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  • LA CIUDAD, ESPACIO DE CONVIVENCIA Y JUSTICIA SOCIAL

    Entrega de las llaves de la ciudad de Madrid.

    Madrid, España, 16 de marzo de 1999.

    Señor Alcalde:

    Quiero darle las gracias por estas llaves de la Ciudad que hoy me entrega y que recibo con la certeza de quien acepta un símbolo portador de tanta historia, pero sobre todo de tanta voluntad ciudadana.

    Como Alcalde Mayor que fui de Santa Fe de Bogotá, el primero por elección popular, acostumbraba reflexionar en cada oportunidad, cuando entregaba las llaves a los personajes, en el significado de la ceremonia que no solo hace referencia al punto de “al paso de puerta” (pasaporte), es decir, al abrir de par en par ante los ojos del hués ped la ciudad como casa que se le otorga como propia, sino también el símbolo de la invitación a realizar obras que abran puertas a la inmortalidad.

    Una vieja tradición señala que quien recibe las llaves de la ciudad no morirá nunca en ella; y quiero pensar que esto es cierto porque Madrid vale la pena, vale la alegría, y vale toda la capacidad de soñar el porvenir.

    Nuestros municipios, señor Alcalde Mayor, fueron la mejor expresión de la hispanidad en Colombia. Es posible, como muchos dicen que aquellos que nos fundaron los pueblos y las villas, no hayan sido generalmente letrados pero tenían una sabiduría básica: sabían ser ciudadanos y para serlo fundaban la ciudad, se entregaban en manos de la decisión popular de los Consejos que eran la expresión de una comunidad participante.

    Nuestra historia en Iberoamérica tiene sello municipal y estos municipios, surgidos de la voluntad de conviviencia, son el momento de mayor clarividencia de una estirpe que fundaba para sobrevivirse a sí misma.

    Cuando se reflexiona hoy sobre la democracia del futuro no puede pasar desapercibido el Libro IV de aquella famosa recopilación de 1680 de las llamadas “Leyes de Indias” que pensadas para el hoy de las naciones tienen el germen y semilla del buen gobierno.

    Aparecen allí, por ejemplo, principios que es bueno recordar: Los pueblos que sean fundados por vecinos podrán elegir democrática y libremente sus autoridades.

    • Normas para la distribución de tierras, su evaluación y la conservación de la propiedad comunal.

    • La prohibición de los alcaldes de convocar cabildos en su casa privada, ya que éstos han de reunirse siempre en lugar público y debían hacerse sin intervención de militares.

    • La prohibición de coaccionar el voto libre de los vecinos y la limitación a éstos de sufragar por sus parientes.

    • La consagración de los principios de igualdad y de equidad que exigía de todos el pago de contribuciones, menos de aquellos más desfavorecidos (en este caso indígenas).

    • El establecimiento del principio de que las obras públicas han de ser costeadas por quienes son beneficiados por ellas.

    • La norma sobre la propiedad comunal de los pastos, los montes y las aguas.

    • La prohibición a los funcionarios públicos de tomar parte en las subastas.

    Es por ese ímpetu de democracia que siento gozo en recibir estas llaves de la Ciudad Capital del Reino de España.

    Para quienes tenemos que hacer el “aprestamiento” para asegurar el paso positivo al Tercer Milenio; para quienes debemos rediseñar las funciones de un Estado pequeño pero eficaz; para quienes debemos pensar en la “globalización” aparece de repente el peso de la sabiduría del ayer que viene revestida de un futuro merecido.

    La ciudad es el ámbito humano de la participación; la ciudad es el espacio privilegiado de la convivencia; la descentralización es el secreto de la reducción del tamaño del Estado y, sobre todo, la ciudad es la certeza de que no existirá ninguna dimensión global si no se desarrolla paralelamente esa dimensión de lo local que es el municipio. Y no puede olvidarse que es la ciudad el espacio de la Justicia Social, donde la corrupción encuentra el ojo atento de los vecinos que la denuncian, donde el bien común adquiere dimensiones con- cretas y en donde la acción de los gobernantes se percibe como ser- vicio.

    No es el ayer solamente lo que recibo en estas llaves, Excelentísimo Señor, lo que recibo -además- a buen cuidado es Vuestra voluntad de vivir en el porvenir de los pueblos.

    No es tan sólo el ayer sino también el futuro lo que he recibido, ese futuro que para los gobernantes se expresa en una exigencia de acompasar la necesidad del desarrollo con el desarrollo de las necesidades. Gabriel Alamar afirmaba de las ciudades algo que se ha convertido en norma para los Estados nacionales. “Una ciudad -escribía Alomar- debe estar organizada en función del bien y de la felicidad de la per- sona humana”.

    Yo creo en esto, señor Alcalde, y siento que en estas llaves de linaje ciudadano reviven de repente Lope de Vega, Calderón, Angel de

    Saavedra, Tirso de Molina, Cervantes; siento su afecto y la estima de los presentes pero sobre todo la vitalidad y la fuerza, el idealismo y el sentido práctico de los ciudadanos de hoy que se agolpan en este símbolo y que saludo en su Alcalde, que es el timonel de sus esperanzas.


    Lugar y fecha

    Madrid, España
    16 de marzo de 1999

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