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  • CONVENIO ENTRE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA Y LA FUNDACIÓN ENDESA PARA LA ILUMINACIÓN DE TEMPLOS Y BIENES QUE INTEGRAN EL PATRIMONIO DE LA IGLESIA CATÓLICA

    Cuando se llega por tierra a muchos municipios de Colombia, lo primero que se ve es la cúpula de su iglesia. Todas las contribuciones humanas al paisaje parecen humillarse ante su elevación. Indicando hacia el cielo, pero anclada en la tierra, ella comunica dos mundos: el de nuestras alegrías y penas terrenales y el de los secretos planes de Dios. En la iglesia, ese lugar consagrado a la oración y la reflexión, se ponen en contacto los decretos eternos con nuestra vida temporal. Lo divino y lo humano se abrazan dentro de sus muros.

    Los templos son lugares sagrados. Por eso, junto a su inmenso valor arquitectónico, junto a su invaluable importancia como patrimonio histórico de la nación y memoria de nuestras más queridas tradiciones, está siempre presente su significado espiritual. En ellos no sólo reposan campanas centenarias y pinturas solemnes estampadas sobre cúpulas magníficas, pues allí también brilla una luz que es más intensa que la de los vitrales y más fuerte que la de los más colosales cirios: la de Jesucristo.

    En ese sentido, el convenio que hoy se celebra entre el Episcopado Colombiano y la Fundación Endesa, en conjunto con Codensa S.A. y Emgesa S.A, es tanto un programa para mejorar el ornato de las iglesias de nuestros pueblos y ciudades como un llamado a recuperar, a través de mejoras en la iluminación, su importancia como faros para la vida de los ciudadanos.

    A sus gestores: al doctor Rodolfo Martín Villa, Presidente de Endesa S.A. y de la Fundación Endesa; al doctor Andrés Regué Godall, Presidente de Codensa y Emgesa, y, por supuesto, a su excelencia Monseñor Alberto Giraldo,  les debemos un inmenso agradecimiento. Gracias a ellos, al generoso aporte de nuestros fraternales amigos españoles a la iluminación de las sedes de nuestra espiritualidad, hoy podemos repetir las palabras de los salmos: “En Su luz veremos la luz”.

    Con ese brillo derramándose en las noches sobre las plazas y los parques, las estatuas y las calles, todos recordarán que en el lugar donde se origina, en esos muros donde algunos pasan de largo, los aguarda el mensaje del más iluminado de los iluminados. Después del convenio muchos transeúntes, que antes caminaban perdidos en las sombras, volverán a saber que hay lugares en los cuales la oscuridad nunca se posa.

    De esta manera la Iglesia colombiana sigue demostrando su compromiso con la luz y su lucha contra las tinieblas. Como portadora del mensaje cristiano, de las palabras de esperanza y de paz, continúa demostrando con hechos su preocupación por hacerle ver a la sociedad el lugar donde alumbra la verdad. Bien se ha dicho en los salmos: “¿Cómo han de ser conocidas en las tinieblas Tus maravillas, ni Tu justicia en la región del olvido?”.

    El resplandecer de las iglesias, al fin y al cabo, es el resplandecer de la concordia y la armonía. Todo aquello que realce su gloria, como es el caso de este convenio, debe refulgir sin cesar y mostrarse a los cuatro vientos.

    Bien decía Jesús en el hermoso sermón de la montaña: “No se puede encubrir una ciudad edificada sobre un monte; ni se enciende la luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero, a fin de que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

    Reciban todos un cordial saludo y la expresión entusiasta del agradecimiento de tantos fieles católicos que nos recogeremos y oraremos bajo el amparo luminoso de nuestros templos.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    25 de julio del 2001

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