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  • PRESENTACIÓN DEL LIBRO-REPORTAJE AL EX PRESIDENTE DEL ECUADOR, LEÓN FEBRES-CORDERO, MADERA DE GUERRERO

    Estimados amigos y amigas:

    ¡Las cosas de la vida! A mediados de la década de los ochentas, cuando yo era concejal de Bogotá y ejercía a la vez la siempre apasionante profesión del periodismo, tuve la oportunidad de conocer al entonces presidente León Febres-Cordero, quien me concedió una entrevista para el noticiero que por esa época dirigía.

    A mis escasos 30 años, mientras admiraba su compromiso con el Ecuador y la audacia y claridad de su pensamiento, no podía imaginar que cerca de dos décadas después iba a tener el honroso privilegio de presentar el único libro-reportaje que el presidente Febres-Cordero ha autorizado sobre su vida. Mucho menos que iba a gozar de su amistad y de su afecto personal -que son ampliamente retribuidos por mi parte- ni que, al pasar de los años, nos encontraríamos ambos en esta coyuntura del destino en la doble condición de ex Presidentes de nuestros países y ex Alcaldes de nuestras ciudades.

    Con el presidente Febres-Cordero el tiempo parece que se detiene, ¡pero sólo para él! Porque la amplia brecha generacional que entonces nos separaba parece cada vez más corta, si se comparan las canas que el tiempo y el gobierno me han regalado con la firmeza de espíritu y el talante siempre activo que lo caracterizan hoy y siempre.

    Debo decir, por ello, que me siento muy contento de que, para presentar esta obra, en lugar de elegirse a un contemporáneo suyo, se haya decidido invitar a aquel joven periodista colombiano que hace 20 años lo llenó de preguntas -como lo hace David Wong en el libro- y que hoy viene, como su colega y amigo, a rendirle un tributo de afecto y admiración.

    Una similar carambola del destino le ocurrió al mismo presidente Febres-Cordero con uno de sus héroes personales.

    En efecto, León ha sido aficionado desde los tiempos de juventud, cuando estudiaba ingeniería mecánica en los Estados Unidos, a los westerns, esas entrañables películas de vaqueros con las que todos crecimos. Estoy seguro de que el inquieto estudiante de entonces no imaginaba que muchos años después, el 14 de enero de 1986, en la Casa Blanca, en calidad de Jefe de Estado, conocería a uno de sus actores favoritos, nada menos que el presidente Ronald Reagan. No soñaría tampoco que tendría la oportunidad de confesarle su adicción por las películas del oeste y la admiración que profesaba por él como el “actor” político de mayor trascendencia histórica a nivel mundial de los años ochentas. Ese mismo día, el presidente Reagan describió al presidente Febres-Cordero como un “líder nacional comprometido con la libertad política y económica de su pueblo”.

    No podía tener más razón. León Febres-Cordero se convirtió desde muy joven en un líder de su nación y, sin lugar a dudas, en el político más influyente de los últimos cincuenta años en el Ecuador.

    Apreciados amigos:

    La presentación de un libro como éste es un compromiso con la historia que solamente se asume cuando se conoce muy bien al personaje y al lugar donde discurren sus circunstancias. Es también un desafío porque un libro-reportaje significa acercarse a la concepción que un hombre tiene de la sociedad, al “sueño” que de ella se construye y a los instrumentos y caminos que se adoptan para hacerlo realidad.

    Compromete más aún el nombre y la dimensión de su protagonista: el ingeniero, empresario, legislador, alcalde y presidente León Febres-Cordero. Un personaje grande en la vida pública y grande también en su ámbito privado, como lo atestiguan sus hijas y sus nietos, que dan fe de sus virtudes y su entrega como hombre de familia.

    Esta interesante entrevista, ágilmente conducida por David Wong Chauvet, ayuda a descifrar la aceptación de un destino singular que ha marcado la historia del Ecuador. La respuesta directa, sin adornos, a veces sumida en la picaresca política, fiel siempre a un lenguaje que no reclama intérpretes ni comentaristas, hace que sea de fácil entendimiento. Con ella se puede decir que León Febres-Cordero estará de visita en la casa de cada iberoamericano que lea este libro, quien tendrá la posibilidad de entender que las “confesiones” de sus dirigentes son una oportunidad para dialogar con la razón del acontecer social, comprender que la historia se vive hacia adelante y que, en muchas ocasiones, el porvenir es el pasado que llega con retraso.

    Lejos de ser una confesión, el libro personifica al hombre cuya tarea vital ha sido transformar su país y su ciudad con el único propósito de crear un mundo mejor para los jóvenes. Este libro es un legado y una enseñanza que León Febres-Cordero le deja a las nuevas generaciones de ecuatorianos porque, en palabras suyas: “Todo sacrificio por la tierra donde uno nace y sabe que va a morir, vale la pena, bajo cualquier circunstancia”.

    El libro no claudica en hacer evidente un “leit-motiv” central en la existencia del entrevistado: que su vida la ha decidido vivir como misión y no como tarea. Eso es claro para quien tenga la voluntad de mirar con honestidad, y no obnubilado por el doctrinarismo partidista, la paleta de ideas propositivas de un hombre que no ha cesado de pensar en el bienestar de la comunidad y en mejorar su calidad de vida.

    Febres-Cordero ha sido testigo y protagonista del siglo XX y uno de los padres-gestores del nuevo siglo que hemos empezado a recorrer. Es un hombre de diálogo que siempre ha comprendido que quien quiere generar consensos no puede cerrar las puertas a quienes piensan diferente. No puede hacerse política si no hay voluntad de comprender al antagonista y de procurar hablar lo suficientemente claro para ser comprendido por él.

    Eso es lo bueno de este libro: quien habla desde él es un conversador que dice, con claridad y firmeza, lo que cree, piensa y sueña, y, logrando esto, se arma, como Don Quijote, y va al encuentro de lo diferente lleno de optimismo y de coraje, dispuesto a vencer o a ser vencido, proponiendo siempre, discutiendo y planteando puntos de encuentro porque en el “desfacer los entuertos de la política” nos estamos jugando el futuro de la convivencia.

    Este libro revela al hombre detrás de la imagen; al hombre pragmático, inteligente, locuaz, exitoso, perseverante y abnegado en su vocación de servicio, y lo describe como una persona incansable que durante sus años de gobierno manejaba cifras, fechas y cronogramas con la precisión de una gran base de datos.

    Febres-Cordero habla con el convencimiento de que los amigos no necesitan explicaciones y los enemigos no las aceptan; eso explica no sólo la donosura de su estilo sino también la transparencia de su argumentación. El lector, una vez iniciado en la lectura, difícilmente la deja; Febres-Cordero es un tejedor que, si bien no da puntada sin dedal, muestra siempre al final la prenda terminada.

    Los escritores de recuerdos, memorias o crónica política han tenido siempre que luchar contra aquel axioma de la cultura rusa que afirma que “nadie tiene derecho de contar cómo fue y, por ello, escribir una mentira no vale la pena ni el esfuerzo”. Solamente a unos pocos -como es el caso del protagonista de este libro- les es dado romper ese sortilegio, y amparados por el lema popular según el cual “el que nada debe, nada teme”, pueden poner a la consideración ciudadana sus aciertos y desaciertos, sus certezas y sus dudas.

    El ex Presidente Febres-Cordero sabe muy bien que un político trabaja con la concepción de que el futuro está en germen en el presente, y que, como recordaba el poeta Rainer María Rilke, en cada invierno que se va está ya contenida la primavera.

    Esta obra cumple con esa tarea de educar en la historia que es pasado y a la vez proyecto; en esa historia que tiene como objetivo básico demostrar, a quienes vienen de las nuevas generaciones a relevarnos de responsabilidades, que todo es producto de principios acendrados, sueños transparentes y amables, contundencia de esfuerzos. Febres-Cordero deja claro que el buen estadista, el político fino, es quien hace propia la verdad; que se puede ser utópico en los fines pero no en los medios. Esto lo ubica entre aquellos que hacen de la política no el arte de lo posible sino el arte de hacer posible lo deseable.

    “No me arrepiento de haber sido político y de ser político; hay sus momentos de desilusión, pero uno debe reincorporarse y seguir adelante”. Una profesión de amor a la política como ésta llama fuertemente la atención y concita curiosidad, especialmente hoy cuando se ha vuelto moda hablar contra ella y contra los políticos sin discernir que los hay buenos y malos, corruptos y sanos. Una afirmación de amor a la política tan contundente es valiente, y es también realista, porque el político no podrá ser sustituido en su tarea de liderar el cambio y lo que hay que lograr es que haya en cada uno de ellos un modelo de ciudadano que pueda ser propuesto a la imitación de sus semejantes.

    Con León hemos vivido, en Ecuador y en Colombia, experiencias inolvidables, difíciles, controvertidas; nos tocó enderezar la ruta, redefinir el norte, corregir problemas que parecían insolubles y lo hicimos -cada cual en su tiempo y circunstancias- porque profesamos esa verdad inalterada que afirma que “un político de convicciones no anda a la búsqueda de verdades que le sirvan sino que tiene en el bienestar de los ciudadanos y de la comunidad, en su presente y en su porvenir una verdad a la cual servir”.

    Construir puentes cuando se percibe claramente que se está en una época nueva no cuenta siempre con el asentimiento de todos. Como el economista y pensador francés, Jacques Attali, ha dicho con lucidez, las diferencias entre las propuestas políticas del presente estriban en que algunos piensan –de buena fe, es cierto– que estamos frente a una “época de cambios” y no logran comprender que estamos ante un “cambio de época”.

    A quienes tuvimos la responsabilidad de liderar nuestras naciones en este engranaje de los tiempos, nos ha tocado tender puentes entre el segundo y el tercer milenio y lo hicimos invirtiendo popularidad, tranquilidad personal y familiar, y desarrollando una enorme comprensión crítica con quienes prefieren el pasado o quieren perpetuarlo porque todavía les es individualmente rentable.

    Hemos logrado construir puentes entre las dos orillas. Este joven lleno de años que es León Febres-Cordero tiene todavía lecciones para impartir y lo sigue haciendo sin evadir responsabilidades. Para él los “pecados de omisión” son en política –como en religión– más graves e imperdonables porque configuran lo que se ha dado llamar el “nomeimportismo”, que es la expresión moderna para la vieja expresión del “cainismo social” de aquellos que no se consideran responsables de lo que ocurre a los demás; esos que han llegado a la vida como acreedores que creen merecerlo todo y que no están dispuestos a contribuir en la tarea de construir una nueva sociedad.

    Pensando en el protagonista de este libro me acordé de aquel dramaturgo y estadista checo Václáv Hável, quien, luego de luchar contra todos los totalitarismos y de llegar -tras sufrir la cárcel por ser demócrata- a la presidencia de su país, decía que era preciso y urgente cambiar la definición de la política y del político. Política, proponía él, es “el arte de decir la verdad” y “político es aquel que siempre dice la verdad”.

    León Febres-Cordero ha sido un hombre combativo, un gestor incansable, un ecuatoriano comprometido y, sobre todo, un guayaquileño. Es difícil caracterizar en una sola frase al presidente Febres-Cordero, pero tal vez la mejor descripción la hicieron sus propios nietos al colgar en la puerta de su dormitorio un gran letrero que dice: “Cuarto de León, entre bajo su propio riesgo”. Éste es un riesgo al que todos nos sometemos cuando le pedimos su opinión sobre cualquier tema porque él siempre nos dirá lo que piensa y no lo que es políticamente correcto.

    “Madera de Guerrero” es un libro que nos da luces sobre una vida apasionante que es una sola con la historia política del Ecuador. Una vida que hace justicia a una frase de Oscar Wilde que parece resumir su regla de conducta y su talante. “La moderación es una cualidad fatal; lo que permite conseguir el éxito es el exceso”.

    Sin ninguna duda, este libro abre nuevas perspectivas a la cultura política iberoamericana. Es una expresión aquilatada de un visionario que entrega el balance transitorio de su vida; que, enamorado de sus sueños, ratifica lo vivido, y que espera confiado que la historia discurra con la lentitud que la caracteriza y le ratifique la razón lograda al otro lado del camino donde se inicia la gloria.

    A todos los que, a partir de hoy, se adentren en las páginas de este libro-reportaje, no me queda sino repetirles la genial advertencia de los nietos: “Entren bajo su propio riesgo”. ¡Les aseguro que vale la pena!

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Guayaquil, Ecuador
    18 de abril del 2006

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