, so they could exchange their violent lives for political activity as other groups had already done in both Colombia and Central America.

    This strategy required the personal leadership of the President. We were able to bring to the negotiating table the leadership of the FARC and ELN. But unfortunately, after three years of talks, the terrorist and drug trafficking factions within the guerrillas showed that they were more powerful than the handful of remaining political guerrillas.

    It was not possible to reach an agreement and the process was interrupted after a series of deadly bombings by the FARC. Just between early January and February 20, in 2002, the date when the peace process ended, this guerrilla group committed 117 terrorist attacks. The guerrillas chose terrorism, financed with drug trafficking money. Drug profits were more important to them than peace.

    The desired goal was not reached, but we advanced the path of peace, demonstrating with it the strength of our democracy. Only a strong democracy can offer a peace hand and come out stronger even if that hand is rejected by the violent groups. The peace proccess exposed the guerrillas and their true intentions to the country and the world. By rejecting the opportunity of peace, the guerrillas suffered their greatest political defeat.

    Today, President Uribe’s government is leading, with audacity, a peace process with the illegal paramilitary groups that has already resulted in the demobilization of close to 10,000 men. The U.S. Congress recently approved $20 million in funding to support this process.

    Dear friends:

    The fight against terrorism and drug trafficking is not easy. It requires time, it perseverance, patience and resolve. Terrorism is an invisible enemy, elusive and volatile. It cannot be faced alone with grand military actions.

    But there is something else we must remember. There is a need to address global poverty and underdevelopment. These are conditions which breed violence and terror.

    Colombia is a case in point. It is true the conflict we have suffered for four decades is a cancer on our society system. But the underlying disease is poverty. Our challenge, beyond ending violence, lies in meeting the needs and desires of our people. That is why, during my government, 75% of resources from Plan Colombia were destined to fight poverty in the regions most remote, and most affected by the conflict. This is why the current Colombian government is investing 66% of its resources for social development between 2003 and 2005. It is very clear that where there is no effective social policy, security efforts prove useless.

    Unfortunately, the solution to drug trafficking does not lie solely in my country. Colombians continue to eradicate more and more hectares of coca and poppy every day, intercept drug planes and boats, chase and extradite drug lords and seize their fortunes. But as long as similar efforts are not made to reduce illegal drug consumption, we will never win.

    As long as the international community – and especially developed countries – believes the problem is not theirs, too, our youth will suffer from drugs and the violence it perpetuates.

    While investors and banks close their eyes permissively to the flow of immense amounts of money coming from the illegal drug business, our sacrifices will be in vane.

    The solution is two-fold: international cooperation which encompasses all stages of the drug business, including the chemicals used to manufacture drugs; cultivation and production, transport, sale and drug consumption; money laundering and arms and explosives trafficking.

    You, my dear friends of IFES, you now better understand the fight we are all engaged in. In your hands I leave this diagnosis, so we can all continue contributing to solutions and construct a future worthy of the human being.

    Thank you.


    Lugar y fecha

    Colorado Springs, Estados Unidos
    5 de diciembre del 2005

    inline_886_http://andrespastrana.org/apav2/wp-content/uploads/2015/05/CARTA-BANTZ-J-CRADDOCK-COMANDANTE-COMANDO-SUR-DE-LOS-ESTADOS-UNIDOS-AGOSTO-1-20061.jpg></img></br><h2>Lugar y fecha</h2>Washington, Estados Unidos
1 de agosto de 2006

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    inline_365_http://andrespastrana.org/apav2/wp-content/uploads/2015/05/CARTA-REPRESENTANTE-SAM-FARR-JULIO-18-2006.jpg></img></br><h2>Lugar y fecha</h2>Washington, Estados Unidos
18 de julio de 2006

</div></p>

    What the Arab world really wants

    Hernando de Soto

    Middle East protest has its roots not in Islam but in frustrated enterprise

    Two years ago, the West thought it recognised what was happening in the Arab world: people wanted democracy, and were having revolutions to make that point. Now, recent events in Egypt have left many open-mouthed. Why should the generals be welcomed back? Why should the same crowds who gathered in Tahrir Square to protest against the old regime reconvene to cheer the deposing of their elected president? Could it be that the Arab Spring was about something else entirely?

    I believe so. The Arab Spring was a massive economic protest: a demand that the poor should have the basic rights to buy, sell and make their way in the world. I have the nerve to say this because just after the death of Mohammed Bouazizi, the Tunisian fruit seller who started the Arab Spring by setting himself ablaze, my researchers spent 20 months in the region to find out more. Why would someone kill himself after he had lost a cartful of fruit and an old set of scales? We found something the newspapers missed: he was not alone. No fewer 63 men and women replicated Bouazizi’s protest within two months of his death, in one country after another.

    We interviewed their families, and started to piece together their story — the true story of the Arab Spring. The picture is now complete and the facts are in. These facts have deep implications for David Cameron’s government. Our research suggests that the region’s revolution has just begun and has the potential to transform the Arab world for the better. But only if the West can see what is really going on, and offer support.

    As is so often the case with political martyrs, Mohammed Bouazizi has come to mean different things to different people. To some he’s a symbol of resistance to injustice; to others an archetype of the fight against autocracy. Last year the Occupy activists enlisted him as a spiritual ally. It is hard to imagine that the real Bouazizi would have recognised himself in any of these incarnations.

    When local authorities took away his fruit and scales, his livelihood was destroyed. He knew that from then on he would never have a legal right to put up a stall. He had no way to reduce the cost of the bribes that he paid regularly for his right to buy and sell. This would destroy his ability to get credit to buy the truck he dreamed of. The government has the power to crush people like Bouazizi, and it seemed to him that they would do so. He protested, in an act copied by 21 more people in Tunisia, 29 in Algeria, five in Egypt, four in Morocco, two in Syria, one in Saudi Arabia and one in Yemen.

    They were all, like Bouazizi, extralegal entrepreneurs — protesting for the right to get on. The right to own and better their lives; to accumulate capital; not to have their property expropriated on a whim. They were in businesses as diverse as restaurants, computing, real estate, opticians and taxis and their decision to commit suicide in public was usually taken after the authorities confiscated their wares or their documentation. As one Tunisian survivor told us: ‘I have no problem with competition, but expropriation is an indignity. Authorities do not recognise what is ours, and that is not -tolerable.’

    This is the case not just for most of the Arab world, but for most of the third world. The phrase ‘black market’ suggests, to western ears, dodgy dealing on the sidelines. But in the Arab world legality is what happens on the sidelines. Economists look only at the official statistics, and imagine, for example, that Egypt has a massive unemployment rate. If you were an out-of-work Egyptian, however, you would be dead after three or four months because you would not have enough food. Most Arabs are working, but in a way that has become invisible not only to their governments but to the West.

    Outside Cairo, the poorest of the poor live in a district of old tombs called the ‘city of the dead’. But almost all of Cairo is the city of the dead — that is to say, dead capital. Assets that cannot be used to their fullest, cannot be used as collateral for loans or changed for other assets. Seeds that can never grow. These people are working, but not in ways that western governments are prepared to recognise. Given the chance, they would pull themselves, and their countries, out of poverty. But they are denied the chance, because the rule of law is a cosy club to which only the elite belong.

    And the scale? In Egypt alone, the extra-legal sector accounts for 84 per cent of businesses and 92 per cent of land parcels. My organisation, the Peru-based Institute for Liberty & Democracy, estimates that some 380 million Arabs derive most of their income from the ‘shadow’ economy.

    If the Arab Spring is to be compared to a revolution, then it should that of England in 1688. After the Glorious Revolution, the crown agreed to be limited by the rule of law. The English were able to have deeds for their property, a right that even a king could not take away. People could borrow against their property, no matter how humble. The eventual result was the industrial revolution. This process, which allowed the West’s incredible economic transformation, has yet to happen in the third world. And so many billions of people are stuck in poverty.

    This is not some western monopolistic conspiracy. Americans, Europeans and Japanese take the wealth-creation process so completely for granted that they have forgotten that property is about more than real estate or ownership. It is about the identities, contracts, rules, credit guarantees and documented information that allow entrepreneurs to join people, things and capital into more valuable combinations. These tools, essential to escape poverty, lie out of reach for most Arab entrepreneurs. In Egypt, for example, to legally own a small business such as a bakery requires dealing with 29 different government agencies and navigating 215 sets of laws. In Arab countries, the poor entrepreneur’s right to transact derives from the goodwill of local authorities, not the law. When Bouazizi and those other entrepreneurs lost that goodwill, that right evaporated, severing access forever to the legal tools that property rights bestow. Those authorities expropriated not just their property but their futures. This is why they burned themselves alive.

    Britain has been generous with international aid. But if Cameron were to match this by pointing out the obstacles facing the Arab poor, it could be transformative. He has long been a vocal proponent for property rights and the rule of law as crucial elements for economic development. What better moment than to carry that message to the Arab world? Relieving poverty need not be seen by the new Arab governments as an act of charity. On the contrary, legal reforms are already  at the top of these new governments’ agendas for growth.

    It was a British philosopher, Gilbert Ryle, who coined the term ‘category mistake’. If don’t get your categories right, he said, you won’t get your analysis right. If the West places Egypt and the Arab Spring into the category of ‘Islamist uprising’, it will not only misunderstand the hopes of millions but miss a remarkable opportunity. By our estimates, entrepreneurs who want a legal system with property rights like those in the West outnumber al-Qa’eda members in the region by a ratio of about 100,000 to one.

    Britain is ideally placed to see the link between the 1688 Glorious Revolution, and what it did to ensure so many shared the benefits of the industrial revolution, and what is happening today in Egypt. If it did so, much of the confusion of what underpins the Arab Spring would clear up. This is not only an Arab phenomenon. It needs an eloquent western advocate, who can point the economic potential in extending the rule of law, property and businesses to the many, not the few. The West has spent decades making a category error in how it sees third world poverty and stability. It needs a new voice, with a new approach. There is no reason why that voice should not be David Cameron’s.

    *Hernando de Soto, is president of the Institute for Liberty & Democracy and author of The Mystery of Capital.

    Fuente: http://www.spectator.co.uk/features/8959621/what-the-arab-world-really-wants/


    Fecha

    13 de julio del 2013

    Doctor
    JUAN MANUEL SANTOS CALDERON
    Presidente de la República
    Ciudad

    Señor Presidente:

    Con estupor y profunda extrañeza he leído en el día de hoy, en el diario el tiempo, las declaraciones del Agente de Colombia ante la CIJ, en las que sostiene con gravísima equivocación para los intereses colombianos, que un Tratado con Nicaragua….”tendría que pasar definitivamente por crear algún tipo de confirmación del archipiélago y asegurar su supervivencia”…

    Considero con todo respeto señor Presidente que el país debe saber si usted y su Canciller comparten semejante despropósito, que refleja un delicado desconocimiento de lo que la Corte de La Haya decidió tanto en el pronunciamiento de las excepciones preliminares del año 2007 como en su fallo de hace dos años, a saber, que el Tratado Esguerra Barcenas es válido y vigente, y que el Archipiélago de San Andrés y Providencia así como los cayos del norte , son de Colombia , todo lo cual, pretendió y perdió Nicaragua en el pleito con Colombia y que es bueno que nuestros compatriotas recuerden.

    O ¿será que en las pretendidas negociaciones del gobierno nacional el señor Arrieta va a ceder algo de la soberanía integral de Colombia que la Corte Internacional de Justicia ya le reconoció?.
    Cordialmente,

    ANDRÉS PASTRANA ARANGO
    Expresidente de la República


    Lugar y fecha

    Florencia, Italia
    23 de noviembre del 2014

    Cuando una persona sufre el drama inhumano del secuestro y recobra la libertad, siente que inaugura una nueva vida. Así me pasó a mí el 25 de enero de 1988, a primeras horas de la tarde, cuando fui liberado del cautiverio a que me tenían sometido “los extraditables”, bajo el mando de Pablo Escobar, gracias a un operativo relámpago de la Policía en el municipio de El Retiro, Antioquia.

    No podía imaginar entonces que exactamente 11 años después, a la 1 y 19 de la tarde del 25 de enero de 1999, siendo Presidente de la República, el destino me mostraría otra vez su rostro insondable, cambiando mi vida y la de miles de colombianos.

    En ese momento yo estaba reunido en mi despacho con el canciller Guillermo Fernández de Soto, repasando la estrategia que seguiríamos en el Foro Económico Mundial que se realiza cada año en Davos, Suiza, un escenario propicio para presentar la estrategia de paz y lucha contra el narcotráfico, para conseguir nuevos recursos para el país y para continuar con la tarea de recuperar su imagen internacional. En las oficinas del Palacio de Nariño varios funcionarios trabajaban contra el reloj, preparando el viaje que comenzaría hacia las 5 de la tarde. Por fortuna, no había mayores indicios de que algo complicado en materia de orden público sucediera. Casi como una regla de oro, cada vez que el Presidente sale del país, algo grave ocurre, pero esa tarde había una calma sospechosa.

    Fue entonces, a la 1 y 19, cuando sentimos un fuerte remezón y vimos que las lámparas se movían. “Esto es un temblor muy fuerte”, le dije a Guillermo. De inmediato marqué a la oficina del secretario privado, Camilo Gómez, y le pedí que averiguara la magnitud y el epicentro del sismo. Mi instinto me decía que el asunto era muy serio y que el temblor iba más allá de lo normal.

    No se tenía información precisa pues se había perdido la comunicación con la zona afectada. Todo indicaba, en primera instancia, que el problema estaba en Pereira, que pocos años atrás había sufrido un sismo importante.

    Con esos primeros datos ordené movilizar todos los instrumentos de socorro que fueran posibles y le di instrucciones a mi secretario privado para que cancelara el viaje a Suiza. También pedí que se organizara mi desplazamiento inmediato a la zona del terremoto y acordé con Nohra que ella se quedara en Bogotá atenta a la coordinación de cualquier ayuda humanitaria que se requiriera.

    Algunos de mis asesores se opusieron al viaje. Estaban temerosos por razones de seguridad o consideraban que debía esperar a tener una información más detallada. Sin embargo, no lo dudé ni un segundo: había que estar allá. Caminando hacia el helipuerto me topé con Manuel Santiago Mejía, un empresario antioqueño y viejo amigo, que casualmente estaba ese día en Palacio, y le pedí que me acompañara. Él no tenía equipaje, así que le presté una camisa y un pantalón, que habrían de servirle en los días siguientes. A partir de entonces él se convertiría en una pieza clave en la atención de la emergencia y luego en la reconstrucción de la ciudad.

    Junto con los altos mandos militares y otros funcionarios del Gobierno, salimos hacia Pereira, pues se pensaba que allí la tragedia había sido mayor. Llegamos hacia las 4 y 30 de la tarde, apenas tres horas después del terremoto, y constatamos aliviados que los daños en esa ciudad no habían sido tan grandes. Allí encontré a Luis Carlos Villegas, un pereirano entusiasta que lleva años al frente de la Andi, y le pedí que me acompañara y que gerenciara el proceso de la reconstrucción. Él, lleno de compromiso y amor por su región, aceptó de inmediato y terminó convirtiéndose en el primer director del Forec -el Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero-, realizando una labor que sería considerada como un ejemplo para el mundo entero.

    Luis Carlos me comentó que su hija, Juliana -la misma joven que meses después sería secuestrada por la guerrilla en un acto que mereció el repudio nacional-, estaba ya haciendo algunos mercados para ayudar a los damnificados. Fue entonces cuando nació la idea de pedir a los supermercados en todo el país que prepararan paquetes de alimentos básicos por 10 mil, 20 mil o 30 mil pesos para que los colombianos los adicionaran a sus mercados con destino a las víctimas del terremoto. ¡Cuántos alimentos se recaudaron de esta sencilla manera gracias a la solidaridad de miles de compatriotas!

    Nos dirigimos entonces a Armenia, donde la sorpresa nos encogió el corazón. El panorama que contemplamos desde el helicóptero fue sobrecogedor. Lo que estábamos viendo era una ciudad destruida casi por completo. Por mi cabeza pasaban las imágenes del terremoto de Popayán de 1983, cuyos efectos devastadores registré como periodista, pero lo que ocurría en Armenia era mucho peor. No pronunciaba ni una palabra. El dolor enorme apretaba hasta el alma.

    Durante la aproximación al helipuerto de la Brigada sucedió algo aterrador. Una de las replicas acababa de estremecer la tierra y ante nuestros ojos incrédulos se derrumbó el Edificio de la Asamblea del Quindío, en tanto salían de todas partes de la ciudad enormes columnas de humo y de polvo. Esa réplica había ocasionado más daños que el temblor inicial. Era una escena impresionante. ¡Qué momento tan angustioso! ¡Qué impotencia sentíamos desde el aire viendo cómo la naturaleza se ensañaba con la ciudad sin que pudiéramos hacer nada!

    Tan pronto aterrizamos, vimos cómo los soldados corrían despavoridos. Otra réplica del temblor había derribado un muro enorme. Sin más demoras salimos en tres carros hacia la ciudad, aunque era casi imposible transitar en los vehículos. Las calles estaban llenas de escombros. Lo más aterrador eran los rostros de desolación y de angustia que tenían las personas afectadas, deambulando sin saber qué hacer, sin saber a dónde ir, sin conocer la suerte de sus familiares.

    Una de las primeras imágenes que vimos fue la del cuartel de bomberos, destruido por completo. Allí estaban unos pocos bomberos haciendo esfuerzos sobrehumanos para buscar a sus compañeros que habían quedado sepultados. Tan sólo era posible ver, en medio de las ruinas, pedazos de las maquinas inútiles. Era una dura paradoja: los bomberos no podían rescatar ni a sus propios muertos…. Nada podían hacer y a nadie podían socorrer.

    Ya empezaba a oscurecer y la ciudad estaba sin luz y sin agua. Nos dirigimos hacia la Cruz Roja, a donde comenzaban a llegar los heridos. Allí, luego de recibir algunos informes, intenté vanamente comunicarme con Bogotá, pero todos los sistemas de comunicación estaban inservibles. Había que tomar medidas urgentes. En compañía de los generales y de los demás miembros del grupo que me acompañaba, al cual se habían sumado el alcalde y el gobernador, instalamos un Comité de Emergencia en plena calle para evaluar la situación de orden público, pues la falta de luz y la angustia de la gente podían empeorar la situación.

    A esas horas ya teníamos mayor información sobre la dimensión de la tragedia y los datos horrorizaban. Si bien es cierto que el número de muertos no era tan elevado para la magnitud del terremoto, el número de damnificados era inmenso. Los primeros informes daban cuenta del desespero de los damnificados por la escasez de alimentos y de bandas de saqueadores que estaban haciendo de las suyas. Recuerdo que cuando nos enteramos de esto le dije a los generales Tapias y Serrano que me acompañaban en la reunión: “Están saqueando la ciudad y dos generales están aquí sentados. Necesito que se dediquen inmediatamente a esto, que traigan todos los soldados y agentes que sean necesarios para garantizar la seguridad”.

    Pasada la media noche decidimos ir a descansar, con el objetivo de levantarnos temprano en la mañana para recorrer los demás municipios de la zona. Yo me quedé en la casafinca del líder quindiano Iván Botero Gómez, a la salida de Armenia. Mientras intentaba conciliar el sueño no podía dejar de recordar los rostros desconcertados de quienes acababan de perder su ciudad, sus casas y sus familiares. Era imposible dormir. Cerraba los ojos y veía los gestos desesperanzados de los damnificados, veía las ruinas de Armenia, veía ese panorama desolador que el terremoto había dejado. La sensación de tristeza me invadía por completo, pero también la indignación por los saqueos era incontenible. ¡Cuánta rabia sentía al saber que muchos intentaban aprovecharse de la desgracia de los demás!

    Muy temprano, con las primeras luces del día, iniciamos el recorrido por otros municipios afectados y volvimos a Armenia para revisar los avances de la ayuda y la situación de orden público. Desde entonces, y por casi cinco días, me quedé a trabajar en esa ciudad, donde prácticamente desplacé mi despacho y el gabinete. Organizamos una sala de crisis en la sede de la Corporación Autónoma del Quindío, donde sesionó el Consejo de Ministros y se decidió la declaratoria de la emergencia económica y social. Además, coordinamos la llegada de las primeras ayudas, definimos los mecanismos para transportar los alimentos que se necesitaban cada día, así como la ubicación de los primeros refugios para los damnificados. En suma, se empezó a diseñar la reconstrucción del eje cafetero.

    Cada día y cada noche, a nuestro paso por las calles de los municipios afectados, las escenas que presencié fueron desgarradoras e inolvidables. Tanta gente con sus colchones, sus pocas pertenencias, sentadas sobre las ruinas de los que fueron sus hogares, con la mirada perdida. Tantos ancianos, madres y niños que me abrazaban llorando, como si fuera la única solución de sus desgracias. Caminando en las noches por esas cuadras oscuras, apenas alumbradas por las hogueras prendidas por los damnificados, no podía dejar de pensar en esas imágenes de espanto que tienen las ciudades después de la guerra. En esos momentos sentí el peso tremendo de lo que significa ser gobernante.

    Fueron, sin duda, los días más duros y tristes que viví como Presidente. Durante los meses siguientes seguí visitando la zona con frecuencia para constatar los avances de la reconstrucción hasta que el 25 de enero de 2002, tres años después del terremoto, en la reconstruida plaza de Armenia, pudimos dar el parte emocionado y entonces inimaginable de “misión cumplida”, después de una inversión de 1.6 billones de pesos y de haber liderado un proceso que fue reconocido nacional e internacionalmente por su transparencia y su eficiencia.

    Dos símbolos quedan en mi memoria como recuerdo de este empeño vital. Una pulsera con la bandera de Colombia que aún llevo puesta y que me regalaron un grupo de familias damnificadas de Pereira el día en que les entregamos las llaves y los títulos de sus nuevas viviendas. También un cartel que agitaban al viento en la plaza de los arrieros, cuyo lema me llegó al corazón: “Armenia tuvo terremoto, pero también tuvo Presidente”.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    2003
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