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  • VENEZUELA Y COLOMBIA UNIDOS POR UN DESTINO COMÚN

    Imposición de la «Orden del Libertador»

    Quiero agradecer a usted esta «Orden del Libertador» que es desde ahora uno de los mayores honores que han de acompañar mi existencia no sólo en el dinamismo del presente sino en esos momentos en que la vida va otorgándole mayores espacios al recuerdo.

    Es imposible y sería injusto con la historia no evocar aquel día del 21 de julio de 1973 cuando usted mismo impusiera esta Orden a mi padre a la sazón Presidente de mi Patria; y es imposible no decirle a usted que aquel momento fue inolvidable para él y que si bien ya amaba profundamente a la Patria natalicia del Libertador desde entonces su destino era preocupación de su corazón y de su inteligencia.

    Y lo son de los míos porque quien se acercaba a Misael Pastrana aprendí a amar a las que él llamaba «naciones hermanas» y bien se que lo mismo acontece con usted que alimenta, desde siempre, ese afecto inocultable por Venezuela y por Colombia y por todas aquellas naciones que llevan la impronta del Libertador.

    Que bueno es estar aquí en la tierra natal del Libertador; que bueno es estar en la tierra de don Andrés Bello y que bueno es estar en esta tierra en donde la excelencia de sus ciudadanos está representada en la serena presencia de don Rafael Caldera, el Presidente de esta Nación que es síntesis de todos los logros de la experiencia y de todas las ilusiones de una juventud fortalecida por el paso de los años.

    Venir a Venezuela, desde Colombia es reflexionar en el destino común y en capacidad de forjarlo; es reconocer que venimos del mismo ayer y somos viajeros del mismo porvenir.

    José Saramago, el recientemente nombrado Premio Nobel de Literatura, trae en su libro «Ensayo Sobre la Ceguera», la narración de un hombre que sentado al volante de su automóvil, esperando en el semáforo el cambio de luces, agarrando con mano firme el timón está dispuesto a continuar la marcha cuando descubre que está ciego, que ha perdido de repente la luz y a pesar de tenerlo todo no sabe ni puede ir a ninguna parte.

    Esta lectura me hizo reflexionar sobre el destino de Latinoamérica que muchas veces, teniéndolo todo, ha perdido la luz y no sabe por dónde dirigirse. Pero no puede separar la memoria tampoco leyendo el texto de Saramago del recuerdo de Rafael Caldera, de Alberto Lleras, de Misael Pastrana, de Rómulo Betancur y otros que en estas tierras de

    y en ese recuerdo está presente un escrito del presidente Caldera que hemos leído todos, que ha sido traducido a varios idiomas y que como es lógico trata sobre la democracia inspirada en valores cristianos.

    Uno de los aspectos que más me preocupó es aquella parte en donde se habla de las «vicisitudes de la democracia» cuando se afirma que la democracia ha corrido con «mala suerte» y se recordaba aquella sentencia de Maritain de que «la tragedia de las democracias es que aún no han conseguido realizar la democracia». Pero me llama al mismo tiempo mucho la atención que a pesar de ello el autor llama a la persistencia, a continuar en la brega por darle contornos definidos para «pasar de la democracia que tenemos a la democracia que anhelamos».

    Rafael Caldera es un maestro de democracia y tiene el antídoto para evitar que el ciego de Saramago haga carrera y convierta la democracia en un ejercicio inútil. Ese antídoto consiste en tener la certeza de que cada quien debe cumplir en la historia la tarea que le corresponda.

    La democracia no otorga popularidad; la democracia consume la popularidad, exige que se invierta todo aún el buen nombre pero remite al juicio propicio de la historia, tardío si, -es cierto- pero Woody Allen afirmó alguna vez que quien quiera ser famoso debe prohibirse el ejercicio de la política; y es cierto a la política no se viene a ser famoso sino a hacer cosas importantes para el futuro de los pueblos.

    Ser portador de esta Orden hace que abra la compuerta a mi otra gran convicción Bolivariana expresada en ese deseo comprimido: «moral y luces » lo que equivale a decir «moral y conocimiento» que no es otra cosa que desarrollar la capacidad de vincular la ética de los valores a la ascendente marcha del desarrollo.

    Una ética que ignore el conocimiento es tan perversa como el conocimiento que ignore la ética.

    EL SENTIDO DEL CIUDADANO

    Que bueno el día en que ese desafío Bolivariano llegue a la plenitud de todas nuestras vidas y descubramos que Bolívar no abdicó de la grandeza de optar por el ser ciudadano porque bien sabía que el ciudadano es libertador de la cotidianidad.

    Y puedo ir más allá si continuo pensando que si hubiera ciudadanos de veras no habría corrupción y reinaría la probidad y puedo imaginar que si hubiera ciudadanos no sería la justicia social algo extraño sino el estado habitual de quien -por ser ciudadano- cumple con el deber de solidaridad que funda la convivencia.

    Si bien el genio de Bolívar es tanto que su genio militar nunca caerá en el olvido, debo confesar que cada vez me impresiona más aquella opción de sus días gloriosos.

    «Prefiero el título de ciudadano …» afirma el Libertador. Si alguien se adentra al meollo de esa afirmación va a descubrir que «ejercer» el oficio de ciudadano es convertirse en «libertador en la cotidianidad».

    El ciudadano es aquel que llega a descubrir sus «deberes» y hacerse a la tarea de cumplirlos de la manera más adecuada. Hay gentes que tan sólo saben reclamar «derechos» y parece que hubieran nacido para ser servidos y con todos los merecimientos, nacidos como «acreedores» la sociedad parece funcionar para satisfacerlos.

    El ciudadano, empero, se sabe vinculado a la realización de un proyecto social, se sabe sujeto de deberes, conoce que solo puede ser grande con el concurso de los demás y asume la libertad y la responsabilidad de cumplir con sus cotidianos deberes porque el ciudadano es -con su ejemplo- un formador de ciudadanía.

    El Libertador desde su inteligencia prodigiosa sabe muy bien de lo peligroso que es aquello de la «sensibilidad social» cuando no va vinculada a la inteligencia de lo social.

    Es eso lo que, señor Presidente, me evoca esta condecoración. Qué grande fue Bolívar, ese liderazgo que nos conduce a la difícil utopía de ser ciudadanos vinculados al desarrollo de la ética y a la expansión del conocimiento.

    El Libertador no llama desde el pasado sino convoca desde el futuro. Solo los grandes de la historia merecen el mañana, todos los demás aspiran merecer un puesto en las crónicas del ayer.

    El pensamiento Bolivariano está aún por ser cumplido. Cómo sería de importante revivir el catálogo de certezas del Libertador para entender el desafío de trabajar por los otros, de crecer con los otros, de fortalecer la voz de todos para que ascienda unánime y poderosa.

    Las señas de identidad de Venezuela y de Colombia, de las naciones andinas todas están consignadas en el pensamiento y en las actitudes del Libertador. Tener a Bolívar nos evita el andareguiar buscando verdades foráneas, pensadores extraños, héroes de acomodación que extraviarían nuestro destino.

    Esta Orden del Libertador señor Presidente nos recuerda a todos que debemos ser líderes con ideales, con principios capaces de concebir la vida más como misión que como tarea.

    Quien piensa en el Libertador reconoce que sólo de su mano se puede comenzar a efectuar el rescate de la política. Para Bolívar la política se identifica con el ejercicio de la verdad y el desarrollo de la verdad es concomitante con el desarrollo de la política.

    Señor Presidente:

    Liderando nuestros países hemos de marchar hacia el futuro de la verdadera democracia, de la integración, de la paz, de la justicia social y de la convivencia. Al llegar allá encontraremos la figura extraordinaria el Padre de nuestras patrias satisfecho de que unos y otros hayamos cumplido con el destino que él diseñó, para que se llenara el cauce de nuestras vidas de esa historia interminable de unión entre hermanos que se convierte en integración.

    No podría terminar estas breves palabras sin rendirle un sentido homenaje a esa gran mujer y amiga, su señora esposa Alicia Pietri. Su permanente amistad y cariño han sido siempre un motivo especial que ha acercado aún más a nuestras familias. No puedo dejar de mencionar esa hermosa obra que es el Museo de los Niños, ejemplo en el mundo, de la cual ha sido su líder su creadora y directora. Doña Alicia, con su permanente alegría, su espíritu de servicio y trabajo por los más necesitados, en no pocas ocasiones ha representado a Venezuela y a sus instituciones con coraje y valentía. Reciba usted del pueblo colombiano y de mi familia el más cálido saludo.

    Gracias señor Presidente por su amistad, por su acogida, por el destino fraterno que ha profundizado entre nuestras naciones y entre nuestros pueblos.

    América Latina y la memoria agradecida de Colombia siempre recordarán en usted al líder que asumió la vida como misión y supo abrir los portalones de la historia del siglo XXI enriqueciendo el signo propicio de la democracia.

    Gracias por el honor al que honraré con todos mis actos.

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    Lugar y fecha

    Caracas, Venezuela
    2 de noviembre de 1998

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