• Banner textos

  • II ENCUENTRO DE EGRESADOS ROSARISTAS CONTRIBUCIÓN DE LA UNIVERSIDAD AL PROCESO DE PAZ

    Es imposible para mí, al estar en este querido claustro, no recordar los años que pasé en estas aulas y lo mucho que significó el legado de mis maestros y la formación rosarista que me ha acompañado a lo largo de mi vida.

    Por ello, siento una gran satisfacción al instalar este II Encuentro de Egresados Rosaristas, no sólo por ser ésta mi Universidad, sino también porque el tema central del foro que hoy nos reúne es la Contribución de la Universidad en el Proceso de Paz.

    Los rosaristas somos personas comprometidas con la sociedad en que vivimos y por eso creemos que, para construir una Colombia mejor, estamos obligados a ser no sólo simples espectadores de los acontecimientos del país, sino a participar activamente en la partida que determinará el futuro nacional. Como lo sentenció el caudillo conservador: “se hace política o se la padece”. La única alternativa es ser su actor o su víctima.

    Queridos amigos:

    Nuestro país quiere y reclama la paz y por eso estamos trabajando con compromiso y esfuerzo para superar de la mejor manera posible los obstáculos que aparecen a lo largo de este difícil camino que hemos emprendido desde hace más de dos años. Mi gobierno ha entendido la necesidad de buscar la conciliación por la vía del diálogo para lograr una verdadera paz, una paz cierta y duradera.

    La paz lo es todo. Cuando se reflexiona seriamente sobre la política, la administración pública, el desarrollo comunitario, la gestión de la sociedad civil, siempre se concluye que todos ellos orientan sus esfuerzos al establecimiento de la paz, a la reformulación de la paz, a la profundización de la paz, dando con ello a entender aquel viejo principio de que la política empieza cuando se anhela la paz y llega a su mayor nivel cuando se la conquista.

    Yo participo plenamente de la idea de que, entre todos los derechos, hay dos que no son discutibles en ninguna de sus facetas: el derecho a la vida y el derecho a la paz.

    El derecho a la vida no puede separarse nunca del derecho a la paz. Partiendo de la certeza de la dignidad humana, hay que construir en todos los campos una auténtica cultura de la vida.

    En esto no es posible irse por las ramas; la cultura de la vida implica el rechazo a toda forma de violencia sin excepción alguna.

    Cuando inauguré mi mandato como Presidente de Colombia hablé claramente de mi compromiso con la vida y con la paz. Expresé que la paz es la que nos asegura que todo lo demás sea posible realizarlo. Dije que la opción de la paz no podrá ser un simple movimiento táctico del político sino la manifestación expresa de una convicción política.

    Quienes hemos vivido, como infortunadamente es el caso de Colombia, el impacto de la violencia; quienes en carne propia hemos experimentado la cercanía de la muerte, el peso infamante del secuestro, la dolorosa pérdida de la libertad, no podemos hacer teorías con la paz ni aceptar que la paz es sólo una teoría.

    Hay gente que se compromete con la paz en las palabras y en las declaraciones, pero el compromiso con la paz no conoce otro camino cierto que el de los hechos de paz.

    Mi convicción es que la paz nunca ha fracasado y que, en cambio, siempre la violencia ha fracasado. La violencia ha fracasado como recurso político porque la violencia destruye y se lleva por la calle de en medio la moral de los pueblos y las bases que sostienen una sociedad. La violencia sólo deja muertes y lágrimas y sobre ellas no puede construirse nada duradero.

    Hay que tener el coraje de hacer gestos de paz, de tomar iniciativas, de arriesgarse por la paz, de ir, si es necesario, hasta el fin del mundo y hasta el campamento de los insurgentes para apostarle a la paz.

    Ese es el legado moral de mi padre, el de mis antepasados, el de tantos buenos maestros rosaristas que me enseñaron con su ejemplo que sólo vale la pena vivir si se vive en función del servicio y en aras de la paz.

    El Estado, sin dejar de cumplir sus deberes constitucionales, debe abrir caminos de reconciliación y de convivencia para todos aquellos que esperan vivir y continuar viviendo en una sociedad regida por la libertad, la justicia social, la solidaridad y la paz.

    Esto quiere decir que el gobernante con la plenitud de sus ojos abiertos ofrece ser líder en los caminos de la paz. Que el gobernante está dispuesto a dar siempre el primer paso pero a exigir, igualmente, que los demás caminen junto a él.

    Algunas personas quieren de palabra a la paz, pero esperan que se haga la guerra. No seré yo, colegas rosaristas, quien construya una paz que surja de una guerra inútil.

    Solamente con la paz puede una nación y puede una comunidad generar riquezas, crear empleo, satisfacer las necesidades básicas y superar la pobreza.

    Es lógico que frente a este radicalismo por la paz estén en desacuerdo quienes viven de la guerra, quienes ganan dinero con la angustia ajena, quienes han montado la gran dinámica de la venta de armas y quienes están dispuestos a enriquecerse con la fácil moneda de la agresión.

    Yo sé, también, que este radicalismo por la paz hiere el tímpano de quienes practican la política del “sálvese quien pueda”; de quienes esperan tranquilamente que los otros mueran por conseguirles una paz frente a la cual no tienen compromisos.

    Peor aún –y lo digo claramente-, hay gente en nuestra sociedad que aplaudiría con regocijo si mis palabras fueran para convocar a una guerra total.

    Caer en la violencia es fácil, recuperar la cordura es un largo proceso. Cuarenta años de violencia hemos vivido pero no podemos ser tan inconscientes, como lo he dicho antes, de no concederle a la paz la paciencia que le hemos otorgado a la violencia.

    Cuando se habla de paz se deben tener compromisos con lo que la paz exige. Yo hablé de estos compromisos ante la Conferencia Episcopal Latinoamericana, y hoy quiero compartirlos con ustedes:

    El primero de ellos es: quien dirige la paz tiene que decir siempre la verdad. No hay paz que crezca sobre el terreno de la mentira.

    En segundo lugar, la paz requiere de un compromiso permanente contra la corrupción. Quien tolera la corrupción está creándole condiciones favorables a la muerte.

    Tercero, la paz sólo crece donde hay justicia social y quienes me conocen saben exactamente que éste fue el sentido de aquella frase que pronuncié en mi primer discurso presidencial cuando afirmé que “sin pan no hay paz”.

    Cuarto, la paz requiere un amor profundo por la libertad. Sólo quien aspira a ser libre es capaz de entender que la libertad nunca surge de la guerra sino del haber sido constructores leales de la convivencia.

    En quinto lugar, la paz requiere participación comunitaria. Requiere que todos nos pongamos a trabajar aquí y ahora. Requiere que haya un compromiso absolutamente de todos por conseguirla. Lo más grave no son los hechos de violencia de quienes actúan en nombre de la muerte, lo más grave es la omisión de los que debieran trabajar por la paz.

    En sexto lugar, la paz necesita constancia, necesita perseverancia y trabajo, más que ningún otro objetivo. No se puede desear un bien mejor ni más útil, como decía San Agustín. Por eso vale la pena todo esfuerzo.

    Hoy, en mi querido claustro de estudios, reafirmo el valor del postulado que orienta este encuentro de egresados. La Universidad, los estudiantes, los catedráticos y quienes nos hemos formado en ella, tenemos mucho que aportar y mucho que decir en este proceso, que es de todos.

    Educar para la paz significa abrir puestos de trabajo; significa en algunas oportunidades ganar menos de lo que se piensa, pero ganarlo en paz. Significa trabajar con mayor calidad lo que se produce y producirlo en paz. Es preciso que entendamos que la paz es posible, que no hay guerras inevitables, que la paz es dinámica y creadora de nuevas estructuras de convivencia ciudadana.

    Apreciados amigos:

    He dicho que quiero la paz, como todos los colombianos, pero no la paz a cualquier precio. Nuestro primer deber, como autoridades, es proteger la vida y la tranquilidad de los habitantes del país, y estamos trabajando para ello. Y sé que debemos hacerlo transitando dos caminos que, a primera vista, pueden parecer contradictorios, pero que son el sustento de una paz cierta y duradera, estable y democrática.

    Por una parte, el proceso de diálogo y negociación que venimos impulsando con decisión y paciencia. Un proceso que deberá traer a los colombianos los beneficios de una paz que vaya más allá del silencio de los fusiles.

    Por otro lado, el fortalecimiento de nuestras Fuerzas Armadas, que son las únicas fuerzas legítimas de Colombia y que obran dentro del marco de nuestra Constitución, para que estén en capacidad de contener y reducir todo ataque que se presente contra el orden institucional, los derechos y la tranquilidad de los ciudadanos.

    Es fortaleciendo la Fuerza Pública, apoyando sus acciones, respaldando la fuerza legítima y tranquila de la institucionalidad, como el país va a lograr la paz. En eso no nos podemos equivocar: no vamos a permitir ni a tolerar que, con el pretexto de proteger a la población civil, se organicen fuerzas oscuras que sólo contribuyen a aumentar el conflicto y a debilitar a las Fuerzas Armadas de Colombia y, con ello, a nuestra democracia.

    He partido siempre del principio de que unas Fuerzas Armadas fuertes, pero que dejen espacio al diálogo, son la garantía necesaria para que éste avance, en busca de resultados favorables y permanentes para el país. En efecto, el diálogo perdería credibilidad ante la nación si se permitiera alimentar la creencia de que por la fuerza se pueden alcanzar propósitos políticos, a menudo excluyentes y totalitarios.

    No hay, pues, ninguna contradicción en perseguir simultáneamente la búsqueda de un arreglo político del conflicto y el incremento de la capacidad combativa de las Fuerzas Armadas. La experiencia ha demostrado que los dos procesos no son excluyentes frente al objetivo buscado, y cada día es más evidente que la subversión puede llegar a acuerdos positivos y racionales con el Estado y la Nación, pero que jamás podrá imponerse mediante el uso del crimen y de las armas.

    En medio de este panorama de diálogo e, infortunadamente, de confrontación, es indispensable para Colombia contar con unas Fuerzas Armadas sólidas, modernas y profesionales, que representen los intereses de la nación y garanticen la tranquilidad y la seguridad de sus compatriotas. Con ese objetivo expedimos hace un mes los decretos de reestructuración de las Fuerzas Armadas, que las fortalecerán y modernizarán. Y haremos todo lo que sea necesario para incrementar su capacidad operativa, en beneficio de todos los colombianos de bien.

    Hoy quiero traer a colación unas palabras que con gran sabiduría expuso en 1910 ese ilustre rosarista que fue Rafael Uribe Uribe, quien vivió la terrible guerra entre hermanos, pero también luchó por consolidar la anhelada paz: “Falta mucho por hacer para consolidar la paz, y por eso debemos ser infatigables en hablar de ella, en escribir sobre ella, en predicarla a toda hora y ocasión. A fuerza de repetir la palabra llegaremos a tener la cosa, por autosugestión, y sólo cuando estemos persuadidos nosotros mismos, será cuando podamos convencer a los demás”.

    Apreciados amigos:

    Los rosaristas y profesionales de otras universidades que expondrán sus puntos de vista en este Encuentro nos darán un panorama cierto y realista de nuestras expectativas. Dentro de ellos, quiero mencionar con especial cariño a mis maestros Juan Rafael Bravo Arteaga y Alvaro Mendoza Ramírez, y a mi buen amigo Pedro Gómez Barrero, quien hizo un alto en el camino para acompañarnos en este complejo proceso que nos llevará a la paz.

    Sin lugar a dudas, los resultados de este Encuentro serán aportes fundamentales en la edificación de ese país próspero y sin violencia que todos deseamos.

    La osadía hace parte del perfil de los egresados de este Colegio Mayor. Por eso los invito a que trabajemos en la construcción de la paz de Colombia. Por mi parte, hoy puedo decirles, con alma y corazón de rosarista, que no dejaré un minuto de trabajar por este sueño.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    19 de octubre del 2000

    Destacados

    publicaciones recientes

    Relacionados

    Deja un comentario

    Copyright2021 Biblioteca Presidencial Andrés Pastrana | All Rights Reserved