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  • LOS QUE SE ARRIESGAN POR LA PAZ Y LA HUMANIDAD SIEMPRE SERÁN LOS VERDADEROS GANADORES

    ALMUERZO EN HOMENAJE  AL SEÑOR JAVIER PÉREZ DE CUÉLLAR

     La política internacional, en ocasiones, es como un extraño rompecabezas. Y digo extraño porque en éste, a diferencia de aquellos otros que entretienen a los niños o acompañan la soledad de los adultos, muchas veces no se sabe cuál es la figura que toca construir al final; siempre hay más fichas de las esperadas y éstas, a veces, son de grosores y de tamaños incompatibles. Algunos hombres dedican su vida a intentar armarlo. Mi amigo Javier Pérez de Cuéllar es uno de ellos.

    Javier, el limeño que más se emociona al recordar la independencia de Namibia, el opositor de regímenes autocráticos, el primer hispanoamericano que ha ocupado el cargo de Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, el mismo que después de 60 años de trabajar en el mundo de la diplomacia ya la ha convertido en parte de su carácter, es un hombre que se merece, por tantos años de esfuerzo a favor de un mundo más justo y tolerante, todos los homenajes.

    Y de hecho los ha tenido. Creo que pocas personas en el planeta pueden decir que han recibido 49 doctorados Honoris Causa y que han sido distinguidas con unos 15 premios de significación mundial, entre los que se cuentan el “Príncipe de Asturias” y el “Olof Palme”. Esto, por supuesto, sin contar con las distinciones que le han otorgado 34 países y 34 instituciones Organizaciones No Gubernamentales vinculadas, de una u otra manera, a la defensa de la paz y la dignidad humana. Así como algunos coleccionan estampillas o cromos de fútbol, Javier Pérez de Cuellar colecciona homenajes, aplausos y, por supuesto, afectos de miles de personas en el mundo.

    No podía ser otro el tamaño del reconocimiento para quien no sólo sirvió a su país, primero como secretario de las embajadas de Perú en Francia, el Reino Unido, Bolivia y Brasil y luego como embajador en Suiza, en la Unión Soviética, en Polonia y en Venezuela, sino que, desde la Organización de Naciones Unidas y hoy como Canciller del Perú, se ha caracterizado por procurar que la política no sea una cuestión de poderes sino una cuestión de principios.

    Durante sus 2 períodos al frente de la Secretaría General del más importante organismo multilateral del mundo y, aún antes, en su rol de representante personal del entonces secretario, Kurt Waldheim, medió para la finalización de la guerra de las Malvinas y del conflicto entre Irak e Irán, colaboró en el retiro de las tropas soviéticas de Afganistán, apoyó los esfuerzos del Grupo de Contadora para lograr la pacificación de Centroamérica, intercedió en las negociaciones para conseguir la independencia de Namibia, impulsó una salida pacífica en los conflictos del Sahara, en las tensiones entre Chipre y Turquía y, en un último intento desesperado por impedir el estallido de otra conflagración, buscó una solución negociada a los problemas que desencadenaron la Guerra del Golfo.

    Una década tan convulsionada necesitaba de un hombre  sereno, ecuánime y razonable  para resolver sus dilemas. Por fortuna, Javier Pérez de Cuellar estaba allí.

    Sin duda, para realizar una faena de tales dimensiones se requiere un talento excepcional. Hace falta tener tanto una inmensa capacidad de persuasión como un deseo indoblegable de justicia; hace falta tener tanto una serenidad de equilibrista como un tacto de joyero, para conciliar lo que parece inconciliable y remediar lo que se piensa irremediable. No de otra manera podría uno haber escuchado las más diversas convicciones e intereses y,  a pesar de ello, ver en ellas lo que podían tener en común y, sobre todo, convencer a las partes de aceptar esa unidad de perspectivas.

    Por eso, porque Javier Pérez de Cuéllar parece no cesar en su tarea de armador de rompecabezas, en su  tentativa de lograr que la vida humana sea algo más que un pasajero accidente molecular, no es raro que, tras terminar su trabajo como Secretario General de las Naciones Unidas, presidiera la Comisión de Cultura y Desarrollo de la Unesco y, luego, se convirtiera en Consejero Especial del Director.

    Desde estos cargos no cesó de enarbolar la idea según la cual el derecho universal al progreso material debe combinarse con el derecho de cada pueblo a conservar su propia identidad cultural  o, lo que es lo mismo, que la modernización debe armonizarse con las creencias y valores de cada nación.

    En últimas, en todos los cargos que ha ocupado y, claro está, ahora, como Ministro de Relaciones Exteriores de su país en este crucial momento de transición, Javier Pérez de Cuéllar no ha hecho sino defender las mismas ideas: la coexistencia armónica y fecunda de los pueblos; la imposibilidad del mantenimiento de la paz sin desarrollo económico y desarrollo humano; la inviabilidad de un orden mundial basado en la brecha entre países ricos y pobres; la defensa de la solución dialogada a los conflictos; el rechazo del concepto de guerra justa y, lo que es igualmente fundamental, la limitación del poder a los límites del derecho.

    Por su ejemplo, por sus reflexiones -consignadas en libros como el “Manual de Derecho Diplomático” o  “Peregrinaje por la Paz”- y, ante todo, por su práctica constante del humanismo y la tolerancia, hoy usted es portador de la Orden de Boyacá, la misma que instituyó el Libertador Simón Bolívar un día después de la batalla que decidió la independencia de nuestro país, con el fin de exaltar a todas las personas nacionales o extranjeras que han prestado un especial servicio a la patria o que merecen su más alto reconocimiento.

    Usted le ha enseñado a los colombianos que el deseo de alcanzar la paz es un bien en sí mismo y que, antes de ocuparse en las soluciones de fuerza, hay que preocuparse por cultivar la democracia y el pluralismo. Su ejemplo de vida, su ideario político y sus palabras son un legado que atesoramos y apreciamos sus hermanos y vecinos del norte, porque usted, Javier, bien puede considerarse no sólo un hombre universal sino también un colombiano más.

    Pero su herencia no le corresponde sólo a Colombia, al Perú o a Latinoamérica. Javier Pérez de Cuéllar no ha dejado para la posteridad tan sólo la promesa de sus hijos y de sus nietos -que, si siguen las huellas de su abuelo, seguramente serán también grandes seres humanos- sino que ha entregado, a todos los países dispuestos a fundar su orden interno y su coexistencia con otros Estados en los más altos ideales de la humanidad, un mensaje diáfano y esperanzador: que la lucha por una vida más humana siempre valdrá la pena.

    Estimado Javier:

    Cuando usted llegó a Bagdad, el 12 de enero de 1991, con el fin de pedirle a Sadam Hussein que retirara sus tropas de Kuwait, tuvo que esperar más que un par de horas para ser atendido. Fue recibido por un viceministro cristiano, con quien intercambió puntos de vista, y escuchó esa noche, en medio de una cena magnífica, un largo monólogo que justificaba la invasión. Con paciencia usted atendió a cada una de las palabras y, con el mayor equilibrio, las comentó. La mañana siguiente, a diferencia de lo previsto, no pudo realizarse la entrevista. Sadam estaba muy ocupado preparando la guerra. Luego de horas y horas de espera, en medio de esta ciudad milenaria de mezquitas y mujeres envueltas en túnicas inexpugnables, fue recibido a la 9 de la noche. Hussein llegó haciendo sonar sus botines militares y sacó unos mapas para explicarle la intención de Irak era recuperar una antigua provincia. Usted nuevamente escuchó. Luego, una vez terminada la exposición, insistió cordialmente en la posición de las Naciones Unidas: las tropas debían retirarse de Kuwait. Sadam no aceptó y lo despidió diciéndole: “Si usted viene luego con otras ideas, dígamelo por favor, que lo recibiré”.

    La visita a Bagdad aparentemente fue infructuosa. La guerra, al fin y al cabo, se desencadenó y dejó, como siempre, la destrucción y la muerte como recuerdos.  Sin embargo eso es sólo lo aparente, pues lo cierto es que su paciencia, su espíritu humanitario, su disposición para fomentar el diálogo, son un gesto tan inolvidable como fructífero.

    En las cuestiones morales y políticas, donde nadie es omnipotente ni controla todas las variables, la buena voluntad -ese bien tan escaso y tan valioso-  es lo único primordial. Usted la demostró y con ello hizo patente una verdad inocultable: que los que se arriesgan por la paz y la humanidad siempre serán los verdaderos ganadores.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    17 de abril del 2001

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