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  • LA NACIÓN RECONOCE EL VALOR, LA CAPACIDAD Y EL PATRIOTISMO DE NUESTRAS FUERZAS ARMADAS

    CELEBRACIÓN DEL NONAGÉSIMO SEGUNDO ANIVERSARIO DE LA ESCUELA SUPERIOR DE GUERRA

     UNA REFLEXIÓN SOBRE LA LEGITIMIDAD DE LA FUERZA

    Hace dos años, el 6 de mayo de 1999, vine por primera vez, en mi condición de Presidente de la República, a esta Escuela, el principal centro de formación de los militares colombianos, con ocasión de su nonagésimo aniversario.

    En dicha ocasión expuse ante un auditorio compuesto, como hoy, por los más altos oficiales de Colombia, mi visión de las Fuerzas Armadas y su papel en la sociedad, los lineamientos del proceso de paz que entonces daba sus primeros pasos y la urgencia de construir al interior de nuestras instituciones militares una cultura de los derechos humanos.

    Pues bien: han pasado 24 meses desde ese día y hoy regreso a este centro de la estrategia y el pensamiento militar con la satisfacción de haber promovido desde mi Gobierno la más grande transformación y modernización de las Fuerzas Militares de los últimos tiempos.

    Hoy vengo ante ustedes con la certeza de que Colombia tiene, por fortuna, unas Fuerzas legítimas dotadas de mejores recursos, ampliadas en su número, con mejor capacidad de transportación y movilidad, respaldadas por una carrera profesional debidamente reglada, con seguridad social para los soldados profesionales, más modernas y mucho más exitosas.

    Los contundentes éxitos de Mitú en 1998; de Hato Corozal y Puerto Inírida en 1999; las acciones que impidieron en varias oportunidades la toma de la Vía al Llano, la operación “Berlín” en Santander o la recuperación del infame corredor del secuestro en el Sumapaz, en el 2000, o, ya en este año, la operación “Gato Negro” en el Vichada, que ha logrado no sólo destruir innumerables laboratorios para el procesamiento de droga sino también capturar al más buscado capo brasileño, o la reciente operación “Dignidad” que terminó con la captura de 62 miembros de los grupos ilegales de autodefensa, son sólo algunos de los más destacados ejemplos de cómo las Fuerzas Militares de Colombia, obrando conjunta y coordinadamente, con inteligencia, estrategia y capacidad operativa, sí pueden derrotar a los criminales y garantizar cada vez más la protección a la población civil del país.

    ¡Éstas son las Fuerzas Armadas que nos enorgullecen! ¡Las Fuerzas legítimas de una nación que reconoce su valor, su capacidad y su patriotismo!

    El año pasado, en un seminario organizado por la Escuela Superior de Guerra sobre el papel de las Fuerzas Militares en una democracia en desarrollo observé que era un craso error pretender que las Fuerzas Militares -que obran en cumplimiento de su deber constitucional de defender la soberanía, la independencia, la integridad territorial y el orden constitucional de Colombia- son sólo un actor del conflicto armado, aislado, ajeno a nuestros propios intereses y nuestra solidaridad.

    Entonces dije algo que hoy quiero retomar porque en estos momentos tiene mayor vigencia que nunca:

    Las Fuerzas Militares no son las Fuerzas del Gobierno, sino las Fuerzas de toda la sociedad colombiana. En el conflicto interno que por desgracia vive nuestro país sólo hay dos partes: por un lado, la sociedad que componemos todos y, por otro, los actores armados al margen de la ley.

    Cada soldado, cada oficial y cada policía que muere o es herido en cumplimiento de su deber es un mártir de Colombia: es alguien que luchó y sufrió por nosotros, por todos y cada uno de los 40 millones de colombianos que habitamos esta tierra de esperanza.

    Nada más equivocado que pretender que ellos luchan su guerra, cuando su guerra es la de todos nosotros y es por todos nosotros. Ellos son la sociedad colombiana: ¡Dejarlos solos es dejarnos solos!

    Apreciados amigos:

    Revisando el último ejemplar de la revista de las Fuerzas Armadas, editada en un esfuerzo maravilloso por la Escuela Superior de Guerra, encontré un texto muy diciente y dolorido del escritor Fernando Soto Aparicio, del cual quiero traer a cuento el siguiente aparte:

    “Colombia es una tierra buena, generosa, noble, iluminada (…) Colombia es un joropo que sube como una mano tibia por la piel de la tarde; es un paisaje donde el cielo y la llanura se funden en el beso del horizonte; es un camino que se pierde entre los árboles, nuestros hermanos mayores a los que lamentablemente les hemos perdido el respeto; es un campo cruzado por los surcos, que fueron nuestro común denominador hasta que empezaron a sembrarlos de muertos (…) Colombia es un sentimiento regado por dentro, como la luz de una lámpara a la que no logrará apagar nadie”.

    Sí, esa es Colombia, ese es nuestro país que a ustedes y a mí nos duele hasta los tuétanos; que no entendemos cómo ni a qué horas se comenzó a resquebrajar; que no sabemos por qué algunos se afanan en destruir, bajo el pretexto de salvarlo.

    Yo sé que a ustedes, oficiales y soldados de nuestras Fuerzas Militares, más que a ningún otro colombiano les ha tocado presenciar con horror los desmanes y la crueldad de los insensatos, les ha tocado combatirlos para defender a sus compatriotas, sin comprender, a ciencia cierta, qué es lo que ha llevado a estos hombres y mujeres a disparar contra sus hermanos.

    A veces, cuando presenciamos la demencia rayana en la bestialidad de las masacres perpetradas por los grupos ilegales de autodefensa, de los cobros de cuentas entre los criminales, de la destrucción de poblaciones humildes e inermes por parte de la guerrilla, del secuestro de seres humanos para jugar su vida y ensombrecer las de sus familiares por un puñado de pesos, de la voladura de torres de energía y tubos de oleoducto, de los actos terroristas que se llevan la vida de los inocentes, se nos agotan las razones para seguir creyendo en la paz.

    Pero ésta es una fe que nunca podemos perder, porque perderla sería como perder la esperanza de vivir. Como dice el mismo maestro Soto Aparicio, nuestro conflicto interno se ha convertido en “una guerra sin cuartel y, como todas las guerras, sin vencedores pero con vencidos”.  Siguiendo sus palabras: “Nadie gana una guerra: la pierden todos. Y nosotros, los colombianos, llevamos más de medio siglo perdiéndola”.

    Esa es la verdadera dinámica de la violencia. Mientras ella sea el argumento de los contradictores nunca podremos considerarnos vencedores.

    Hoy se los digo de corazón, con el dolor de un colombiano y un padre de familia que contempla aterrado los actos absurdos de violencia que sacuden día a día a nuestro pueblo: No entiendo cómo es posible que hoy, en pleno siglo XXI, todavía haya quienes persisten en creer que se puede construir patria encima de la sangre derramada; que se puede construir mañana matando, secuestrando e intimidando.

    ¡No señores! La violencia sólo produce más violencia. La violencia no es más que el miedo a no tener la razón y a no contar con las armas de la inteligencia para imponer nuestras ideas.

    En mi última intervención en la Escuela Superior de Guerra, en noviembre del año pasado, terminé mi discurso con estas palabras: “Sólo comprendiendo la razón que legitima el uso de la fuerza, sabremos si nosotros usamos las armas, o si son las armas las que nos usan a nosotros”.

    Hoy es un momento propicio para continuar con esta idea y preguntarnos cuándo la fuerza es legítima y por qué lo es la fuerza usada, dentro de los parámetros del Derecho Internacional Humanitario, por nuestros militares y no lo es aquella que es usada contra la población civil, como tristemente lo hacen los actores armados ilegales en nuestro país.

    La humanidad ha pasado, a través de su historia, de la barbarie a la civilización, aunque algunos, en pleno tercer milenio, se resistan a abandonar la primera.

    El hombre ha comprendido que ya no tiene que ser el lobo de su hermano, como afirma el duro aforismo, sino que bien puede ser su prójimo, obrando con inteligencia y compasión.

    Las sociedades, en la medida en que encauzaron su existencia a través de instituciones establecidas, dotaron también a sus ejércitos de unas reglas y principios de honor que los alejaron de la crueldad y los volvieron legítimos. Aprendimos que, como seres humanos, el fin jamás justifica los medios cuando estos pasan por encima de los derechos más básicos de los demás.

    De los primeros guerreros de la historia que luchaban a muerte y sin contemplaciones, que hacían de la “ley del más fuerte” una forma de vida y que no tenían ninguna consideración humanitaria hemos logrado evolucionar hasta obtener unas Fuerzas Armadas modernas y justas, en las que los soldados sólo empuñan las armas para disuadir a los violentos que atacan a la población indefensa, y son verdaderos profesionales, comprometidos con los derechos humanos, el progreso y el desarrollo social y económico de su nación. Hemos pasado de la guerra insensata del violento a la lucha diaria de unas Fuerzas Armadas que obran dentro del Estado de Derecho y que son su fundamento.

    ¿Y en qué basan su legitimidad? Yo hablaría de una especie de trípode con tres soportes que son el fundamento de su accionar legítimo: En primer lugar, la actuación dentro del Estado de Derecho, encuadrada siempre dentro de la ley que rige nuestras instituciones democráticas; en segundo lugar, el apego a las normas y principios que informan los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, y, en tercer lugar, el respaldo mayoritario de la población civil, que es la primera beneficiaria y la razón de ser de sus actividades.

    Con apego a la ley, con respeto a los derechos humanos y con apoyo popular hay legitimidad en la fuerza. Si falta alguno de estos tres factores, la fuerza se vuelve ilegítima y deriva más bien en una debilidad: la debilidad de la violencia.

    Entonces: ¿es legítima la fuerza que utilizan los autodefensas cuando masacran a sus compatriotas so pretexto de que colaboran o pertenecen a la guerrilla? No, no lo es. La justicia por la propia mano, olvidando todos los cauces de la civilidad, de las instituciones y del sentido humanitario, no pasa de ser una venganza cruel y despiadada, que nos avergüenza y nos repugna.

    Como dijo Gandhi, si todos en el mundo aplicáramos la ley del Talión del “ojo por ojo” lo único que conseguiríamos es una humanidad de ciegos.

    Nuestras Fuerzas Armadas, las Fuerzas Armadas que representan a los colombianos de bien, tienen por eso que perseguir -y lo están haciendo- con todo el valor, con toda la convicción y con toda la decisión a los criminales grupos de autodefensa que pretenden absurdamente ser sus aliados, pero que no hacen otra cosa que minar su prestigio, mientras buscan una supuesta justicia que jamás llegará de sus manos ensangrentadas.

    El pasado martes tuve la oportunidad de visitar Buenaventura y de felicitar personalmente a los valientes hombres de la Armada Nacional y del Ejército Nacional que capturaron a 62 miembros de las autodefensas, muchos de los cuales pudieron haber participado en la infame masacre del Alto Naya. Ésta es una acción que enaltece a las Fuerzas Militares y que calla a quienes insisten en vincularlas institucionalmente con esos grupos criminales. El Gobierno y las Fuerzas Militares de Colombia están combatiendo a las autodefensas ilegales y lo hacen, no por imposición externa, sino porque tienen el convencimiento de que su principal tarea es proteger la vida de todos los colombianos.

    Pero sigamos: ¿Es legítima la fuerza que utilizan los grupos guerrilleros cuando destruyen los poblados de los humildes, cuando siembran terror y amenazas, cuando secuestran y extorsionan a los colombianos? No, no lo es. Así no se construye país ni se convence a nadie. Como dijo Martin Luther King, ese gigante luchador por la igualdad entre los hombres: “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve y, por tanto, no conduce nunca a una paz permanente”.

    Hace poco menos de dos meses otros guerrilleros muy distintos, los del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, llegaron a la famosa plaza del Zócalo en Ciudad de México, y si recogieron alguna simpatía en su pueblo fue porque entendieron que la violencia no es el camino para el cambio. Como afirmó el autodenominado subcomandante Marcos, en el Zócalo se dieron cuenta de que “había sido acertado dejar las armas a un lado, que no era eso lo que provocaba que tuvieran interpelación con la sociedad, que la apuesta a una movilización pacífica era correcta y que daba resultados”.

    ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para que nuestros subversivos entiendan que por la fuerza jamás van a convencer y que sembrando miedo no se lucha contra la pobreza ni contra la inequidad?

    Siguiendo con las palabras venidas de México, recuerdo una frase que dijo el Presidente Fox en su reciente visita a Bogotá: “La guerrilla tiene el reto de dejar las armas para combatir la pobreza”.

    Todos lo sabemos. Resulta casi obvio, pero algunos tardan en entenderlo: Sólo sin armas, sólo en paz, se puede luchar contra la pobreza.

    Entonces, ¿qué fuerza es legítima? Únicamente la fuerza que se sustenta en el trípode de la ley, los derechos humanos y el respaldo popular. Únicamente la fuerza que defiende, la fuerza que repele la agresión injusta, la fuerza que evita que maten o secuestren a sus hermanos,.

    Esa es la fuerza de las Fuerzas Militares de Colombia: la fuerza del Derecho, la fuerza de la paz, la fuerza de las instituciones democráticas, la fuerza que protege a la población colombiana y que es apoyada por ella, la fuerza que jamás arremete contra los indefensos.

    Por eso estamos trabajando por unas Fuerzas Militares más grandes, más profesionales y más modernas. No sólo para enfrentar la guerra absurda de los intolerantes, sino también para construir el futuro de paz que todos anhelamos. Recordemos la hermosa frase del poeta Amado Nervo: “Sé fuerte para tener derecho a ser pacífico”.

    Hoy no cabe duda: Las Fuerzas Militares de Colombia son cada día más fuertes y su solidez es un soporte para la paz. ¡Fortalecer las Fuerzas Militares es fortalecer la legitimidad en Colombia!

    Cuando asumí mi gobierno, las Fuerzas Militares contaban escasamente con 22.000 soldados profesionales y 53.000 soldados regulares. Con el cambio de soldados bachilleres por profesionales, en desarrollo del “Plan 10.000”, al final del 2001 habrá 55.000 soldados profesionales, lo cual representa un incremento  del 160%. A este esfuerzo se suma la incorporación en el presente año de 10.000 soldados regulares adicionales que hacen parte del denominado “Plan Fortaleza”, el cual contempla un incremento anual del mismo número de soldados hasta el 2004, con lo que el número de soldados regulares pasará de los 53.000 en 1998 a 105.000, incremento equivalente a casi el 100%.

    La meta total, ambiciosa pero realista, es alcanzar para el año 2004 un número superior a 160.000 efectivos con buena capacidad de combate.

    Los soldados, además, tienen ahora una verdadera carrera profesional que ordena su vida en el Ejército, sus ascensos y promociones, las prestaciones sociales y los servicios que lo cobijan, las indemnizaciones a que puede acceder y, en general, las condiciones básicas de su relación normada con el Estado. ¡Los soldados de Colombia son ahora soldados con las garantías laborales y la seguridad social propias de los mejores colombianos!

    A nivel de nuestra capacidad táctica, también hay que destacar el hecho de que vamos a incrementar la flota de helicópteros a disposición de las Fuerzas Armadas, aumentando así su capacidad de movilización y de apoyo en todos los frentes. El avance que hemos obtenido ha sido definitivo. Al iniciar mi gobierno se contaba para todas las Fuerzas y para la Policía Nacional con 87 helicópteros, en buena parte fuera de alistamiento. En pocos meses, la flota llegará a los 172, con lo cual se habrá duplicado prácticamente este elemento fundamental del combate y mejorado su capacidad funcional. Pero es más: en el tema de los Black Hawk artillados ¡habremos cuadruplicado su número!

    Nuestras Fuerzas Militares están cambiando para bien, no cabe duda. Además, hoy cuentan con una Brigada Antinarcóticos que combate el flagelo de las drogas por toda la geografía nacional, con una Fuerza de Despliegue Rápido que nos muestra cada vez mejores resultados, y con una Brigada Fluvial de Infantería de Marina que ha sido fundamental para la protección de las más apartadas poblaciones.

    Las nuestras son unas Fuerzas Armadas que interiorizan cada día más el tema de los derechos humanos, donde más de 100.000 de sus miembros se han capacitado en esta materia y están también comprometidos con la aplicación del Derecho Internacional Humanitario.

    Son las Fuerzas Armadas de la sociedad colombiana: las que nos representan, las que juegan a favor de todos los colombianos, de quienes quieren solamente vivir y prosperar con tranquilidad, orden, libertad y seguridad.

    Y son también las Fuerzas Armadas de nuestros niños, las que ellos admiran y en quienes ellos confían. En efecto, según una última encuesta realizada por el Centro Nacional de Consultoría y la Unicef, los niños de Colombia confían primero que todo en la Iglesia y en segundo lugar en la Policía y el Ejército, por encima aún de lo que creen en la televisión. Esa es una muestra palpable del arraigue que han adquirido y tienen las Fuerzas legítimas de la nación dentro de cada familia colombiana.

    Estimados amigos:

    Si he hecho esta reflexión sobre la fuerza y su legitimidad o ilegitimidad es porque estoy, como todos y cada uno de los colombianos, absolutamente hastiado de la violencia que nos rodea.

    ¿Es que no podemos hablar sin matarnos? ¿Somos acaso, como temía García Márquez, un pueblo condenado a cien años de soledad?

    No es tan difícil. No se requieren acuerdos complicados ni articulados inacabables llenos de incisos y recovecos para que dejemos de matarnos y de hacernos daño. ¡Sólo sentido común! ¡Sólo sentido de humanidad! ¡Sólo un mínimo de respeto por las demás personas! Sólo entender, como lo ha dicho Juan Pablo II, que el derecho a la vida es el derecho fundamental, que el mandamiento de “no matarás” nos cobija a todos y nos cuestiona a todos, que tenemos que parar esto alguna vez y que es mejor que sea ya para que no tengamos que arrepentirnos después.

    ¿Será tan difícil que los actores armados al margen de la ley, tengan la justificación que tengan, escuchen este clamor nacional y dejen de recurrir a la violencia?

    Hoy los invito a todos -a ustedes señores oficiales de las Fuerzas legítimas de la nación, pero también a quienes equivocadamente usan la fuerza, como las guerrillas o los autodefensas- a que pensemos con sinceridad en qué país queremos para nuestros hijos.

    Bastaría cerrar los ojos e imaginarlo. Queremos un país donde las familias estén unidas y crezcan en armonía y amor. Queremos un país donde todos podamos salir a las calles o viajar por las carreteras sin temer el sobresalto de un asalto o la inmensa tragedia de un secuestro. Queremos un país que podamos recorrer caminando, en bus, en carro, sin miedo; donde florezca el turismo nacional. Queremos un país donde los campesinos vuelvan a labrar, donde sea posible ser hospitalario sin que invitar a un plato de comida se convierta en una sentencia de muerte. Queremos un país donde los extranjeros puedan visitarnos, puedan invertir y puedan dejar sus divisas en nuestras hermosas ciudades. Queremos un país en donde prosperar no sea una condena, en donde crear empleo y empresa sea un motivo de orgullo y no de temor.

    ¿Será tan difícil? ¿No es ese el país que queremos todos?  Estamos trabajando sin descanso para alcanzar una paz integral, pero, mientras ella llega, ¿no podemos dejar de matarnos? ¿No pueden las fuerzas irregulares dejar de asesinar, dejar de bombardear pequeños pueblos, dejar de volar las fuentes de energía, dejar de torpedear la economía nacional, dejar de secuestrar y de sembrar dolor, dejar de extorsionar y devolver a todos los que hoy están absurdamente retenidos? ¿Es mucho pedir que recuperemos el sentido de lo que significa ser humanos?

    Quienes quieren conquistar el corazón del pueblo no deberían olvidar que, como dijo Molière, “nunca se entra, por la violencia, dentro de un corazón”.

    La oportunidad para cesar la violencia es hoy y ahora. Los procedimientos son lo de menos si se tiene la voluntad de rectificar. El momento es ¡HOY Y AHORA!, para que toda Colombia vuelva a respirar. Para que recuperemos ese país que se nos está rompiendo y que nos está rompiendo el alma.

    Señores comandantes y oficiales de las Fuerzas Militares de Colombia:

    Lo he dicho muchas veces y lo repito hoy. Me siento muy orgulloso de las Fuerzas Militares de mi país, las mismas que tengo el honor y el privilegio de liderar como Jefe Supremo.

    Me siento muy orgulloso de la calidad de los hombres que hoy las dirigen:

    Contar con el respaldo de un gran colombiano como el General Fernando Tapias, con su compromiso, su profesionalismo y su lealtad, es una fortuna que no termino de agradecer.

    Contar con el temple, la audacia y la integridad de hombres como el General Mora, como el Almirante Soto y el General Velasco es una garantía de que los tres componentes de nuestras Fuerzas Militares avanzan juntos, coordinados y decididos en la búsqueda de un mejor porvenir para Colombia.

    Contar con la valentía y la entrega de oficiales como el General Carlos Alberto Fracica, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido, o el mayor Juan Pablo Franco, o los pilotos de la Fuerza Aérea, quienes probaron su coraje y efectividad en la reciente operación que permitió la captura del delincuente transnacional Luis Fernando Da Costa “Fernandiño” es la mejor seguridad de que seguiremos combatiendo el crimen donde se presente.

    Contar con el valor militar de los hombres de la Armada Nacional y del Ejército que capturaron a 62 miembros de los grupos ilegales de autodefensa nos permite decirle a todos los colombianos que pueden estar tranquilos, porque sus Fuerzas Militares, obrando con inteligencia y conjuntamente, hacen lo posible por proteger sus vidas y por castigar a los criminales.

    Pero para obtener estos resultados, para lograr tener las Fuerzas Militares que hoy enorgullecen a Colombia, debemos resaltar un aspecto que es el que hoy nos congrega en esta institución que cumple 92 años de existencia: la educación militar.

    Como ustedes saben, hemos realizado una completa reforma a las Fuerzas Armadas de Colombia, contenida en los decretos que expedimos, en desarrollo de facultades concedidas por el Congreso de la República, el pasado mes de septiembre. Ahora es el momento para completar y cerrar con broche de oro esta tarea con una completa y ambiciosa reforma a la educación militar, en la cual ya estamos trabajando.

    En efecto, desde 1999 hemos venido implementando un nuevo modelo educativo que forme unos militares más integrados a la sociedad que defienden y a la que pertenecen. Lo castrense debe dejar de ser visto como la antítesis de lo civil. Lo que queremos hoy es militares que entiendan la sociedad en la que viven para que puedan servirle mejor, que estén al día en los últimos avances técnicos y del pensamiento, que conozcan una estrategia que vaya más allá de las operaciones de combate y que produzca efectos favorables en la población.

    Gracias a la transformación que se ha venido realizando en forma silenciosa pero efectiva en el pénsum de esta Escuela Superior de Guerra, con la colaboración y asesoría de los mejores profesionales de las distintas universidades del país, hoy estamos formando líderes militares listos para enfrentar los desafíos del tercer milenio. Esta es una labor que se ha visto especialmente reforzada por la creación y funcionamiento desde el año pasado del Centro Colombiano de Estudios Estratégicos sobre Seguridad y Defensa Nacionales.

    Sin duda, la tarea que ha cumplido la Escuela Superior de Guerra desde su fundación en 1909 por Decreto del General Rafael Reyes, cuando la formación académica fue encargada a expertos oficiales chilenos, hasta el día de hoy, cuando es un centro de educación superior reconocido como tal por el Ministerio de Educación, dirigido con misticismo y entusiasmo por el Mayor General Henry Medina Uribe, ha sido fundamental para la evolución de nuestras Fuerzas Militares. Usted, General Medina, a través de su compromiso, lealtad y liderazgo, ha sabido proyectar esta institución para convertirla en un centro de estudios moderno e integral que es hoy orgullo de la nación.

    Si hoy contamos con altos oficiales de las más altas calidades profesionales, si hoy tenemos muchos civiles comprometidos con la realidad nacional y conocedores de sus Fuerzas Militares, si hoy estamos estructurando una visión integral del país, de la estrategia y del papel de los militares en nuestra democracia es por la magnífica labor desempeñada por este centro de estudios a lo largo de su historia, una labor que hoy es más dinámica y tiene mayor prospección que nunca.

    Por eso, me siento muy satisfecho al imponer hoy a esta Escuela Superior de Guerra, la más alta cúspide académica militar de Colombia, la Cruz de Boyacá como un reconocimiento de la patria colombiana a sus 92 años de buenos servicios y a todos los buenos hijos que se han formado en ella.

    ¡Sigan siendo faro de conocimientos y de valores para los militares de Colombia! ¡Sigan haciendo crecer el espíritu militar en el altar del servicio, del honor y de la Patria!

    Estimados Oficiales de las Fuerzas Militares de Colombia:

    Hoy podría repetir con convicción las palabras que dirigió el General Santander a la Guarnición de la Plaza de Bogotá en 1832: “Os mando como Magistrado de la Nación, os encargo como vuestro General y os ruego como vuestro camarada, que continuéis siendo lo que habéis sido, soldados de la Patria; obedeciendo a vuestros superiores, prestando vuestros servicios en la conservación de las instituciones y del honor nacional y manteniendo la disciplina, que os ha hecho acreedores a la estimación pública”.

    En esta proclama están las bases del trípode de la fuerza legítima: el apego a la ley y a las instituciones, el servicio a la Patria que no se entiende si no se respetan los derechos más elementales de sus habitantes, y la estimación pública.

    Respetar estos tres pilares: Ley, Derechos Humanos y Voluntad Popular es la única forma de ser un militar de honor.

    Colombia, nuestra Colombia, espera todo de nosotros. Por eso vamos a usar la fuerza legítima para defender las instituciones, pero también por eso vamos a exigir a aquellos que persisten en usar la fuerza ilegítima de la violencia contra los suyos que atiendan el clamor de los millones de compatriotas que estamos cansados, que estamos hartos de su insensatez.

    Todos los colombianos debemos ser instrumentos de paz, no de guerra. Para ello nos estamos preparando. Para ello estamos luchando. Para que la vida, la alegría, las risas y la esperanza vuelvan a renacer en nuestro suelo.

    Sintamos entonces todos, desde el corazón, estas palabras inspiradoras del gran poeta antioqueño Carlos Castro Saavedra:

    “¡Ninguno se abandone ni se quede
    abandonado en medio de su frente.
    Acudan todos a escoltar la vida
    y a quitarle las armas a la muerte!”.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Bogota, Colombia
    3 de mayo del 2001

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