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  • DEPORTISTAS COLOMBIANOS EN SYDNEY: EJEMPLO DE VIDA, LUCHA, SUPERACIÓN Y PERSEVERANCIA

    DESPEDIDA DE LOS DEPORTISTAS QUE VIAJARÁN A LAS OLIMPIADAS DE SYDNEY

    Aunque Jorge Perry Villate nunca terminó la maratón, sí comenzó la carrera de los deportistas colombianos en los juegos olímpicos. Este atleta, quien por su propia cuenta  participó en las olimpiadas de Los Angeles en 1932, fue el solitario pionero de esta empresa de la que sólo cuatro décadas después comenzamos a ver los frutos.

    Tras la estela del “Perro” Villate, como él era conocido entonces, llegaron nuestras primeras medallas en los olímpicos de Munich en 1972: la infalible pistola de Helmut Bellingrodth nos dio entonces nuestra primera medalla de plata y, en el aguerrido terreno del boxeo, Alfonso Pérez y Clemente Rojas nos alegraron con sus respectivas medallas de bronce. El desempeño de ese año fue memorable.

    Sin embargo, ese sólo fue el comienzo de la historia. Doce años después, Bellingrodth repitió en Los Angeles su hazaña y cuatro años más tarde, en la lejana ciudad de Seúl, un miembro de esa familia de campeones que es la familia Julio, ganó con coraje una medalla de bronce en boxeo. Ximena Restrepo, en la siguiente olimpiada, nos emocionó también cuando, ante la mirada estática de quienes seguíamos la carrera por televisión, obtuvo una medalla de bronce en la reñida prueba de los 400 metros.

    Estos han sido, sin duda, momentos de gloria. El mundo, a través de tales éxitos, supo que Colombia era algo más que un triste manojo de violencias. El mundo supo, entonces, que los colombianos disparaban para ganar medallas de plata y que, cuando arremetían contra alguien con los puños, era para recibir ovaciones en el deporte de las narices chatas y no para agredir a sus propios compatriotas.

    Sin embargo, tales logros no pueden abandonarse al puro empeño personal y al deseo individual de triunfo. Es cierto: sin ambos elementos ningún éxito deportivo sería posible, pero lo es también que ante la falta de las mínimas garantías para dedicarle tiempo al entrenamiento y al perfeccionamiento técnico, hasta la más férrea voluntad termina estrellándose contra las puertas cerradas del fracaso.
    Por eso mi gobierno ha decidido, sin demagogia pero sí con eficiencia, darle un sólido espaldarazo al deporte colombiano. Hemos impulsado, por ejemplo, el programa para deportistas de alto rendimiento, mediante el cual unos 250 talentosos atletas reciben la mejor asistencia profesional, así como un constante ingreso mensual y tiquetes para asistir a las competencias internacionales más representativas de cada disciplina. A través de Coldeportes, el Estado ha cubierto de esa manera -con una inversión de más de 2.000 millones de pesos anuales- los vacíos que, en disciplinas poco publicitadas, pero no por ello menos fundamentales, deja la empresa privada.

    En consecuencia con esa política, también el gobierno logró la aprobación de la reforma del artículo 52 de la Constitución Nacional, donde, si bien se estipulaba la obligación estatal de apoyar el deporte y la recreación, faltaba la recomendación de considerar ambas actividades como un gasto público social. Tras la reforma, aprobada en el Congreso de la República, su presupuesto ya no dependerá del arbitrio de los gobernantes sino que será un rubro necesariamente incluido en los gastos de la Nación.

    En la misma línea cabe mencionar aquí el programa ALTIUS, del cual algunos de los aquí presentes han salido beneficiados, cuyo objetivo es prestar la mejor asistencia técnica y el más amplio respaldo económico a los más selectos deportistas del país. El Comité Olímpico Colombiano, por medio de este programa, se ha esmerado en procurarle la mejor preparación posible a la delegación nacional. Seguramente veremos, después de tal esfuerzo, unos magníficos resultados.

    Estimados amigos:

    El deporte colombiano está en ascenso. Desde el tenis hasta el ciclismo, desde el patinaje hasta el automovilismo, nuestros deportistas están ocupando las más destacadas posiciones.

    Sólo hace unos días veíamos cómo una niña de sólo trece años, la “Chechi” Baena, conquistaba tres títulos mundiales en los campeonatos de patinaje en Barrancabermeja. Esta pequeña cartagenera encarna para mí el futuro del deporte nacional. De ese temple, señores y señoras, es que nace la esperanza.

    Cómo no mencionar también las victorias de los ciclistas colombianos, no sólo en los ascensos, como era nuestra tradición, sino también en las etapas planas de carreras tan importantes como el Giro de Italia o el Tour de Francia. Lo realizado este año en las carreteras de Europa por nuestros escarabajos nos ha recordado los heroicos tiempos de Lucho Herrera o de Fabio Parra, cuando veíamos con frecuencia a la bandera colombiana ondearse en los picos helados de los Alpes o de los Pirineos.

    Asimismo podría mencionar el brillante desempeño de la cucuteña  Fabiola Zuluaga en la presente temporada, cuando llegó a ocupar el puesto 32 del ranking internacional, o aludir a nuestro bicampeonato de fútbol en el torneo esperanzas de Tolón. No podría dejar de mencionar, a su vez,  los nervios de acero de Juan Pablo Montoya, quien, en los límites de las leyes de la física, ha superado el desafío de sus rivales y de la misma mecánica. El balance, en suma, no puede ser sino alentador.

    El equipo colombiano que va camino a  Australia, no me cabe duda, completará la faena. Pronto veremos las medallas en pesas de la campeona mundial María Isabel Urrutía o de la subcampeona panamericana Carmenza Delgado. En el tiro, por si no nos bastarán las proezas de vencer el peso de los hierros, tendremos los disparos certeros de Andrés Felipe Torres o Danilo Caro. La antioqueña María Luisa Calle y el campeón del mundo en la prueba de los treinta kilómetros por puntos, Marlon Perez, descollarán sin duda en los velódromos. Boxeadores como Andrés Ledesma, José Cruz Lazo o Francisco Calderón, noquearán al más fiero de sus adversarios y la chocoana Felipa Palacios, en el atletismo, no dejara siquiera que los cronómetros se enciendan                     ¡Colombia será grande en Australia

    Tan grande será como el evento que los acoge. Las olimpiadas son, al fin y al cabo, las competencias más exigentes y tradicionales del mundo occidental. Desde que el barón Pierre de Coubertin las reviviera en el siglo pasado se congregan allí los mejores deportistas del planeta, aquellos que van más alto, más rápido y más fuerte que el común de los mortales.

    En últimas, creo yo, estas gestas, que poco difieren de aquellas de la remota antigüedad griega, siguen siendo el encuentro de un selecto puñado de seres humanos buscando rebasar los límites de su cuerpo y luchando, antes que nada, por algo tan abstracto y tan sublime como lo es el honor.

    La bandera que hoy les entrego no es por eso un decorado de los uniformes ni, tampoco, una mera distinción respecto a los demás equipos. La bandera es el sentido último de su esfuerzo. En sus manos queda, amigos deportistas, elevar el orgullo nacional.

    Y no olviden jamás que en su triunfo llevarán consigo los corazones jubilosos de 40 millones de colombianos que los admiran y los tienen como ejemplo de vida. Porque eso son ustedes: ejemplo de vida, de lucha, de superación, de perseverancia.

    Miren no más el caso de Beibis Mendoza, nuestro recién estrenado campeón mundial de boxeo. Él se preparó y luchó como ninguno en los Juegos Olímpicos de Atlanta, pero no alcanzó a traer una medalla a su país. Y ante los ruegos de su madre, quien le pedía, preocupada por los riesgos del boxeo, que abandonara este deporte, él le contestó: “Tranquila. Ya verá que ganaré muchas cosas y sacaré adelante la familia”.

    Hoy Beibis es un gran campeón, que ratificó en Las Vegas su madera de triunfador. Y así mismo lo harán ustedes en Sidney, porque, como dijo Miguel de Cervantes, “el hombre bien preparado para la lucha ya ha conseguido medio triunfo”.

    Ustedes son la juventud, la fuerza y el coraje de Colombia. Y todos sabemos que harán lo mejor de lo mejor para conseguir la otra mitad del triunfo.

    ¡Suerte, campeones! ¡Y buen viaje!


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    14 de agosto del 2000

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