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  • GOBIERNO Y FUERZAS MILITARES CONSTRUYEN LA PAZ

    Ceremonia de ascenso de los oficiales generales y de insignia de las Fuerzas Militares

    Como Presidente de la República, investido de la legitimidad que otorga la voluntad popular democráticamente expresada en las urnas, vengo hoy al “alma máter” del ejército de Colombia a cumplir, con mucha satisfacción, la decisión del Gobierno Nacional de otorgar, en nombre del pueblo que represento, las insignias de generales de la República a un distinguido grupo de oficiales que se ganaron ese alto honor a lo largo de una carrera de servicios a la Patria, llena de merecimientos.

    Tiene, pues, esta solemne y brillante ceremonia un especial significado. Ustedes son el ejército legítimo de la República, y a ustedes, surgidos de la entraña popular y expresión de las más nobles virtudes del alma colombiana, la Nación les ha concedido voluntariamente el privilegio y el deber de defenderla.

    Son, por tanto, las Fuerzas Armadas, la más pura manifestación de la idiosincrasia del pueblo cuya protección constituye su razón de ser y de existir, y por ello, el acatamiento disciplinado a los mandatos de la democracia significa el primer deber y la regla de oro del honor militar.

    Por eso los ascensos militares en un Estado de Derecho, desde el cabo hasta el general, no pueden ser el resultado de la voluntad arbitraria de un in-dividuo, sino el fruto madurado y razonado de un análisis objetivo y serio de las hojas de vida y de la personalidad de los aspirantes calificados para el cargo. La naturaleza misma de los ejércitos y su inevitable estructura piramidal hacen que en la medida en que se asciende por la escala del mando la pirámide se vaya estrechando, de tal manera que en cada grado algunos servidores deban abandonar las filas, seguramente con dolor y tristeza.

    Pero el interés supremo de la Nación exige ese duro sacrificio, para garantizar que en los más altos cargos de mando estén siempre los mejores oficiales, los más preparados, los que hayan demostrado a lo largo de sus extensas carreras más aptitudes y resultados más concretos y convincentes en las diversas tareas encomendadas.

    En consecuencia, señores generales, las insignias que por mi intermedio Colombia pone hoy sobre sus hombros constituyen un honor inmenso, pero también una responsabilidad suprema.

    La vida y el destino de miles de hombres dependerán de las decisiones que ustedes tomen. En esta hora de definiciones trascendentales para el futuro de todos nosotros, la Patria ha confiado en ustedes, pero también espera mucho de sus ejecutorias. El ejército, sus compañeros, el Gobierno y Colombia confían en que el bastón de mando que hoy reciben, símbolo de su dignidad y de su autoridad, siempre será honrado y jamás será mancillado.

    Los ejércitos, como las sociedades de las que hacen parte, tienen que ser dinámicos y flexibles, para saber adaptarse oportunamente a las circunstancias nuevas que la evolución de los hechos políticos y sociales determina. En los pueblos primitivos, el peligro constante y la lucha sin tregua por la supervivencia imponían la necesidad de que todos los hombres aptos para la guerra se armaran para la defensa de la tribu, de tal manera que el ejército era el pueblo. Pero en la medida en que las sociedades se hicieron más complejas y sofisticadas, se hizo necesario que la defensa fuera asumida por un cuerpo especializado en el manejo de las armas, y así nacieron los ejércitos profesionales y permanentes, investidos de ciertos privilegios, pero limitados igualmente por la naturaleza misma de su honrosa obligación.

    Pero ello no significa que los militares sean un estamento aislado, encerrado en sí mismo y desconectado del resto de la sociedad. Por el contrario, como expresión que son de la esencia misma del pueblo, deben integrarse plenamente, conocer hasta en sus más íntimos detalles el entorno geográfico, histórico y sociológico del cual hacen parte.

    Igualmente, una sociedad que sea incapaz de comprender la naturaleza y las dificultades de la vida militar, y descuide la obligación elemental de ser solidaria con sus soldados, y los abandone en las dificultades, es una sociedad expuesta a derrumbarse fácilmente y a humillarse con facilidad ante el embate de sus enemigos.

    La historia demuestra que cuando esa unión indispensable entre el Estado, la sociedad y las Fuerzas Militares se fortalece, cuando el vínculo que debe ligar muy fuertemente a los hombres de armas con la sociedad se solidifica, la consecuencia inevitable es la moralización de las tropas y la derrota de la anarquía. La savia vital que sostiene los ejércitos e impulsa a los hombres a arrastrar con coraje el peligro es la moral, y todos los ejércitos han logrado sostener su moral en alto, cuando sienten que la sociedad a la que defienden los rodea.

    Por ello, como Presidente de la República sé que la Nación entera ha respaldado y ha sido irrestrictamente solidaria con nuestros soldados y policías. Si la democracia colombiana ha subsistido en medio de tantas dificultades y le ha dado un ejemplo admirable de solidez al mundo, es en gran parte porque sus militares y policías han luchado y siguen luchando con el valor que heredaron de los libertadores, en todos los rincones de la geografía nacional.

    Ellos han derramado su sangre para que los demás podamos vivir tranquilos. Ellos se desvelan, para que nuestros hijos puedan dormir en paz. Ellos se merecen la gratitud, el respeto y la solidaridad de todos los colombianos. Y cuando la paz reine por fin en nuestra tierra, y los campos vuelvan a florecer, la Patria, agradecida, tendrá que escribir para la historia con letras de oro los nombres de esos héroes que murieron por defenderla, y enseñarles a las próximas generaciones a honrar esas tumbas abiertas por el odio y la irracionalidad.

    Pero esa solidaridad de la sociedad y del Estado tiene que concretarse en hechos. Para que nuestras Fuerzas Armadas puedan seguir cumpliendo con eficiencia su deber de defender las instituciones, estamos trabajando en un programa de reestructuración y de modernización que les permita adaptarse a las exigencias de los tiempos modernos.

    Este programa está destinado a darle una mejor utilización a los recursos con que se dispone y a avanzar en el proceso de profesionalización. Se trata de mejorar las telecomunicaciones, la capacidad de combate, la capacidad de apoyo, la movilidad y de hacer más eficiente la labor administrativa. Se trata de fortalecer a nuestras Fuerzas Militares como nuestro mejor instrumento para fortalecer la democracia.

    Quiero ser claro. No se trata de cambiar la estructura fundamental de la institución militar, ni modificar su función dentro de la estructura del Estado y muchos menos debilitarla. Lo que se pretende es hacer más efectiva su labor con el fin de fortalecer su papel dentro de la consolidación y defensa de nuestras instituciones.

    En este proceso de modernización que hemos puesto en marcha, hemos encontrado en el mando militar el más elevado espíritu de cooperación y de comprensión, lo que demuestra la altura intelectual y la alta capacidad de los hombres a quienes hemos confiado la defensa de nuestra Patria.

    En este proceso, hay un tema esencial para fortalecer el respeto del ciudadano y de la comunidad internacional frente a las Fuerzas Militares, y la autoridad moral que ustedes necesitan para cumplir con su deber. Me refiero al acatamiento de los derechos humanos. La autoridad legítima del Estado, en cuanto es legítima, y precisamente por serlo, no puede responder a la barbarie con barbarie. Si los enemigos del Estado y de la sociedad torturan, secuestran, masacran, usan armas y procedimientos vedados por la civilización, los hombres a quienes la sociedad y el Estado han encomendado la función de defenderlos no pueden responder con los mismos métodos, porque estarían borrando las fronteras entre el bien y el mal, porque estarían entregando la más valiosa de las armas, que es la autoridad moral, porque estarían violando los principios del Estado de Derecho que juraron defender.

    Debo decir que en el empeño por hacer respetar los derechos humanos hemos encontrado en todos los miembros de las Fuerzas Militares la más comprensiva receptividad, y que en este aspecto se ha progresado sustancialmente, lo cual desde luego honra a nuestros soldados y policías.

    No quiero terminar estas palabras sin referirme al proceso de paz. Quiero hacerla ante ustedes pues Colombia entera sabe y conoce la importancia que tienen nuestras Fuerzas Militares en la construcción de este anhelo nacional.

    Ayer dimos un nuevo paso en el proceso que ha de conducirnos a la paz de Colombia. La paz no se hace de un día para otro. Nos esperan días de mucho trabajo y sobre todo de gran responsabilidad y seriedad para poder construir las condiciones adecuadas que garanticen una reconciliación verdadera y sostenible.

    Hemos pasado de lo procedimental y vamos a lo sustancial. Tal como en el día de ayer se anunció, el próximo 7 de enero el Presidente de la República y los líderes de las Farc daremos instalación oficial a los diálogos que permitirán trabajar de manera seria en una agenda que haga viable y acerque la paz a los colombianos.

    La sede del Gobierno en la zona de distensión será atendida por personal civil especializado que permita atender el sinnúmero de visitas, la representación del Gobierno y la presencia de las distintas agencias del Estado. Por lo tanto, los soldados bachilleres que allí se encontraban irán a cumplir labores en otras instalaciones militares.

    Las Fuerzas Armadas han respaldado permanentemente el plan del Gobierno en materia de paz. Solamente gracias a ellas la historia que hoy estamos escribiendo permitirá que todos los colombianos trabajemos en la construcción de nuestro futuro. Tendremos una Colombia nueva donde reine la equidad y la justicia social.

    Señores generales:

    Al expresarles mis sinceras felicitaciones, les deseo, en nombre del Gobierno y del pueblo de Colombia, la mejor de las suertes. Cumplan su deber con honor y dignidad. Al otorgarles las insignias de generales de la República, estoy seguro que algún día ustedes podrán decir, con la frente en alto, que supieron responder al honor que la Patria les concedió, y que sobre sus hombros esas insignias fueron siempre amadas, honradas y respetadas.

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    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    15 de diciembre de 1998

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