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  • PANEL SOBRE EL PAPEL DE IBEROAMÉRICA EN EL NUEVO SIGLO

    Cuando las carabelas de Colón tocaron la tierra del llamado nuevo continente, no se produjo la simple absorción de una cultura por otra, sino que saltó la chispa de una nueva identidad. El escritor de América, nuestro querido Germán Arciniegas, resumía el mundo resultante de este encuentro en cuatro palabras dicientes en su simplicidad: “América es otra cosa”.

    Y eso es lo que ha sido Iberoamérica desde que se fundieron las razas y las costumbres en este nuevo vocablo integrador: “Otra Cosa”. Por muchísimos años, fue un gigante dormido al amparo de las políticas coloniales. En el Siglo XIX se dio la transición de las colonias a Estados independientes y se redimensionó el balance del poder. Y en el siglo pasado Iberoamérica fue un escenario de sombras y de luces.

    En efecto, el siglo XX que acabamos de terminar fue, por una parte, una centuria difícil que estuvo marcada por las guerras mundiales y la guerra fría, por largos periodos de dictadura, conflictos fronterizos y un sentido de aislamiento internacional. Pero también fue un siglo en el que se fortalecieron las incipientes instituciones y se encaminaron nuestros países por la ruta del progreso y el desarrollo económico.

    Afortunadamente, logramos pasar al nuevo milenio en un escenario con más luces que sombras. Ahora la norma en Iberoamérica es la democracia, la cooperación y la integración. Y sobre todo, hemos adquirido una conciencia que antes no teníamos: La de que Iberoamérica es una entidad real, dinámica y promisoria, que tiene un importante papel que jugar en el siglo XXI.

    Quizás el aspecto más representativo de esta nueva conciencia sean las Cumbres Iberoamericanas que desde 1991 nos reúnen anualmente a los Jefes de Estado y de Gobierno de 21 países de Europa, América continental y del Caribe, que reconocemos un pasado y una tradición comunes, un presente que nos interrelaciona y un futuro de oportunidades.

    Y es que el potencial de Iberoamérica es indiscutible, tanto que es difícil entender cómo no nos habíamos reunido antes para aprovechar nuestros múltiples factores de unión.

    Cuando hablamos de Iberoamérica estamos hablando de una entidad a nivel mundial con una extensión total superior a los 20 millones de kilómetros cuadrados y con cerca de 550 millones de habitantes, vale decir, casi la décima parte de la humanidad.

    Pero lo más valioso es que todas estas personas comparten una misma raíz cultural e histórica. Hablamos solo dos lenguas principales: el español y el portugués, que son hermanas, y que nos vinculan más que cualquier otro lazo. Profesamos la inmensa mayoría una misma religión, y vibramos con el mismo sentir latino. Son valores comunes que ningún otro conjunto de países comparte en un grado tan alto.

    Nuestros países forman parte de importantes grupos de integración económica y de coordinación política, como la Unión Europea, la Comunidad Andina, el Mercosur, el Sistema de Integración Centroamericano, la Asociación de Estados del Caribe y el Grupo de Río, que son instancias de fortalecimiento regional y que no son en absoluto excluyentes frente a otros esfuerzos de integración y cooperación global.

    Iberoamérica constituye un modelo de construcción integracionista basado en una historia común bicontinental. Un modelo acumulativo que lejos de estorbarnos en nuestros respectivos compromisos con Europa y con América, sirve de sustento para consolidar un mayor poder de negociación en momentos en que ambas regiones se aprestan a expansiones y definiciones.

    Si Iberoamérica toma conciencia de su inmenso potencial de unión y cooperación, como en efecto lo viene haciendo desde cuando inició su sexto siglo de existencia, podemos contar con su cada vez más creciente participación en el escenario económico y político del planeta.

    Precisamente, en la última Cumbre Iberoamericana celebrada en La Habana tuvimos la oportunidad de fijar una posición conjunta frente a las crisis que han afectado el sistema financiero internacional.

    La crisis financiera internacional iniciada a mediados de 1997 nos ha llevado a una conclusión que se presenta como uno de los grandes problemas de la economía global: la enorme discrepancia que existe entre un mundo financiero internacional cada vez mas sofisticado, interrelacionado y dinámico, y la ausencia de un marco institucional capaz de regularlo. No se puede hacer funcionar un sistema mundializado con las instituciones creadas en Bretton Woods hace más de 50 años.

    En este sentido, consideramos necesaria una reforma al sistema financiero internacional que incorpore los siguientes elementos fundamentales: Nuevos mecanismos de financiación que provean liquidez en épocas de crisis, restricción a las condicionalidades para acceso a los recursos de provisión de liquidez, fortalecimiento de los marcos institucionales para la adecuada supervisión y regulación de los sistemas financieros, autonomía de los países en desarrollo en el manejo de la cuenta de capitales, y desarrollo de organizaciones regionales y subregionales para el manejo monetario y financiero internacional. En este último punto contamos con el ejemplo exitoso de la Corporación Andina de Fomento y el Fondo Latinoamericano de Reservas.

    El viejo paradigma según el cual los altos niveles de crecimiento económico deben generar mayores niveles de empleo e ingresos para toda la sociedad ha revelado una vez más su carácter ilusorio. El aumento del desempleo en gran parte del mundo industrializado demuestra que el surgimiento de nuevas tecnologías requiere cada vez menos del trabajo del hombre. El agravamiento del desempleo es pues el precio de una mayor competitividad.

    Por esta razón, y de cara el nuevo milenio, los países de Iberoamérica tenemos la responsabilidad de embarcarnos en una nueva visión dinámica, que integre el potencial creativo de todos nuestros ciudadanos.

    Y quisiera terminar con esta reflexión: Otros países, como los europeos, han logrado alianzas de inmensa importancia mundial a pesar de la diversidad de culturas, lenguas y religiones. ¡Cuánto más podemos esperar de Iberoamérica, cuyos integrantes son todos parte de una misma tradición!

    Si continuamos profundizando los factores de unión y minimizamos las diferencias entre nosotros, el mundo podrá contar con una Iberoamérica actuante, consciente de sus potencialidades y de sus ventajas comparativas, pero a la vez sin egoísmos ni parcialidades. ¡Esa es la Iberoamérica protagonista del Siglo XXI!

    Una Iberoamérica que se defina con las bellas palabras del gran escritor español Azorín, cuando se refería al encuentro entre los ibéricos y el Nuevo Mundo:

    “Venimos todos de un pasado milenario y vamos todos a un porvenir que Dios haga que sea venturoso”.

    Muchas gracias.

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    Lugar y fecha

    Davos, Suiza
    29 de enero del 2000

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