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  • CONGRESO NACIONAL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

    Inventando Un Mundo Nuevo

    Todos somos conscientes de los desafíos que el mundo de hoy está presentando a la política y lo somos porque insistentemente se nos están demandando respuestas que no conocemos o nos estamos viendo interrogados por preguntas que jamás nos hubiéramos hecho. Ustedes son conscientes de este fenómeno que se pone en evidencia a través de los hijos y de los nietos que con escepticismo miran la “rutina” de sus mayores ante un mundo pleno de dinamismos, de exigencias y de misterios que deben ser desvelados oportunamente.

    Yo, con mis hijos y con los hijos de los colombianos llenos de juventud, y seguramente ustedes con sus hijos y con la juventud de la nación Argentina, hemos descubierto que gobernar no es sólo administrar sino que es también el arte apasionado de inventar permanentemente un mundo nuevo.

    Ustedes, amigos legisladores y autoridades de la nación argentina, saben que venimos de la culminación de las cuatro grandes revoluciones de la modernidad: la revolución científico-técnica provocada por Galileo; la revolución industrial que generó el espíritu del mercado, el lucro, la libre competencia, el respeto a la propiedad y al pragmatismo; la revolución cultural, que nos hizo conscientes de ser razonables, y la revolución democrática, sintetizada en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

    Bien saben ustedes -y lo sé yo- lo mucho de positivo que nos han dejado ellas, pero también somos conscientes del gran número de inquietudes para las que no tenemos respuestas y que nos obligan hoy a cambiar la mirada sobre lo que está aconteciendo.

    Mirar con una mirada diferente es gobernar de una forma distinta.

    No se nos oculta que han llegado la internet, la informática, la reducción de los espacios y de las distancias; no se nos oculta que disponemos ya del mapa del genoma humano y que hay quienes toman riesgos incalculables experimentando con la vida a través de la clonación y de tantas otras perspectivas que apenas se insinúan pero que han de definir el mundo y la vida del cercano mañana.

    A nadie se oculta que ha llegado la tercera revolución industrial que, entre otras cosas, pondrá bajo interrogantes los éxitos de la etapa anterior. Esto nos indica que estamos en crisis, es decir, en el momento preciso de enunciar nuevos modelos, de inventar nuevas respuestas.

    Y esto nos indica, como alguien decía a principios de los años noventa, que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época.

    Por ello es preciso mirar con detenimiento en qué hemos acertado y qué debe ser corregido.

    De mi pasado guardo permanentemente el recuerdo de Don Eduardo Mallea en su viejo libro “Historia de una pasión argentina” y me divierto mucho pensando que los autores y pensadores no son importantes por lo que uno recuerde de ellos sino por lo que ellos han despertado en uno. Don Eduardo Mallea, cuando lo recuerdo, me despierta el ánimo de “tomarme cuentas” y a decir verdad, lo hago.

    Y son muchos los interrogantes:

    ¿Qué pasó con la política que se ha reducido tan sólo a ser el arte de lo posible y abandonó la apasionante tarea de hacer posible lo deseable?

    ¿Qué pasó con los sueños y las utopías que demandaban de nosotros creatividad y esfuerzo?

    ¿Qué aconteció con la felicidad de las gentes que de repente se encuentran de nuevo “vacías”, sin compromisos y sin proyectos?

    ¿Qué pasó con el hombre prometeico que decidió regresar a la naturaleza y por qué se ha convertido en un factor de la destrucción de ella? Es interesante la reflexión que hace H.J. Hohn en su texto “Contingencia y Osadía”, cuando dice que “en la sociedad industrial pasaban hambre los más pobres y en la nueva sociedad tosen por contaminación hasta los más ricos” y con ironía afirma que “antes todos los hombres eran iguales ante la ley y ante Dios y ahora lo son ante el agujero de ozono”.

    ¿Qué pasó con las certezas que teníamos?

    ¿Qué pasó con las cosmovisiones que acompañaban el razonamiento de las gentes?

    ¿Qué planteamiento socio-político ha venido a reemplazar o a superar el fracaso de las ideologías de cualquier signo que hayan tenido?

    ¿Qué sucedió con nuestra historia y con la memoria que han dejado de ser puntos de referencia en la vida cotidiana de nuestras gentes y de nosotros mismos?

    ¿Qué ha acontecido con los “valores” de cuya pérdida y recuperación siempre conversamos en los momentos de peligro?

    Todas éstas son preguntas que cotidianamente están indicándonos que es preciso “reinventar un mundo nuevo” y que para ello tenemos que reinventar la política.

    Reinventar la Política

    Tenemos que ser conscientes de estar trabajando para esa inmensa mayoría de jóvenes desencantados pero exigentes, ansiosos de tener puntos de referencia y una “carta de navegación” que les permita recuperar el sentido y la alegría de vivir.

    Hay una palabra para mí muy significativa que ha marcado el lenguaje y el pensamiento de Jorge Luis Borges, esa palabra es “el HACEDOR” y me siento bien cuando la empleo porque me da la sensación y me confirma la certeza de que voy avanzando, de que vamos avanzando, de que estamos respondiendo, desafiando a los desafíos, lo que equivale a decir que estamos haciendo política.

    La crisis política de la actualidad nos está revelando la apatía, el desencanto o el desinterés de las gentes por quienes dirigen, diseñan o están encargados de realizar el bien común.

    Hay quienes afirman que la política es un espectáculo y que “ninguna ideología es capaz, ahora, de entusiasmar a la gente”. Estamos pasando por una época en donde el político no es creíble; en donde algunos se atreven a afirmar que el sinónimo perfecto de corrupción es el concepto de administración pública y eso tiene que acabarse porque, de no suceder así, terminaremos devorándonos a nosotros mismos.

    El Sueño del Bien Común

    Inventar un mundo nuevo exige crear un sueño, una ilusión capaz de conducirnos “de la democracia que tenemos a la democracia que anhelamos”.

    Tenemos que estar en capacidad de decir en voz alta y con certeza que el bien común es la meta real de la política; que es preciso procurar la satisfacción de las necesidades básicas del ser humano como son aquellas del vestido, de la salud, de la vivienda y de la alimentación; que es urgente recuperar la necesidad de generar una educación vinculada a la creación de empleos y que no podemos dejar de lado el desafío de perder la carrera por el conocimiento.

    Sin embargo, estas tareas por la superviviencia las tenemos que cumplir diseñando una política de libertad, de justicia social y de solidaridad que nos permitan vivir en paz.

    La política tiene que tener la capacidad de generar un Estado Social de Derecho en el que quepa la participación de todos y la muy especial de la sociedad civil, que no es otra cosa que la comunidad organizada en términos de poder para cooperar con el Estado y con la política en la realización del bien común; a este estado social de derecho debe pertenecer igualmente una economía social de mercado que, dimensionando la libre iniciativa, el trabajo creativo y responsable, la productividad y la redistribución, permita vencer al “liberalismo totalitario” que hoy trata de imponerse, para que podamos fundar esa “economía social” capaz de abrir posibilidades de optimismo.

    A ese estado social de derecho, a esa economía social de mercado, debe corresponder, igualmente, un modelo social de desarrollo que nos permita diseñar el cambio en equidad y que haga posible impulsar las transformaciones necesarias en un ritmo humano que disminuya los actuales “costos sociales” que causan la pobreza y la exclusión.

    La Política surge de la Verdad

    Es por esto que la política debe hacer las paces con la verdad. Llegará el día en que la definición de política se identificará como el “arte de decir la verdad” y el político será definido como “aquel que siempre dice la verdad”.

    Es preciso observar, además, que la política tiene como obligación la de dar respuestas a los interrogantes de la comunidad, la cual puede exigir que esas respuestas sean oportunas.

    Ahora, cuando todos hablamos de globalización, cuando todos celebramos la primera década de la caída del Muro de Berlín y el fin de las ideologías; ahora, cuando la economía ha exigido que se abran las puertas de la libertad de comercio; ahora que la privatización ha recorrido su camino liberando al Estado de la administración de lo que no le era propio, debemos tener una respuesta positiva para aquellos que nos preguntan cómo cumplir con los derechos sociales, partiendo de una economía que se ha liberado de la intervención pública del Estado.

    ¿Cómo salvaguardar los intereses y derechos sociales de millones de habitantes en nuestro continente, privados de asistencia sanitaria, carentes de alimentación adecuada y para quienes no hay educación ni trabajo?

    ¿Cómo diseñar un desarrollo que garantice la justicia social al tiempo que se inyecte dinámica al crecimiento económico?

    Inventar un mundo nuevo requiere entender que la política, como la vida, no se agota en la economía. La verdadera política abre caminos en donde es preciso dejar abierta la creatividad de las gentes para que se participe de la construcción de la sociedad de una manera igualmente efectiva desde la cultura, desde el conocimiento, desde la tecnología y desde la ciencia. Es preciso que siga cumpliéndose aquel axioma de que el ser humano es el centro de todas las cosas y que la economía, la cultura y el arte fueron hechos para el ser humano y no éste para ellas.

    Los Límites de la Globalización

    No se trata hoy en política de convivir con la realidad. Se trata de desarrollar la capacidad de cambiar la realidad.

    Bien saben ustedes, y bien lo sé yo, que vamos hacia la globalización, pero que ella solamente será sana si el ciudadano, el ser humano, es capaz de reconocerse en ella. Participo del pensamiento de aquellos que afirman que la mejor manera de ser global es ser auténticamente local. Bien sé que la economía, el conocimiento y la solidaridad son globalizables, pero también sé que cada provincia, cada nación, cada pueblo, debe conservar sus “señas de identidad” que le permitan ser “él mismo”, alguien ante la historia. La cultura no es globalizable y yo personalmente no quiero asistir a ese espectáculo de pobreza sin retorno cuando no podamos reconocer que un argentino es un argentino, que un colombiano es un colombiano, o que un latinoamericano es un latinoamericano y llevemos todos con apacible indiferencia el sello de la deshumanización.

    Profeso la convicción de que la diversidad sin unidad es anarquía, pero también que la unidad sin diversidad es tiranía.

    Inventar un mundo nuevo es salirle al paso al “homo ciberneticus” y ponerlo a él al servicio del humanismo y de la comunicación y hacer de la comunicación una auténtica comunidad de transmisión de valores, de iniciativas, una comunidad lúdica y optimista que comprometa lo mejor de cada uno de nosotros.

    Inventar un mundo nuevo requiere un gran optimismo; requiere tenernos confianza los unos a los otros; requiere saber pasar de la hegemonía al pluralismo; requiere saber encontrar la verdad que hay en los otros; requiere saber que es preciso liberarnos de lo inútil para avanzar en el terreno en donde con toda la honestidad podamos decir que estamos, a través de la política, amando al prójimo como a nosotros mismos.

    Inventar un mundo nuevo exige tener la capacidad y la valentía, de reconciliarnos.

    Un viejo tango habla de la urgencia de “inventar el coraje”. Es preciso tener el coraje para reconciliarnos con nosotros mismos. Es preciso tener el coraje para reconocernos con los nuestros, aceptando los errores de un ayer que nos compromete con su reivindicación y es preciso aprender a reconciliarnos con los otros para construir con ellos ese armonioso cauce de orillas opuestas que conduce el común río de nuestras esperanzas.

    Derechos Humanos e Integración

    Inventar un mundo nuevo es comprender que ni la Argentina ni Colombia están solas, que se necesitan la una a la otra para poder desde la integración latinoamericana decir en voz alta su palabra.

    La integración latinoamericana hace parte todavía de nuestros sueños y es hora de que comience a hacer parte efectiva de nuestras realidades.

    Inventar un mundo nuevo es, señores legisladores, tener la certeza de que desde la política respetamos y promovemos y dimensionamos los derechos humanos. Es tener la certeza de la humanización de la sociedad y es abrirse campo hacia esa reconciliación con nuestro pasado, con nuestro presente y con nuestro porvenir que en mí evoca la lectura del pensamiento de ese gran argentino universal, de ese gran maestro de humanismo que es Don Ernesto Sábato.

    Un día se encontraron San Martín y Bolívar, dos genios diferentes de una misma historia latinoamericana que desde la sensatez y la cordura fueron capaces de crearnos estas patrias, que hoy unen sus manos para recorrer, desde un mundo nuevo creado desde su pensamiento, los caminos del porvenir, marcados por unos sueños que tienen la indudable dimensión de nuestras esperanzas.

    Es partiendo de estas bases, queridos amigos, de donde han brotado bajo mi gestión como gobernante, tanto el “Plan Nacional de Desarrollo: Cambio para Construir la Paz” como aquel que, comprometido con la erradicación del narcotráfico, es conocido como el “Plan Colombia”, que conduce a la superación del problema del narcotráfico mediante un profundo impulso del desarrollo social y la generación del bienestar.

    Sé muy bien que, igualmente, en la tierra de José de San Martín se trabaja hondamente en la misma dirección, así como he visto a muchos otros colegas en el continente coincidir en la inquietud y en el esfuerzo por crear una política y un mundo nuevos capaces de responder a los desafíos.

    Permítanme hoy terminar este mensaje al pueblo argentino haciendo mío el llamamiento de Sábato en esta tarea que hoy hemos reflexionado en conjunto:

    “Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. (…) El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”.

    Yo creo que en esta evidencia la historia de nuestros pueblos se ha encontrado en múltiples oportunidades y creo que ustedes, representantes de la nación argentina, y nosotros, que hemos sido destinados por la democracia para señalar el camino inicial de este milenio que comienza, sabemos lo que debemos hacer y hemos comenzado a cumplirlo.

    El porvenir tendrá el sello de nuestros compromisos y la intensidad de nuestros testimonios. Si somos fieles a nuestro destino ¡no “todo verdor perecerá”

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Buenos Aires, Argentina
    12 de octubre del 2000

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