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  • INTEGRACIÓN ARTÍSTICA Y CULTURAL DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

    Discurso del presidente Andrés Pastrana Arango, en el acto de presentación de la colección Premio Casa de las Américas 1998 e inauguración de la Exposición Gráfica

    Colombiana Contemporánea.

    La Habana – Cuba, 15 de enero de 1999.

    Hace 40 años, Casa de las Américas decidió emprender el camino de construir la unidad latinoamericana y caribeña que soñaron para nuestras repúblicas Bolívar y Martí. Días después de que la revolución entrara triunfante en el escenario político mundial y el pueblo inaugurara una nueva época de su historia, aparecía en todos los diarios de América la convocatoria a un premio que atraía poderosamente la atención de los escritores, poetas, dramaturgos y ensayistas de aquel entonces, todos ellos con aspiraciones de emancipa- ción que movilizaron en los años 60 la historia política de nuestros países. El Premio provenía de una revolución que se había encendido en América Latina y el Caribe.

    Casa, que como dijera Julio Cortázar, nació “cuando todo era abrumadoramente precario y difícil”, contribuyó fuertemente a traer de nuevo al primer plano de los intereses de nuestros escritores y pensadores esa vocación de unidad que nos había sido tan difícil de llevar a la práctica por la imposición de una historia que nos había replegado sobre la vida política de nuestras propias naciones: conduciéndonos a un estado de aislamiento que Casa quiso romper, no sólo movilizando nuestra atención sobre la rica diversidad de nuestro pensamiento y creatividad, sobre la nueva situación de la cultura en la región, sino también, animando la emergencia de un pensa- miento libre, independiente y original que obtuvo de Cuba su ma- yor posibilidad de difusión.

    Aquí, sobre la base de viejos y nuevos anhelos, se consolidó uno de los espacios de diálogo más productivos de la intelligentsia de América. En los mismos años 60, cuando el boom irrumpía con toda su fuerza en el concierto de la literatura mundial, hicieron su aparición como jurados en esta casa Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Julio Cortázar y muchos otros escritores que solían encontrarse en los cafés de París o Madrid pero poco o nunca en América. Ellos, gracias a la palabra, impulsaron el redescubrimiento de una tierra, de una historia y de un patrimonio que proponía una nueva forma de ser y de estar en el mundo sobre la que no habíamos reflexionado lo suficiente.

    Fueron entonces sus voces las que comenzaron a respondernos: los hombres de maíz de Asturias; los viajes a las entrañas de América de Carpentier, la tristeza de los cuentos de Onetti, con sus personajes de puerto, sin destinos y esperanzas; la maravillosa fuerza narrativa de Fuentes; las historias urbanas de Vargas Llosa, que develan los secretos de los sectores más influyentes de las grandes ciudades latinoamericanas; el silencio y la soledad que reinan en la obra de Juan Rulfo; la alegría, la ironía y la inteligencia de Cortázar o la increíble lógica del Macondo de Gabriel García Márquez.

    Del Premio Casa de las Américas, desde su primera edición, también surgieron muchas respuestas que hicieron posible el reconocimiento de nuestra diversidad. Como lo quería su fundadora, Haydée Santamaría, el Premio ha sabido interpretar con gran acierto los movimientos, los cambios, las corrientes, las tendencias artísticas y culturales de América Latina y El Caribe, convirtiéndose en un evento revolucionario en su manera de proyectarse e identificar las nuevas propuestas de nuestros artistas, escritores y pensadores, y, como bien lo señalara el chileno Antonio Skármeta, en el punto de encuen- tro privilegiado de la poderosa y polifacética creación de todo el continente.

    Este Premio, generoso en acoger todos los lenguajes que se hablan y se leen en nuestros países, ha sido recibido por algunos de los nuestros: por el poeta del Sueño de las Escalinatas, Jorge Zalamea; por el maestro Manuel Zapata Olivella, que vive ahora en Trinidad y Tobago, donde sigue escribiendo sus historias y pensamientos que tienen su esencia en este mágico Caribe; por Carlos José Reyes, dramaturgo e historiador que guía en la actualidad los destinos de nuestra Biblioteca Nacional; por nuestro grande Enrique Buenaventura, que continúa escribiendo y haciendo teatro en Cali; y por el Teatro La Candelaria, dirigido por otro de nuestros grandes, el maestro Santiago García, que elevó a la escena latinoamericana una dramaturgia comprometida con la historia, fundamentada en las voces y en los lenguajes populares y en todos aquellos aspectos que son parte esencial de nuestra memoria e identidad.

    Hoy, cuando celebramos los 40 años del Premio Casa de las Américas, mi país tiene la fortuna de participar como coeditor de su publicación, en respuesta a la solidaridad y valentía de todos aquellos que han convocado este Premio año tras año, rompiendo las fronteras, superando, con audacia y creatividad extremas, los obstáculos que en un momento hicieron de Cuba el corazón de América y a la vez el lugar más inaccesible de toda la región. Las cosas están cambiando y Cuba, que siempre ha situado a la cultura en un primer lugar de su desarrollo, continúa haciendo los esfuerzos que habrán de conducir- nos en el futuro a la existencia de una verdadera comunidad cultural latinoamericana y caribeña.

    Encarnando el pensamiento de José Martí en Nuestra América, Casa de las Américas vuelve nuestra mirada hacia lo propio, hace que nos preguntemos permanentemente sobre nuestra identidad y nos invi- ta a abandonar ese “ser como otros para ser sí mismo” que ha in- fluido notoriamente en la dinámica de nuestra historia: “injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas” .

    El Premio Casa de las Américas representa nuestra aspiración de hacer un “aporte (original) al haber común de la humanidad”. Fernando González, un filósofo colombiano que como Martí abogaba por que dejáramos de copiar instituciones, leyes, costumbres, pedagogias, métodos y programas, confiaba igualmente en el poder de esa vocación y esa historia comunes que pueden configurarnos como un territorio de libertad, de solidaridad, de convivencia pacífica, de justicia social, de unidad en la diversidad, un territorio donde se pueda de verdad ser humano, como bien lo expresara José Saramago refiriéndose a Cuba en el contexto de las conmemoraciones de los 40 años de la revolución.

    Aquí, en este Caribe, donde confluyen todas las culturas, presentamos la colección Casa de las Américas 1998 y la Exposición Gráfica Colombiana Contemporánea como una forma de rendir homenaje a esta Casa y de confirmar nuestra voluntad de seguir compartiendo con el pueblo de Cuba el anhelo de construir una América sin fronteras y tan propiciatoria del diálogo y del encuentro sincero y fraterno como esta Casa (Grande) de las Américas.


    Lugar y fecha

    La Habana, Cuba
    15 de enero de 1999

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